3 MIRADAS A ARGENTINA A TRAVÈS DEL TIEMPO. Estas cartas las escribí en 3 momentos distintos, todas desde Buenos Aires. Quizás algunos de ustedes recibieron la primra, pero ahora, las tres juntas toman sentido y son un buen termómetro de cómo está el país y también explican un poco por qué sigo aquí. Se las comparto. Y les mando muchos saludos
1. (Noviembre Del 2001, antes del estallido de la crisis)
¡Hola a todos! ¿Cómo están? Perdonen que les escriba un correo comunal –yo tambièn los odio– pero acá me cobran a precio de oro el Internet. En este momento estoy en Buenos Aires. Llegué aquí el día 8 y estoy muy contenta, caminando, mirando, escuchando y oliendo esta ciudad en la que no se deja de hablar de Maradona (incluso un diario llevó de 8 columnas que Maradona había dado permiso para que se usara el número 10 en las camisetas) y de la crisis económica.
Desde que mis amigos me recogieron en el aeropuerto me comenzaron a platicar que ya nada es como antes, que diariamente se enteran de amigos que se quedaron en la ruina y que por eso prefieren a veces no enterarse de nada, que llevan 4 años con crecimiento cero…
En cualquier programa de la radio se escucha lo mismo. La gente habla para desahogarse hasta a los programas de deportes y muchas estaciones incluyen mensajes para levantar el ánimo.
La otra vez me tocó escuchar a una señora que habló a uno y dijo al aire que ya no había que esperar más de Maradona, que era un ser humano cualquiera, y que si él se levantaba no iba a mejorar el país. En una crónica del homenaje a Maradona el cronista lo comparaba a él con la Argentina: “está deshecho”.
Ahora vivo en casa de Graciela, una amiga que pasó de vivir en la esquina “más cara de la ciudad” –según cuenta–, a un departamento de una recámara. Ella duerme en una camita en la sala comedor y en el cuarto dormimos una de sus hijas y yo. Lo triste de la historia es que su hijo de 23 años tiene que vivir con la abuela porque no cabe en el departamento y su otra hija se fue a probar suerte a España.
La situación económica, sin embargo, no les quita el buen ánimo ni la generosidad. Y la ciudad se mantiene hermosa, con todo y los paros de los recolectores de basura y las manifestaciones de maestros y jubilados que me ha tocado presenciar. (Ahora hay un escándalo porque el SNTE de acá se negó por primera vez a que los maestros hagan el censo demográfico, y el Presidente dijo que de ser necesario mandaría a militares, policías y todo empleado público a hacerlo).
El jueves que llegué fui a la Plaza de Mayo y me tocó ver justamente la manifestación de las madres que todos los jueves a los 3 y media, desde hace 20 años, piden que les digan el paradero de sus hijos.
Ahí conocí a un tipo –ex guerrillero, supongo por lo que me contó y para variar y no perder la costumbre– que me invitó a conocer la Universidad Popular, la universidad fundada por las madres.
Fui una noche a visitar y tomé una clase de derechos humanos donde se analizaba un texto de Gramsci acerca de la importancia de medir fuerzas. Interesante. Y el concepto de la universidad popular mucho más. Las madres son toda una institución acá: tienen un enorme edificio con cafetería y librería, una universidad, producen postales, pinturas, videos, libros y un periódico pequeño y están por poner una imprenta. En su universidad tienen a 900 estudiantes en alrededor de 6 carreras (economía política, periodismo crítico, educación popular y cine, por ejemplo) y educan para la resistencia. Sus materias son lectura del marxismo, historia de las madres, nuevos pensadores, economía de exclusión, y semanalmente dan cátedras gratuitas sobre la ideología del Che y temas por el estilo.
Como comentaba antes, he tenido buena suerte. Justo cuando admiraba la fachada del hermoso Teatro Colón abrieron la puerta y me tocó que la función gratuita del preestreno de una obra musical parecida a Erótica del fin del mundo, porque era como una función de circo, muy divertida. Y por dentro el teatro es más bonito: afrancesado con más de seis pisos de altura y frescos en el techo.
Una noche conocí también el barrio de Palermo Viejo y por casualidad comenzaba una obra de teatro dentro de una cafetería. La graciosa obra hacía una crítica de la educación oficial; la disfruté a pesar de que no capté muchas cosas.
