7 CARTAS DESDE BRASIL (SIN EÑES NI ACENTOS)
CARTA 1. CARNAVALEANDO EN RÍO
Hola a todos, espero que estén bien. Ya estoy de nuevo en las andadas y ya me volvieron las ganas de escribir cartas, así que quienes lo deseen tendrán noticias mías de nueva cuenta.
Como saben estoy en Brasil. Ahora mismo estoy en Rio de Janeiro. Justo ayer terminó el carnaval (termina siempre el miércoles de ceniza para arrepentirse de todos los excesos que se cometen carnavaleando) así que todavía tengo confetti, arena y espuma en el pelo y ritmo de samba en las venas.
Llegué hasta acá desde Porto Alegre, que está en la punta sur de Brasil, tras tomar dos camiones que juntos hicieron más de 28 horas de camino, sumado a una escala de seis en Sao Paulo.
En Porto Alegre fui al Foro Social Mundial, pero a esa experiencia le dedicaré otra de mis cartas.
Viajé a Río medio asustada por todo lo que había escuchado sobre esta ciudad – con todo y películas tipo Ciudad de Dios–. Todo mundo te dice que acá roban, que hay guerra entre las pandillas de las favelas, que hay mucha violencia callejara. La verdad estaba medio preocupada por llegar sola, en Río, sin conocidos ni hospedaje, pero lo valía el carnaval. (Además, siendo justos, la ciudad de México es igual o peor de violenta).
Pero nada más me bajé del omnibus y la vida comenzó a sonreirme. Primero, llegué a la zona de hostales lindos que había visto por Internet, pero me di cuenta que todo estaba lleno y carísimo (50 dólares una cama, en un cuarto común con banio compartido). Recorrí varios hostales pero no encontré espacio en ninguno porque “É carnaval”, como dicen los brasileiros. Hasta que, en uno de los hostales, el recepcionista me dijo que había un hostal en el centro, que acababa de mandar a unos turistas y que si quería un vecino me llevaba para allá.
Un poco desconfiada accedí a ver el hostal céntrico del que hablaba. Llegamos a un edificio viejo en pleno centro histórico –centro viejo y feo con olor a meada como las calles que rodean al zócalo del DF–. Entonces me ensenió el supuesto hostal que resultpó ser un apartamento amplico y recién remodelado con dos cuartos, que el recepcionista aquel rentaba para turistas. Aunque accedí a quedarme –no tenía opción mientras no consiguiera algo mejor— no dejaba de sentir cierta desconfianza.
Pero… de veras que alguien me cuida y ese día y cada uno de estos días que he estadoa cá he vuelto a constatarlo. Porque, en el piso de arriba vivía Paula, la hermana de este muchacho duenio del departamento. Nos hicimos amigas, me invitó a desayunar con ella y las dos amigas (Thaís y Diana) con las que compartía departamento –jovencitas de entre 23 y 25 anios, estudiantes de enfermería— y me invitaron a quedarme con ellas pues las otras dos que viven ahí están de vacaciones así que les sobran camas.
Y la companía ha sido inmejorable. Casi a diario nos levantamos temprano, Diana cocina para todas y con un sándwich en la mano q nos prepara de lunch vamos a la playa donde nos encontramos con más amigos de ellas. Vamos también con los otros dos turistas –un peruano y un alemán— que están hospedados en el apartamento donde originalmente yo iba a dormir.
A ellas les encanta la fiesta, la danza callejera, la playa. Van emocionadísimas porque quizás conocen al hombre de su vida, y si no, de perdida besan a alguien. Aunque del beso se puede pasar a otros asuntos no tan ingenuos. No hay ningún problema para ello. Además, el gobierno repartió condones por montón.
Así que el primer día conocí con ellas la playa de Ipanema, famosa por la canción. Vi de lejos al Cristo del Corcovado abrazando a la ciudad y las grises favelas que empiezan a comerce la vegetación de los hermosos y puntiagudos cerros que parecen chichones.
Y bueno, Brasil no ha dejado de asombrarme desde el día que llegué. De Río me asombró la arena tan fina de la playa y las aguas tan cristalinas, lo llenas de gente que estaba la playa, lo hermosas y guapos que son los hombres y las mujeres, cómo se sienten cómodos con su cuerpo y lo lucen y usan a más no poder, cómo TODAS las mujeres llevan mini bikinis –desde la anciana hasta la más pequenia… excepto yo, que con mi traje de banio el primer día fui como el patito feo de la playa, pero al día siguiente aprendí la lección–, lo amables y coquetos que son, la convivencia tranquila de la gente de diferentes razas y clases sociales. Pero, quizás lo que más me ha asombrado es su pasión por el baile y su sensualidad desbordante.
Me explico: Por la maniana estuvimos en el mar pero como a eso de las 4 de la tarde todos comenzaron a abandonar la arena y caminar hacia la avenida principal. Y de pronto, pasó un camión con un sonido, salieron bateristas de la nada y se organizó un tremendo bailongo que duró 4 horas. Éramos cientos o miles, apretados unos contra otros, dando algunos pasitos, todos bailando. Cantaban mil, diez mil, cien mil veces la misma canción una y otra vez sin pausa.
Muchos iban semi disfrazados porque el calor es tan insportable que no puedes vestir disfraz completo o simplemente iban con gorros alusivos a su personaje. Por ahí pasaba una hilera de hombres vestidos de apaches con todo y flechas, por allá una cleopatra anciana, más allá un gordo vestido de vaca pechugona, acá enseguida un hombre monja, por allá dos 70 anieros con gorros de tarro cervecero, por acá un hombre vestido de diablo con todo y sus alitas, trinche y cola…
Cantábamos una canción que decia más o menos así: “La poesía paseando por Ipanema, el amor se siente…Si te abraza, te besa, te mira, te toca lo hace sin ningún pudor, y no importa, es carnaval, es armonía, es casi amor….” Muchos traían en la cabeza un paliacate en el que se leía: Vístase, use “camisinha”, en alusión a la campania gubernamental por el uso de preservativos durante el carnaval.