Al salir, Eduardo, el hombre que es pareja de Graciela, la amiga que me hospedó, me contó que por la crisis han florecido muchos artistas y obras así, en las que pagas con lo que quieras cooperar cuando pasan el sombrero.
Luego tendría más claro eso del trabajo informal en la Plaza Dorrego, esa plaza en el antiguo y pintoresco barrio de San Telmo llena de estatuas vivientes, bailarines de tango, titiriteros, cantantes y tianguistas adultos, casi ancianos, disfrazados sin pudor de diablos o de personajes del siglo pasado, niños, egipcios, cartas, uvas u lo que fuera.
No me quiero extender porque los minutos cuestan oro y tengo 2 pesos en la bolsa. Tengo demasiado que contar de Perú, Machu Pichu, Cuzco, Iquitos, Arequipa, y mucho de acá y de la bella ciudad de Colonia (la primera ciudad uruguaya), pero lo desahogaré en otros correos.
Voy a estar unos días más aquí y el fin de semana creo que me muevo para las cataratas de Iguazú o para la Patagonia. No estoy muy segura. Bueno, les mando un abrazo a todos y espero no haberlos aburrido mucho.
2. (Agosto de 2004, post crisis y cacerolazo)
¡Hola! Les escribo sólo a ustedes, los que me han dicho –no sé si sinceramente, y si no ya se amolaron– que extrañan mis crónicas viajeras. Les cuento que durante el mes que no escribí decidí hacer un poco de silencio en mi vida, pero ahora siento que ya fue suficiente así que les platicaré, siempre a grandes rasgos pero tratando de no extenderme mucho, lo que ha sido mi tercera experiencia de Buenos Aires.
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Los carteles callejeros –con una foto con los escombros de un edificio– invitaban a una concentración masiva convocada para el domingo afuera del edificio de la AMIA.
La noche anterior a la cita yo estuve en una fiesta, bailando, tomando vino, saboreando las empanadas caseras que preparan mis amigos, acompañando al coro de voces que ponen letra a la música de la guitarra. Ésa, como casi todas las fiestas a las que aquí he asistido, terminó de madrugada.
A las 6 de la mañana estábamos llegando al sencillo departamento de Normi y Billy, los amigos que me adoptaron esa noche.
A eso de las 8,30 de la mañana, Normi y yo ya estábamos saliendo a la calle para no faltar a la convocatoria dominical afuera de la AMIA. Conforme nos acercábamos veíamos que las calles ya estaban copadas, que sería imposible ver nada.
Cuando el apretujadero de cuerpos nos bloqueó el paso, desistimos y nos metimos a un café cercano para, desde ahí, acompañar el dolor de los familiares de las víctimas del atentado terrorista que hace 10 años mató a 380 argentinos.
Se cumplían 3560 días desde que los terroristas –¿islámicos?, nunca se investigó profundamente– habían estallado la AMIA, el edificio donde se presta servicios médicos, de trabajo, sociales a la comunidad judía argentina.
Además de recordar a las víctimas del atentado, la gente acudió a pedir justicia pues ese caso, como todos los grandes casos, la Justicia no lo había resuelto. Ningún culpable en la cárcel; expedientes perdidos; evidencias desaparecidas; jueces corrompidos.
Así, sentadas en el café, a través de la pared de cristal, veíamos los rostros del dolor de los congregados afuera. Las cejas fruncidas. Los ojos llorosos. Las gargantas anudadas. Las caras que se preguntaban qué pasó y por qué, cómo es que murió tanta gente, por qué tanto odio. Y escuchábamos a los oradores recordar a sus muertos, a ese niño católico de cinco años que siempre preguntaba a su mamá cuán
do visitaría a sus abuelitos que están en el cielo. Y ese día, por desgracia, pasaba por el lugar al momento que estalló la bomba.
Escuchábamos acerca del final de ese desempleado polaco que llegó a Argentina escapando de los nazis, donde alcanzó a vivir 80 y tantos años hasta que un día se le ocurrió ir a ver si los trabajadores sociales le habían encontrado alguna ocupación pero lo recibió la bomba.