Cuando el desfile improvisado pasaba por la avenida, desde las ventanas la gente apoyaba y aplaudía o bailaba.
Lo mismo viví al día siguiente en la playa de Copacabana. Y por la noche en el bohemio barrio de Lapa. Y antes en el centro. Y más noche a plena avenida. Y de regreso a casa, a bordo del amión. De pronto llegan músicos y la gente baila por horas y repite una canción que puede ser de un grupo musical o de una escuela de samba, y los mismos seis, ocho párrafos hasta el infinito. La gente baila, las mujeres menean violentamente sus caderas y los hombres mueven tan rápido las piernas que parecen jugar una cascarita en fast-track.
*
Acá he bailado lo que nunca. La otra noche que salí con Thaís y Diana los tambores comenzaron a sonar y en unos segundos ellas ya estaban en medio de un grupo de desconocidos bailando samba, y de la nada, un mulato me agarró y comenzó a bailar conmigo y a obligarme con sus movimientos a despertar mis caderas. Mis caderas por lo visto son como un animal dormido, en comparación con las caderas brasileiras.
–Beixaste, Marcela—era la pregunta que siempre me hacían las chicas cuando me veían platicando con algún desconocido. Si lo besé o no.
*
Otra cosa que noto es que pese al tumulto, los apretujones y empujones, la gente no se pelea. Es más, disfruta del roce y empalme de los cuerpos. “É carnaval”, dicen. “Puedes beixar a quien quieras, es carnaval”, me explicaban las chicas con teoría y en la práctica, ay que cuando íbamos caminando ellas iban besando a desconocidos. Tres besos distintos vi que Thaís dió cuando caminaba.
*
Y sí, Brasil se detiene y enloquece esta semana..
Antes de Río estuve haciendo un reportaje en Porto Alegre días antes del carnaval, pero ya no encontré funcionarios para entrevistar, ni maestros universitarios. Todos estaban en la playa por el carnaval. Brasil se detiene literalmente. Las clases recomienzan en marzo. El presupuesto de los muncipios se decide en marzo (después de las fiestas del carnaval a las que lue
go se unen las vacaciones de semana santa). La vida continúa en marzo.
La experiencia más interesante hasta ahora ha sido ir al Sambódromo a ver la competencia entre escuelas de samba. Son dos días de competencia en la que participan 7 escuelas distintas cada día.
Con Martín, el peruano, hice fila para presenciar el segundo día de competencia. Llegamos desde las 4 de la tarde, entramos al estadio especial para samba a las 5, agarramos un lugar en primera fila y esperamos hasta las 9 dela noche a que el espectáculo empezara. A eso de las 10 pasó la primera escuela de Samba con un desfile que tenía como tema las orgías de la historia –desde las romanas hasta nuestros días–. E iban desfilando carros enormes con bailarinas semi desnudas encima del Dios Baco o del Becerro de Oro que levantaron los judíos, y miles de bateristas –con sus sombreros coronados por plumas– abajo desfilando con sus tambores que hacían retumbar el smabódromo, un carro con los cantantes, y abajo miles de gentes (hasta 7, 9 mil personas desfilan en cada escuela), disfrazados según el tema, sambando y cantando la misma canción. Iban orgullosísimos, sintiéndose las estrellas de la noche.
Ellos son los alumnos de las escuelas de samba. Pero, cualquier puede participar si paga una especie de cover y combra su disfraz, cualquier persona puede salir bailando (ya me prometí volver otro anio para salir bailando).
En el desfile no sólo aparecen esas chicas semi desnudas que han hecho famoso el carnaval, también vi desfilar desde ancianos con bastón, un hombre sin piernas, contingentes de sillas de ruedas, mujeres delgadas o gordas envueltas en plumas, ninios….
Hay un jurado que les califica los vestuarios, las coreografías, los carros alegóricos, el desempenio de las reynas del carnaval, la coherencia del desfile con respecto al tema, la fluidez del paso del contingente, entre muchas otras características que deben cumplir.
Cada escuela tiene derecho de estar en la pista hasta una hora y 20, luego se prepara la otra escuela, y la otra, así toda la noche. Y el público baila y canta sin parar toda la noche. Así que salimos al día siguiente a las 8,30 de la manaina, cuando ya era de día.
La triunfadora de la temporada fue la escuela Beixa Flor, que tuvo como tema la evangelización de los jesuitas a los indios guaraníes y cómo llegaron los ganaderos a robarles sus tierras. O sea, denso y sesudo.
La escuela de samba que emocionó a todo mundo y que salió triunfadora tenía entre sus personajes al Papa bailando samba, a un Cristo sangrante yque cargaba su cruz tras unos romanos en plena borrachera, a unos misioneros exóticos guaranizados, a unos guaraníes vestidos de sacerdotes. La locura. Pero, como me dirian las chicas, se vale de todo porque: “É carnaval”.
CARTA 2. PORTO ALEGRE, UNA CIUDAD ALEGRE Y JUSTA
Mi primera parada en Brasil fue Porto Alegre, una ciudad al sur-sur-sur del país, en el estado Rio Grande do Sul. Y como primera parada no pude escoger una ciudad mejor ya que, si tuviera q describir a los portoalegrenses en una palabra diría que son amigables. Que toda la ciudad lo es.
Esta ciudad es conocida por varias razones. Una, porque aquí nació el Foro Social Mundial (FSM) –la reunión de gente organizada que quiere cambiar el mundo y hacer el mundo menos feo, menos inhumano, menos excuyente—; la otra, porque es la capital del famoso Presupuesto Participativo, que realmente cambió el aspecto de la ciudad.
Qué es eso del presupuesto participativo: por 16 anios, la gente ha votado y decidido en qué se va a gastar el presupuesto de la ciudad (el presupuesto que no está comprometido, que es como el 15% de lo que les da el gobierno federal). Así, la gene decide si se necesitan más viviendas, clínicas de salud, pavimentación, drenaje, vías de comunicación, guarderías…
Yo digo que es el presupuesto del que disponen los pobres, el presupuesto que les hace justicia, aunque algunas de las obras –como las costosas vialidades—son más bien para clase media y alta.
Y bueno, llegué –para variar— sin hotel reservado y sin idea de dónde hospedarme. Los hoteles de la ciudad estaban al tope porque se esperaban 160 mil personas para el FSM. Yo caminé por varios hoteles y pregunté si había cupo, y nada. Hasta que me metí a un edificio viejo y ruinoso, que tenía rotulado en la pared: “hospedería familiar” y ahí sí había cupo. Así que tomé el cuarto disponible en ese edificio de mala muerte, que era una especie de vecindad, oscura, con un taller mecánico en el segundo piso, con familias hacinadas en lso cuartos vecinos al mío, con los pasillos oscuros. Uy, daba un poco de miedo, pero fue lo que encontré.
Al llegar le hablé Rick, un amigo de una amiga de Argentina, que firma en su chat como “románticoamante” y él pasó por mí, me llevó a una churrasquería y vaya qué cosa. Uno se sienta en mesas comunales y durante dos o tres horas hay un desfile de meseros que salen de la cocina con espadas de todo tipo de carne, y van recorriendo las mesas y cortando pedazos y sirviéndote en el pato hasta que digas basta o revientes Así uno prueba carne con salsa de ajo o de cortes finos o corazones de pollo asados o pollo o vacío o etc, etc, etc.
En la tarde, cuando Rick se enteró que me había hospedado en la zona roja comenzó a buscarme otro lugar. Y, vaya que Alguien me cuida, porque en uno de los primeros hoteles céntrico que preguntamos justamente había un cuarto que los propietarios no habían querido rentar para no saturarse de gente y que me alquilaron a cerca de 100 pesos la noche. Era con banio compartido pero ni quién se fija.
Decía que la ciudad es amigable en todos los sentidos. Hay vías especiales para bicicletas, carriles especiales para autobuses, muchos parques –algunso con lagos–, camiones con elevadores para discapacitados, menos ninios de la calle indigentes que ciudades parecidas. La gente es educadísima, y todos quieren ayudarte. Todos te quieren dejar en la puerta del lugar por el que les preguntaste cómo llegar. También, varios te quieren invitar a salir.
Uno de ellos fue Fabrizio, un joven muy guapo que conocí caminando por la calle. Comenzamos a platicar y me invitó a tomar un refresco. Me platicó que es policía y ya entrados en la charla me invitó a conocer a pie la ciudad. Paseamos por afuera de edificios muy lindos. Y cuando estábamos en el techo de uno, viendo la ciudad, me dijo que el pago por sus servicios era un beso. Yo me reí mucho. Después me dijo que no tuviera miedo, que lo secuestrara, que el úncio peligro era que él se enamorara de mí.
Entonces…. no les voy a contar más. Se van a quedar con la duda de si hubo o no beso, por morbosos.
En Porto Alegre no sólo me esperaba Rick, también Fabiana, una amiga de un amigo mexicano (viva el messenger!!!) que es publirrelacionista y se tomó muy en serio su papel de sacarme a pasear. Con ella y sus amigas comía, pasaba la tarde y en la noche íbamos unos barrios padrísimos llenos de bares y restaurantes. Caminar por ahí era una delicia ya que los bares tienen mesas en las banquetas así que todas las banquetas se llenan de jóvenes que se toman su cerveza bien helada, platican, bailan con o sin música, adentro o afuera del bar, sentados en sillas, en la banqueta o parados.
Vaya que esta es una ciudad progresista. Conocí a un tipo que trabaja en una ONG por los derechos de los homosexuales que me contó que durante tres anios el gobierno del PT les pidió a los grupos gays, de feministas, de negros y trasvestis que dieran clases de derechos humanos a los policías en formación, pero que ahora, con el cambio de gobierno (pues tras 16 anios en el poder perdió el PT en la ciudad) les quitaron los cursos.
Hasta ahora sólo les he contado la parte “nice” de mi viaje por la ciudad. Pero al hacer el reportaje sobre el presupuesto participativo conocí la otra cara, la de la pobreza, la del mercado público con sus olores a pescado, la de los
gays que luchan por sus derechos.
Por un juez guapísimo, amigo de una amiga, di con un funcionario (Assis Brassil un sociólogo también guapísimo, que cuando lo entrevistaba yo nomás me imaginaba que me daba un beso) que me contactó con algunos de los vecinos beneficiados con lo del presupuesto participativo.
Me dio el nombre de una calle y me dijo que llegando ahí preguntara por Chiquinho. Ay, Dios, me parecía misión imposible porque la calle estaba llena de condominios finos, de multifamiliares. Y a quienes preguntaba no sabían quién era el mentado Chiquinho. Hasta que le pregunté a un anciano y ése le pidió a un vecino que me encaminara al condominio de Chiquinho y cuando ése tenía que desviarse me encomendaba con otro y ése con otro, hasta que el último me depositó en la casa del famoso Chiquinho. Pero él no estaba.