Una familiar de las víctimas por el micrófono decía y repetía: “Aquí estamos. A 10 años. Aplastados. Consternados. Sin esperanza. Adoloridos. Muertos de dolor. Aún bajo los escombros…..”
Yo sentía raro. Por un lado, lloraba con ellos, me sentía igual de indignada. Por otro, me sentía extraña al escuchar que el lamento ahora era de los judíos que estaban preguntándose por qué eran perseguidos y tan odiados. Algunos gestos me causaban un reborujo interno, hacían que se me cruzaran los cables.
Me di entonces cuenta de lo acostumbrada que estoy a escuchar que los judíos ahora son siempre los malos, como los gringos. Y me dio vergüenza.
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Caminé de regreso con la Normi. Hacía un frío polar. Nos metimos a un café de esos que abundan en esta ciudad y que parecen estar siempre llenos; grandes, de paredes de cristal para no perderse lo hermoso de la arquitectura porteña; con sillas de maderas finas, mesas antiguas, ricos postres a la vista y periódicos dispuestos para todo el que quiera leer las horas que desee.
Ahí nos contamos a grandes rasgos nuestras vidas. Ella, abogada desempleada después de que jerarcas católicos la intentaron obligar crear falsos expedientes a trabajadores para correrlos sin causa. Por su negativa la persiguieron y acosaron a tal grado que entró en una crisis nerviosa y en una depresión severa que le hizo no desear levantarse en las mañanas. Tenía miedo.
En eso estaba cuando conoció a Billy. A las semanas de conocerse ya vivían juntos.
Él es un escritor uruguayo que a principios de año había dejado su trabajo y todo lo que tenía en Uruguay y se trasladó a Argentina para cumplir su sueño de publicar un libro de cuentos, viviendo de sus ahorros que ya escasean.
Uno de esos días la conoció a ella. Sin mucho preámbulo decidieron vivir juntos. Ella me contaba que de pronto él se sentía mal porque no podía ayudar a pagar los gastos del departamento, pero que ella le dijo: “Ya me estás pagando. Porque si vives aquí conmigo me das ganas de levantarme todas las mañanas y para eso, para el sonido de tu guitarra que me alegra el día, para los mates calientes que me ofreces en la mañana, no hay precio. Con eso me pagas”.
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Volví a Argentina para tomar un curso. Como siempre, Ceci me brindó hospedaje. Algunos la conocen a ella, a quienes no les cuento que es una amiga que trabajaba conmigo en el periódico, quien después de una larga racha de tristeza, un día me pidió que la fuera a ver a su depa y me dijo, con una luz que nunca había visto en sus ojos y una sonrisa abarcante, que había decidido dejar todo y volver a empezar en Argentina. ¿Por qué en Argentina? Porque estaba convencida de que la vida le estaba enviando signos: su amor por el escritor Julio Cortázar; el chico que había conocido por Internet; la belleza de Buenos Aires… Y así, sin más, renunció a la chamba, dejó su depa, su familia, sus amigos, su país y se mudó para acá con poco equipaje, sin redes o certezas de ningún tipo.
De haber llegado sin nada, siguiendo las señales de la vida, al poco tiempo ya tenía una comunidad de amigos envidiable; un trabajo muy bueno; un departamento bonito; y era muy feliz. Y ahora se dedica a recibir a todos los amigos mexicanos que queremos estar en Argentina (me da risa, su casa es como el consulado mexicano en Buenos Aires) y a compartir a sus amigos con todos lo recién llegados.
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La vida que he llevado acá me gusta mucho. Por las mañanas y las tardes bailaba en mis clases de danza-yoga con un grupo variopinto: españoles, italianos, rusos, brasileños, israelíes, argentinos y mexicanos. En las tardes o por las noches he tenido encuentros deliciosos con gente siempre interesante.
Un día tomé un café con un periodista chileno que se ha dedicado a viajar, a cronicar el mundo, y a quien conocí a través de su recién publicado libro de crónicas que me hizo reír mucho. En nuestro encuentro me dijo que acababa de comprar una vaca para hacer un libro-reportaje sobre todo el proceso de la carne en Argentina. Su vaca ya tenía cuatro meses y en dos más cumpliría la mayoría de edad y podría ser convertida en chuleta. Pero, como siempre ocurre, ya se estaba enamorando de “La Negra”, y ya no sabía si podía terminar el reportaje o dejarla vivir.