Chiquinho vive en una privadita con casas como del cuento de Hansel y Gretel. Había muchos ninios jugando futbol afuera y los hombres estaban juntos ayudando a uno que arreglaba un carro. Una vecina comenzó a platicarme que antes vivían en una villa miseria –casas de cartón, sin drenaje, con hambre, lo de siempre–, pero cuando se enteraron de los del presupuesto participativo del gobierno del PT (Partido de los Trabajadores) fueron cada dos semanas, durante 5 anios, a pedir la cosntrucción de una vivienda, hasta que en el 2000 se las entregaron. Así que ella era feliz porque pagaba 12 reales al mes (algo así como 8 boletos de autobús) por una casa propia y en Petrópolis, un barrio de ricos.
(Claro que al Presupuesto Participativo se le han hecho críticas de ser populista y demagogo, de usar a los pobres para que siempre voten por el PT, para que vayan a sus actos… pero esa es una de las cosas que están por perfeccionarse).
Para lo del reportaje hablé también con un abogado que dedica casi todo su tiempo voluntariamente a organizar barrios pobres para que se den cuenta de su realidad y pidan lo que necesitan. (Claro que los pedidos de cada barrio u organización entran en una dura y larga competencia entre los pedidos de otros cientos de barrios, y al final, gana el más necesario o el que más apoyo tuvo de la gente y que además tuvo visto bueno del gobierno). El tipo hablaba, con mucha convicción, de crear “ciudadanía” y me mostró los cambio que habían hecho ya en el mercado y me habló de los condominios que habían dado a habitantes de favelas.
Gracias a él llegué a casa de Donia Neusi, una habitante de la Villa Miseria “Zero Horas’ que lleva el mismo nombre que un periódico local.
Dona Neusi es, para él, el ejemplo de lo que hace el presupuesto participativo, de lo que crea la recuperación de la autoestima ciudadana. Pues ella es una anciana de 84 anios que toda su vida fue sirvienta y durante anios fue a las juntas del presupuesto a escuchar, y no hablaba porque tenía pena y miedo. Un día le tocó decir algo pero ella se sentía incapaz y quería que alguien le dijera lo que debía decir.
Pero el día que tomó el micrófono para pedir algo ya nunca lo soltó. Ahora es líder barrial y ha trabajado tanto por su gente que en marzo los reubican a todos en un condominio muy bonito. Estaba muy emocionada, me ensenió la propganada con los folletos del lugar.
Cuando llegué a su casa, ella me estaba esperando. Yo no sabía si nos íbamos a entender porque cuando le hablé por teléfono había sido imposible entendernos. Pero ya cara a cara, cuando ella me platicaba algo, y yo no entendía alguna de las palabras, me la actuaba o buscaba el objeto del que hablaba para que le entendiera. Así, en su modesta casita, platicaba muy apasionada sobre las bondades del presupuesto, sobre cómo por fin el gobierno escuchó a los pobres, sobre cómo se organizaron para que les dieran las casitas de madera en las que ahora viven y sobre lo problemático que fue decidir quién se irá a vivir al condominio bonito.
Me dijo que cuando habla ante un público siempre empieza diciendo: “Yo no tengo un título de licenciada, yo sólo tengo bajo el braso el título que me dio la vida porque conozco lo que es la miseria”. Y qué es la miseria, le pregunté. Y entonces ella me dio la definición más exacta y más cruda de lo que es la miseria. Me dijo: “Miseria es cagar en una bolsa de plástico colocada dentro de una lata y luego tirar la bolsa por ahí, miseria es que una rata muerda el chupón del biberón de tu bebé, es tener que ir a trabajar y dejar a tus hijos en la calle porque no hay guarderías…”
(Esto me recuerda inevitablemente a una mujer que conocí en la Sierra Tarahumara. Estaba yo parada en una carretera, esperando un raid, y ella se acercó a mí nomás para hacerme plática, proque su camino era largo y porque no tenía dinero para el autobús. La mujer era blanca y joven pero se veía viejísima, sin dientes, con la dentadura podrida y encorvada con su costalote en la espalda. Y me contó riéndose que había regresado varios kilómetros a las cabanias donde trabajaba su esposo porque le dolía la espalda. Yo nomás miraba al tamanio costal que cargaba y me explicaba su dolor. Pero en eso me dijo: “Me dolía el lomo porque no me hallo sin carga, necesit carga para caminar, ya me impuse así).
Con Dona Neusi fui a recorrer la colonia, y me fue presentado a sus vecinas. A una que se le quemó la casa con toda la ropa dentro, otra que no tiene sanitario, y otras que no entendí nunca qué me decían. A todas ellas les decía muy emocionada: “Ella es una periodista y vino a visitarnos”.
Iba oscureciendo, yo tenía un autobús que tomar. Ella seguía feliz, contándome sobre cómo su vida cambió a raíz de que se supo ciudadana, con voz y derechos. Me decía que si el nuevo gobierno quiere quitar el presupuesto participativo, saldrá a la calle a luchar. Al final le pedí que por favor me llevara a donde pudiera tomar un taxi.
La anciana flaca pero de huesos duros, maciza como roble, aprisionó su brazo con el mío, como las senioras aprisionan su bolsa del mandado, y así, sostenida me fue sacando del barrio. Me indicaba por dónde no íbamos a pasar, por qué era peligroso caminar por allá donde había perros rabiosos, por qué era mejor por aquí, me iba contando su realidad.
Cuando iba con ella me llegó una idea. Que me gustaría que mi ángel de la guarda fuera como ella. Que si pudiera escoger, la escogería a ella como ángel de la guarda. A una mujer apasionada, que se había superado de la nada, que me tomó tan fuerte que no me soltó hasta que pasó el peligro, que había vivido, que me explicaba su barrio y lo conocía como la palma de su mano, que era respetada, que no me dejó hasta depositarme segura dentro de un taxi y hasta darle las órdenes al taxista de dónde me debía de dejar.
Al fnal, contenta, abrazándome me dijo que si vuelvo a Porto Alegre después de abril que pase a visitarla al Condominio María Isabel, que pregunte por ella y me quedé ahí un tiempo. Bueno, me voy. Hoy es el desfile de los campeones del carnaval de samba y me espera otra noche de desvelo y baile en el sambódromo. Les mando un abrazo. Chau!!!
Pd. Les sigo debiendo la carta sobre el Foro Social Mundial.
CARTA 3. CURANDO DESDE EL CUERPO EN CAMPINAS
La puerta que teníamos delante estaba cerrada. Leana y yo estábamos en un patio del Centro de Salud para enfermos mentales de Campinas, una ciudad a hora y media de Sao Paulo. En eso vimos acercarse a un joven que parecía agresivo y tenía algo, una especie de fierro en la mano.
–Meume feinando, feinando –nos decía como enojado. A las dos se nos fue la sangre al suelo. Estábamos contra la pared y la persona que traería la llave para salir no aparecía por ningún lado. “…feinando…feinando”, decía.
–Eu sou Marcela — le dije en mi intento de portugués. Y sí, le atiné, estaba presentándose. Se llamaba Fernando, como mi hermano y vivía en el Centro de Salud de Campinhas, una especie de granja-hospital q es ejemplo mundial en trato humanitario a enfermo
s mentales.
Llegué ahí desde que me contacté con Leana, una mujer q conocí en el curso de verano de danza-yoga (o movimeinto armónico expresivo) q hice en Buenos Aires el anio pasado. Cuando llegué a Sao Paulo le llamé y quedamos de ir a una de sus clases de movimiento. Y sí, el primer sábado estábamos en el Parque Rio Branco, a las 10 de la maniana, bailando con las demás personas que cada semana llegan a bailar.
Estábamos en un terreno verde, con bambúes gigantes a los alrededores. En cuanto Leana llegó y prendió la grabadora, de la nada comenzaron a llegar mujeres, muchas de ellas ancianas, que hicieron un círculo y comenzaron a imitar sus movimientos que parecen desestructurados pero son pensados para enderezar la postura y sacar los sentimientos acumulados en el cuerpo. (Como sabiamente oí decir a alguien esta semana: Nuestro cuerpo se amolda a nuestros sentimeintos y los sentimientos también moldean el cuerpo).
Bajo la sombra de los bambúes y sobre la tierra mojada por la lluvia nocturna danzamos, felices, relajadas. La gente se paraba para observarnos, algunos nos acompaniaban, otros nomás miraban. Nadie se escandalizaba, en Brasil es compun q la gente dance, haga música, en el ómnibus, en el parque, en la calle. Ahí las ancianas se expandían. Para las qe viven solas, la cita de los sábados significa companía así q nunca faltan. Una de ellas era una chinita q no habla nada de portugués pero que no falta a las clases… cuando la veía me parecía q revivía las danzas de tai-chi que vi en China hacer a miles de perosnas que por las manianas llenan los parques, cada centímetro de pasto.
Leana y yo decidimos visitar a Nice, otra mujer q conocimos en Buenos Aires que vive en Campinhas. Así q una maniana muy temprano salimos de Sao Paulo hacia allá. LLegamos justo a las 9, a la hora de su primera clase. Y ya estaban unas 30 personas, muchas de ellas ancianas, moviéndose a su alrededor, haciendo gimnasia bailada. La mayoría eran viejitos y –quién lo iba a decir — enfermos mentales.
terminada la clase una mujer cantó una canción mexicana en mi honor y otra declamó un poema. Se sentían honrados de que los fui a visitar “desde México”.
Más tarde Nice nos llevó al Centro de Salud donde trabajan los enfermos. Es una especie de granja (me recordó el Hospital San Paulo para leprosos que visitó el Che en la película de los Diarios de Motocicletas), donde los enfermos tienen una cooperativa y trabajan en diferentes talleres, y de lo que ganan con la venta de sus productos se lo dividen entre todos. Así, visitamos a los del área de cocina, carpintería, vitrales, joyería, herrería, costura, pintura… las artes que puedan imaginarse. Incluso tienen un periódico y un programa de radio.
Sólo los que están en crisis o más enfermos están internados en el hospital, el resto hace su vida como cualquier ciudadano productivo. Visitabamos, por ejemplo, el área de artesanías y los vimos pegando pedazos de mosaicos en portarretratos o mesas. Unos comenzaban a gritar de emoción cuando vepian a Nice, a otros les salía la loquera y la atosigaban contándole lo mismo una y mil veces. Otros se paraban de sus mesas e iban con la instructora a preguntarle de nuevo las instrucciones de lo q hacen diariamente: ?Se pone primero el mosaico y después el pegamento?
El día que fuimos estaban felices porque iban a tener próximamente una excursión a una ciudad vecina.
“Cuando hay excursiones intentan no entrar en crisis, se cuidan mucho, unos hasta trabajan en casas para pagarse el viaje y pagar el viaje de su nieto. Se ponen felices”, contaba Nice. Otra trabajadora de ahí decía que ya cuando empiezan a trabajar, como ganan dinero, intentan tampoco entrar en crisis.
Este hospital tiene una larga lista de espera de personas que desean ingresar y un programa piloto de ex-hospitalización, pues desde hace tres anios los enfermos viven en casas rentadas en la ciudad, en medio de la gente, como cualquier persona, y ahí tratan de llevar una vida normal.