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Buenos Aires es muchísimo más barata de lo que yo la conocí, más serena (no hay tanta vida nocturna como antes, los cafés se llenan poco). La gente está más irritada, como deprimida, grita y se insulta por cualquier cosa como desesperada.
Comienza a verse el deterioro. Poco se escucha hablar de Maradona. Escuché decir a una chica que ya no quiere ahorrar para el futuro, que considera que su futuro está hipotecado, que no piensa dar una moneda para pagar una pensión jubilatoria pues sabe que todo se lo van a robar.
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Los viernes y sábados por la noche los disfruto en la casa de los chico “Pirovanos”. Son varios muchachos que proceden de un pueblo cercano a Buenos Aires que lleva ese nombre: Pirovano.
Ellos gustan de la trova, del folclore, cenan siempre juntos y cocinan riquísimo (desde el pan hasta las empanadas o los ravioles en jugo de carne). Son medio obreros, medio artesanos, medio músicos, medio locos y bohemios. Cada fin de semana abren las puertas de su casa y reciben a todos los amigos que queramos llegar.
Jorge, el anfitrión y patriarca del grupo, el aglutinador y punto de unión, es un hombre siempre joven y con la casa siempre lista para recibir gente.
En su casa-taller (vecina de la casa donde vive el resto de los pirovanos y frente a la coa de otra pareja amiga) se llevan a cabo las reuniones. Se come asado, se toma vino, se baila, se cantan chacareras, se toca guitarra, bongo y batería, se comparten los cigarrillos y la vida.
En esta casa descubrí lo que siempre he buscado en mis viajes: una verdadera comunidad. Y lo encontré en esa especie de comunión que se celebra alrededor del asado. En ese grupo donde el único credo es la amistad, la autenticidad y la solidaridad. Donde los chicos trabajan para vivir, no viven para trabajar.
No importa que la casa quede sucia, que el rito de preparar el asado (costillas, chorizos, carne asada) se repita cada semana en la azotea de su casa, que hayan quedado manchas de vino en la alfombra o una copa rota, Jorge abre siempre su casa con la misma sonrisa generosa, afectuosa, sencilla, agradecida con la vida.
Como si con ese gesto quisiera regresar un poco de lo que él ha recibido.
Lo mismo llega un día a las reuniones un violinista callejero que interpreta su música, o una chica que alguien conoció por Internet en el círculo de admiradores de Benedetti, o una pareja de ex militantes contra la dictadura militar, o una mexicana que vino a tomar clases de danza yoga. No faltan los niños (hijos de alguno del grupo), que se pelean el Internet o juegan en el taller. Hasta Poroto, el gato, participa.
En dado punto, simpe hay quién recuerda a todos que es hora de mover la mesa –mesa enorme donde llegamos a comer más de 20— y comienza el baile sobre el piso alfombrado.
(Esta carta la estoy terminando en su computadora, atrás cenan los demás los restos de la comida, pues la reunión que empezó a la 1 de la tarde a esta hora, las nueve de la noche, no ha terminado)
Aunque este es una especie de ritual de Los Pirovano, y al final aportamos todos algo para pagar una parte de la comida y los vinos (nunca podremos pagar el buen rato y la compañía), la crisis generó que mucha gente comenzara a dejar de salir a divertirse y a hacer reuniones o cenas caseras.
La alegría no se pierde aunque escasee el dinero. La creatividad siempre da una salida: Por ejemplo, una amiga vende en la calle fotos con paisajes porteños y Jorge organizó hace poco una cena en la que el “cover” consistía en llevar alimentos que después serían usados para aliviar la estrechez de la familia de un amigo priovano que recién quedó desempleado.
El espíritu nunca muere.
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Apéndice: El día que volé a México Normi y Billy me encaminaron varias cuadras hasta tomar el taxi a casa para recoger mi maleta. Era casi de madrugada y seguía el frío invernal. Me fui emocionada por tan bonita despedida: salir de una fiesta, de la celebración de lo cotidiano, de la amistad, de la vida; cargada con abrazos apretados de la banda Pirovano; escoltada hasta el taxi por entrañables amigos y, abrigada con ese colectivo abrazo de despedida, abordé el avión de regreso a casa.