Y bueno, con Nice fui a unas clases de Danza Yoga más tarde, en una academia normal, donde las mujeres me recibieron muy bien y me regalaron un CD de Chico Buarque.
Carta 4. EN LAS GRANDES CIUDADES
Luciana y su esposo me recogieron un sabado por la maniana afuera del Metro y cruzamos Sao Paulo para ir al area conurbada –ahi donde las cales se vuelven caos, las tiendas en puestos ambulantes, las casas tienen color cemento– donde ya nos estaban esperando nos 25 jovenes de los barrios marginales de la zona.
Era su primer dia de clases con Luciana –una bonita reportera de 30 anios del periodico O Estadode S. Paulo– q con otro grupo de periodistas les iba a enseniar a hacer su propio periodico barrial. Los chicos estaban emocionados y llenos de planes, se sentian ya periodistas porq iban a documentar la vida de sus barrios llenos de caos, drogas y violencia. Uno propuso tener una seccion de rap y de hip-hop en el periodiquillo naciente, otro una seccion de cartas de amor, uno mas uno de cursos gratuitos q podian tomar. Me divertia escucharlos, enterarme de sus inquietudes, viendolosemocionados porq quizascon lo q ahi aprendieran iban a tener una fuente de trabajo en un futuro, lo cual es dificil para los de su barrio.
Yo solo pude estar ese primer dia de clases con ellos y era la segunda vez q veia a Luciana.
La conoci porq una vez iniciado mi viaje a Brasil comence a contactarme con periodistas q cubren temas del area social –como yo hacia en Mexico– para ver su trabajo, platicarles del mio y conocer sus propuestas. Hice investigaciones por Internert y llegue, primero, a la agencia ~reporters sociales~, fundada por otros treintanieros q se cansaron de la insensibilidad de sus periodicos, se independizaron y hoy ofrecen reportajes especializados sobre temas sociales(salud, educacion, pobreza, derechos humanos…) q en sus medios no eran publicados.
Despues me contacte con las chicas de ~Anjos, q en espaniol quiere decir angeles~, siglas de la asociacion nacional de reporteros sociales, una organizacion creada por mujeres periodistas preocupadas porq en los medios se les de espacio a los temas sociales para crear un conciencia ciudadana.
En ese encuentro y en otros que he tenido en mi viaje por Brasil he quedado super emocionada, sintiendo q escucho a mis almas gemelas en lo que a lo profesional se refiere.
Un sabado en un cafe a las 5 de la tarde estaba hablando con tres de las chicas q fundaron Anjos, y ellas me contaban como fue q nacio su grupo. “No nos conociamos, estabamos esperando q nos entrevistaran en la Universidad de Sao Paulo para q nos admitieran a una maestria de periodismo y mientras esperabamos comenzamos a platicar de lo q cada una hacia en su periodico. Luego comenzamos a platicar de lo mal q publican en nuestros diarios los temas sociales, dela poca importancia que se les da, de q se necesita empujar ese tema y concientizar a los jefes de q es importante.. y asi hablando y hablando empezamos a soniar q podiaos hacer algo, entonces alguien sugirio unirnos para hacer algo y asi nacio”, decia Fabiana, otra de 30 anios q trabaja para revistas.
Y bueno, ellas y otras iniciativas como las suyas han comenzado a cambiar la situacion de la prensa brasileira. Ademas de querer impartir clases de periodismo social a las futuras generacionesdeperioistas (para q dejen de ver al pobre como criminal y dejen atras sus prejuicios a la hora decubrir temas), quieren empujar a q los pobres tengan sus propios periodicos asesora a las ONG mas pequenias para quesepan como hacer q se publique la informacion q tienen.
De ahi q fui con Luciana a su primer clase.
Eso fue m viaje a Sao Paulo, un ciudad parecidisima al DF por lo grande, sobrepoblada caotica, aunque con parques gigantes muy verdes. En Sao Paulo estuve en casa de una reportera peruana q conoci en Porto Alegre, q me acogio en su nuevo departamento, pues apenas unos meses atras se mudo de su pais para trabajar en Brasil. La experiencia, para las dos, creo yo, fue buena
. Para mi porq de pronto sentia q la ciudad, con el cielo semi gris y sus enormes rascacielos, me sofocaba. Para ella, porq en el proceso de mudanza a un pais nuevo de pronto se sentia desencanchada, desubicada, y sin ningun conocido a la redonda. Asi que era lindo, para las dos, llegar a la casa, cenar juntas, a veces llorar juntas y compartir lo q nos ocurrio durante el dia. Era raro porq con ella senti lo q con pocas personas he senidoto: cuando me contaba sus dudas existenciales yo sentia q ya habia vivido o estaba viviendo lo mismo q ella, o cuando ella me contaba sobre su vida creia q estaba hablando sobre la mia. Como si fuera un espejo.
*
En Sao Paulo mas que lugares turisticos conoci periodistas y visite el periodico Folha de Sao Paulo, q me dejo boquitabierta con sus dies pisos de altura y su enorme rotativa en la entrada y la exhibicion de sus portadas historicas.
En Brasilia segui mas o menos el mismo ritmo. Alla segui mi investigacion sobre periodismo social. Conoci periodistas interesatisimos como Marcelo Canellas, reportero estrella de la Red Globo(el equivalente de Televisa pero en elefate), de 37 anios, que ha gando premios internacionales por sus trabajos. El ppaso 4 anios convenciendo a sus jefes de q le dejaran hacer un reportaje sobre el hambre en Brasil. Sus jefes le decian q el tema ya estaba muy quemado, q no habia nada nuevo q agregarle a lo q la gente ya sabia, q la gente se habia cansado del tema. Hasta q, depsues de 4 anios de insistencia, le dieron el permiso y lo hizo. Viajo por cinco estados un mes y otros 50 dias lo edito. Al final quedo un reportaje en cinco partes, decinco minutos cada uno, q gano premios en Brasil, Espania y Latinoamerica. Lo mismo con otro reportaje sobre los trabajadores q son esclavos en Brasil.
El tipo –a quien al hablar se le notaba la paciencia, el buen corazon, la dulzura en la mirada– me contaba lo q le indigna la pobreza, lo q le emociona saber q sus reportajes son usados por campesinos o trabajadores organizados para discutir de sus derechos y sus problemas.
“Suenio con un mundo menos desigual, pero seria pretencioso creer q con mi trabajo yo voy a cambiar a la sociedad brasileira, yo con mi trabajo solo vpya senialar lo q debe ser cambiado, cambiarlo le toca a otros. Pero siento q el mejor premio q recibo es saber q sindicatos o cooperativas se reunen para ver mi reportaje del trabajo esclavo, y discutir sus derechos”, me decia en la cabina de edicion.
Y bueno, no solo es Marcelo, el resto de periodistas con los q platique tambien son una buena noticia. Asi q el viaje alas grandes ciudades estuvo cargado de ese ingrediente.
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Pese a todas las buenas personas q encontre, casi odie Brasilia. Es una ciudad q aman los arquitectos, la gente q gusta del orden, de los deportes y las areas verdes, pero yo casi termine por aborrecerla. La ciudad fue construida en los anios 60 especialmente para ser capital de Brasil y esta tan bien planeada q en el centro esta la terminal de camiones urbanos y alrededor la vida se distribuye por sectores, q si el sector de secretarias de estado y oficina de gobierno, q si el sector de casas norte y sur, q si el sector de bodegas y areas aisladas, q si el sector militar, q si el hotelero o el comercial o el de disenio o el bancario. Y entre uno y otro sector, entre una y otra cuadra –q son kilometricas– hay enormes parques en vez de camellones. Y eso es lo terrible. Es una ciudad no hecha para peatones. Si quieres ir a comer algo o irpor un chicle, a caminar, caminar, caminar o tomar varios autobuses hasta llegar a la zona de restuarantes (estoy exagerando, pero no mucho), si quieres visitar las explanadas de las secretarias de estado –q estan unas junto a otras– tienes q caminar kilometros bajo el sol.
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Otra cosa q hizo a Brasilia un poco desolado es q me hospede en un hostal medio lejos del centro de la ciudad (en el sector de bodegas y areas aisladas, para mas senias). Mi unica amiga era Bia, una reprotera del Correio Brasilienza y su esposo, un fotografo del mismo diario, q justo esos dias andaban apurados, terminando un reportaje q iba a ser publicado ese fin de semana, asi q los vi poco.
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Ahora estoy en Salvador de Bahia, escribiendo este correo. El ritmo del viaje ha cambiado completamente, voy mucho a la playa (esta nomas cruzando la calle), camino mucho por el bello centro de la ciudad, ocasionalmente salgo con otros viajeros para playas cercanas, leo libros de Jorge Amado para estar a tono, bailo en las fiestas callejeras q se organizan todos los dias en casi todas las plazas, hago amigos.
Es chistoso pero la pregunta q mas intriga a la gente q conozco durante mis viajes es: “A poco viajas sola?”. La respuesta es afirmativa –siempre q el q me lo pregunte no sea un tipo con dobles intenciones, claro esta–; sin embargo, pienso varios segundos antes de responder pues aunque una salga sola de su pais, es una gran mentira decir q viaja sola. En el camino una va “encontrando” amigos y al final nunca esta sola. Hay veces q desde q me bajo del avion ya salgo con compania o conozco a otro mochilero en el mismo autobus q me va a llevar a la zona donde voy a hospedarme. Es chistoso, pero nos reconocemos de una sola mirada, y no es por lo fachoso q podemos andar, sino pq somos los unicos q bajando de un avion tomamos un autobus, q no llevamos maleta sino mochila al hombro, q llegamos pidiendo mapas del lugar a explorar, q andamos mirando a otros de reojo para ver si alguien se nos parece.
Cuando mucho, una esta sola el primer dia despues de su llegada. Generalmente en el desayuno ya encontraste a alguien con quien salir conocer la ciudad y en la noche a estas haciendo planes para ir a bailar o planeando viajar juntos por varios dias, compartiendo el mismo itinerario, discutiendo el ritmo del viaje y lo q se quiere gastar, convenciendo al otro de visitar los lugares q uno quiere visitar y ajustandose tambien a los planes del otro (sin sacrificar mucho).
“Donde te quedas?” Es otra de las preguntas. Y bueno, yo evito un hotel a menos de q me haya hartado de mucha convivencia quiera algo de paz. Pero quedarse en un hostal y elegir uno de ambiente es basico. Aunque tendras solo una cama y un locker, y compartiras el banio, eso se compensa con las amistades q haces de otros q viajan solos como tu, a quien prestas dinero si son asaltads, quienes te cuidan si te enfermas, quienes te esperan para salir a cenar.
En fin, de esos encuentros hablare en mi proxima carta, mi carta bahiana, q me estalla ya en el pecho del puro pensarla, por la vida se respira aqui, por la belleza, por el baile, por la sensualidad desbordada. Pero bueno,por lo pronto les mando un beso a todos. Muchos saludos, abrazos apretados y escribanme de vez en cuando, plis.