3. (mayo de 2005)
Hola. Perdón, hasta hoy pude sentarme tranquilamente a escribir, pues apenas tengo tiempo libre. Desde hace días traigo en la cabeza comentar cosas que me sorprenden de Argentina, que no he visto en otras partes.
Lo que más me ha impactacado es el deterioro. La ciudad más europea de América Latina se comienza a latinoamericanizar.
Los edificios hermosos, réplicas de palacios europeos, tienen las paredes graffiteadas o repletas de propaganda política pegada con engrudo.
Los bancos, si tienen puertas, las tienen de lámina. Si son de vidrio seguramnte están quebradas o cuarteadas y, por tan sistemáticos que son los destrozos, los dueños ya ni siquiera se molestan en cambiarlos. Sus fachadas están decoradas con carteles o grafittis llenos de insultos a los banqueros.
En la noche la basura se ve desparramada por las calles y todo el día las cacas de perro en las banquetas.
Aunque ya pasó lo peor de la crisis y ya comienza a recuperarse económicamente, la gente (los restaurantes, cines, teatros vuelven a estar llenos), el deterioro va en creciente.
Con la crisis aparecieron personajes importantísimos, protagonistas de la historia diaria.
Unos son los cartoneros, esas familias de pepenadores que por la tarde llegan a la ciudad en burros, camiones de volteo o en el último vagón de los trenes y esperan con ansia las bolsas de basura que la gente saca por la noche para espulgar los restos, quedarse con lo todavía útil, apropiarse del cartón que luego pueden vender.
Ellos son una de las causas por las que las calles lucen sucias; llegan, desgarran las bolsas y dejan todo regado. Me parece como si esa fuera una manera de vengarse de los argentinos que se sentía europea y que siempre eligieron ignorar que en los alrededores también había pobres, que existía otra realidad: la de las villas miseria, la del hambre, la de los que escarban en los restos de los demás para sobrevivir.
Otros de estos personajes que surgieron con fuerza son los paseadores de perros, jóvenes que van por la calle sosteniendo con cada mano correas con 10, 20 perros, y su trabajo es sacarlos a pasear mientras sus ricos dueños trabajan.
La gente acá ama a los perros, hasta en el más pequeño departamento siempre vive un perro.
Cuando vine antes de la crisis, ví a la gente pasear al perro con una bolsita en la mano, para recoger sus cacas; en la época “post-corralito” –después de que el gobierno secuestró los ahorros bancarios de los ciudadanos y trasladó los ahorros en dólares a pesos– parece que la gente olvidó esa costumbre “civilizada” de responsabilizarse por los excrementos de sus perros y las calles lucen cagadas.
Los personajes más notables de la crisis son los famosos piqueteros, esas hordas de desocupados (desempleados) que cierran las calles un día sí y el otro también, para pedir programas de ayuda del gobierno.
Por ellos, edificios como el Congreso o la Casa Rosada (la oficina presidencial) están vallados permanentemente, pues las protestas eran tan violentas que cuando podían destrozaban puertas, ventanas, fachadas o golpeaban granaderos.
Como ahora todo es un caos, todos pueden ser piqueteros.
En semanas pasadas, por ejemplo, un grupo de estudiantes de una prepa sacaron sus bancas y las colocaron a media avenida, y ahí, en medio de autos recordándoles a sus madres, tomaron clases, en protesta porque el techo de su escuela (un edificio viejísimo, colonial, hermoso) se caía a pedazos.
Por esos días, músicos de orquesta, dieron un concierto gratuito afuera del Teatro Colón –uno de los 3 con mejor acústica en el mundo, como gustan decir los guías de turistas que visitan ese lujoso teatro de 6 pisos–, en protesta por sus condiciones laborales.
Al día siguiente por la noche los maestros sitiaron el Congreso y los universitarios cerraron varias calles (el autobús en el que yo viajaba quedó entrampado en uno de esos cortes vehiculares).
Ayer las noticias dieron cuenta de un muchacho que organizó un campamento-piquete afuera de la casa de la chica que le gusta, para llamar su atención y exigirle que cumpliera sus demandas de amarlo eternamente.
Estado acá me doy cuenta que hay cosas que odio de los argentinos y otras que les admiro mucho. Odio que se la pasan quejándose, victimizándose, como si sólo a ellos les ocurrieran las desgracias que cuentan (parece que no han escuchado a hablar de que privatizaciones y saqueos ocurrieron en toda América Latina).
Pero les admiro que no se quedan en la queja. Me encanta ver que sí reaccionan a eso, que son consecuentes con su repudio a la clase política y a los banqueros.
He escuchado –por ejemplo– que si un político de mala memoria entra a un restaurante, la gente comienza a golpear con sus tenedores los vasos o platos y de tanto ruiderío obligan al personaje a abandonar el lugar.
La gente sale a la calle y protesta, así como los estudiantes, los músicos, los piqueteros de las semanas pasadas. Tampoco faltan las protestas fuera de los bancos.
Otro ejemplo: Hubo un incendio en diciembre en una discoteca donde se murieron calcinados casi 200 jóvenes y niños. Los jueces decidieron excarcelar al empresario dueño del lugar y la gente se encendió. Los padres llegaron con gasolina a intentar quemar los tribunales, se enfrentaron a golpes a los policías, quisieron sacar a fuerzas a los jueces, bloquearon todo el día y durante la noche los tribunales, se manifestaron en Plaza de Mayo y los días siguientes, exigiendo fin a la impunidad.
Cuando el empresario salió libre fueron a acampar afuera de su casa.
Otra cosa que me sorprende son los famosos “escraches” o protestas afuera de las casas de los militares que materializaron las desapariciones durante la guerra sucia. Algunas de esas manifestaciones se anuncian por un periódico de izquierda, otras son sigilosas, de pronto, sin que ningún vecino lo sospeche, una calle se llena de gente, muchos jóvenes, que rodean una casa, gritan consignas, hacen ruido estrenduoso y reparten a todos sus vecinos fichas criminales con los antecedentes del tipo “escracheado” para que sepan quién vive en la puerta de al lado.
No deja de doler la crisis, que aquí se manifiesta en todo su esplendor porque se ve cómo de un día para otro clase media pasó a ser nada, los medio pobres quedaron en la indigencia, y los avances se han ido perdiendo. Los techos de los edificios hermosos que tanto impresionaban a los turistas, comienzan a descascararse y ya es imposible taparlo.
Una vez iba por la calle y vi a un anciano, todo trajeado, con el traje y los zapatos antes finos ya gastados por el uso, metiendo la mano a un basurero y buscando cajetillas de cigarro para ver si en alguna encontraba alguno. Esa imagen me conmovió bastante.
Siempre vez mujeres tiradas en la banqueta pidiendo para sus hijos, y aunque nosotros estamos acostumbrados a ver esa escena, acá es nueva la aparición explícita de la pobreza que copa las calles.
Hace dos años, por ejemplo, causó revuelo la entrevista a una niña que confesó lloran
do que tenía hambre y no tenía qué comer.
Parece que el país va saliendo del túnel, aunque a veces parecería que la salida está muy lejos. Ya veo que comienzan a nomalizarse las cosas. Que el gobierno comienza a tener éxito negociando las deudas que tiene el país con los oganismos financieros internacionales. Que el estrés ha bajado y los insultos en la calle
Si (como algunos argentinos) tomo a Maradona como medidor del país, y veo que Maradona está recuperándose de su adicción, con 20 y tantos kilos menos, feliz, resucitado, estrenpandose como conductor de un programa de televisión, quizás pueda afirmar que siguen cosas mejores.
“Los pirovanos” siguen festejando la vida. Algunos de quienes conocí el año pasado aparecen todavía en las reuniones, otros no, algunas parejas sobreviven y otras ya se deshicieron. Pero siempre hay caras nuevas: la psicóloga social que da terapia en plazas donde duermen indigentes, el editor de libros; el periodista que con su propio dinero realiza un programa (que transmite en cablevisión) sobre los rincones argentinos; las nuevas generaciones de pirovanos que vienen a Buenos Aires a empezar la carrera y a inyectar sangre nueva a esta comunidad…
Bueno, tengo que irme. Otro día les cuento un poco más de las clases que estoy tomando. Esper no haberlos aburrido. Les mando un saludote.
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