Carta 5. DESDE BAHIA DE TODOS LOS SANTOS
Hola a todos. Perdonen q no he contestado correos, la verdad he estado saturada mentalmente… no sé por que, supongo q llegué a la etapa del viaje en la q me siento saturada y necesito descansar. Esta carta la escribí hace tiempo y era sobre Bahia. Se divide en dos partes. La Bahia q siempre está de fiesta y que emociona al llegar, y la Bahia profunda, de la que quieres salir corriendo. Ahí va:
Viajar a Bahía es como tomar una cucharada de un jarabe concentrado de Brasil. Si en Río de Janeiro me sorprendíó la sensualidad, acá el erotismo se respira en el ambiente y cruzando una calle o entrando a una playa se convierte en lujuria, se materializa en miradas q te siguen al pasar, en susurros de amor q sientes en la oreja, en abrazos surgidos de la nada. Esta parte norte de
Brasil es la parte a la q llegaron los conquistadores, la parte negra donde se concentran los descendientes de los esclavos, donde se nota más la mezcla q hizo de Brasil lo que es. Es la parte donde conviven ritos y religiones de lo más variados, donde los dioses negros fueron trasplantados y ocultados bajo disfraces católicos. Es la zona donde abunda la fiesta, los bailes, la capoeira (una especie de arte marcial q mezcla música y a
crobacias dignas de circo o de películas de chinos q luchan en el aire) y donde se realiza el mejor carnaval callejero, el más popular y animado.
En el corazón de Salvador de Bahía –o Bahia de todos los Santos como bautizaron inicialmente los conquistadores a esta ciudad ex capital del Brasil, desde la q se embarcaba el cacao para las Europas– existe un barrio llamado Pelourinho, que concentra todo lo descrito.
Pelourinho es el centro antiguo de Salvador, un barrio con iglesias q brillan de tanto oro q tienen en sus retablos, de pintorescos edificios coloniales con fachadas de colores, de inclinadas callecitas empedradas, de barsitos al aire libre, de museos e historia, construido en un alto desde donde se ve la bahía.
En Pelourinho es normal escuchar tambores, baterías, música. Al tratar de descubrir de dónde viene el sonido, sin darte cuenta ya estás dentro de una vecindad en un ensayo de una banda o participando de un baile callejero, rodeada de gente disfrazada. En algún punto, un desfile puede cruzar con otro y puedes acompaniarlo y luego a otro y a otro. Como si todos los días fuera carnaval.
Yo me di a la tarea de aprender a bailar los ritmos nordestinos, a despertar mi cadera, a coordinar el movimiento de cintura y piernas, a imitar a las brasileiras, así q comencé a arrimarme a todos lados donde oía música, a participar en los bailes callejeros y en las fiestas de las plazas, a recorrer antro por antro, a seguir a las olas de jóvenes q se desplazan de un lado a otro buscando música. No faltaron maestras q comenzaron a enseniarme espontáneamente. Bailé lo mismo en la ciudad como en la playa. Sola o en grupo.
Los primeros días tenía una explosión de gozo de estar aquí, de lo lindo q es este barrio, de la historia que conserva, de la fiesta popular, del erotismo bahiano, del movimiento de los cuerpos. Y me preguntaba: “?Por qué la gente va a Asia de luna de miel y no acá, si esto es el paraíso?”. Luego encontraría la respuesta.
Estuve primero en un hostal fuera de Pelourinho que me quedaba a una cuadra de una playa con un mar claro y tranquilo que parecía piscina, pues no tenía olas. Ese hostal tenía un ambiente especial y a diario, en el desayuno, hacía nuevos amigos con los que terminaba saliendo a cenar, a la playa, a recorrer islas o saliendo de viaje.
Así fue mi primer encuentro con Salvador de Bahía. Cada día era diferente, podía sólo tenderme en la playa, recorrer Pelourinho, acompaniar fiestas callejeras, recorrer museos, leer novelas de Jorge Amado (el escritor brasileiro más querido q hizo de Salvador el escenario de sus jocosas historias ) o ver películas de sus libros. Pasé aquí también mi cumpleanios, q recibí en una fiesta y lo terminé en otra.
De tanto que me gustó Pelourinho, o Peló, como le dicen los turistas, acabé por mudarme a ese barrio y ahí me quedé varios días, hasta que me descubrí agotada, sin fuerzas para irme, rebasada por lo q había visto. Tras una terapia grupal con otras chicas q conocí en mi hostal, descubrí q todas estábamos cansadas, con ganas de irnos pero sin fuerzas para hacerlo.
No sé cómo explicarlo pero hay una extrania energía concentrada en este barrio. Puede haber mucha fiesta, mucha belleza, mucha alegría, mucho ritmo pero también encerrar mucho sufrimiento, mucha pobreza, muchos policías, muchos robos y mucho “malandraje”– como los llamaba Jorge Amado.
Vi cómo los policías militares encargados de prácticamente sitiar el barrio para cuidar a los turistas, golpean a los lugarenios. Los vi poner contra la pared a varios muchachos, sacar a jalones a una senora q se acercó a la mesa de un bar, agarrar a un ninio y llevarlo arrastrando a la comisaria, expulsar a golpes a un hombre q se metio a un restaurante. Ante mis narices, un taxista golpeó a una ninia q quiso robarle y le gritó muchas veces q merecía ser asesinada y con su mano hizo como si tuviera un rifle y le disparara en la sien.
Como si tuviera radar integrado, me di cuenta de varios robos q los otros q me acompaniaban no veían. Descubrí ninios hambrientos que entraban rápido a los restuarantes a chupar las sobras que los turistas dejaban en los platos. En 10 segundos se empinaban el guiso, antes de que los policìas los tundieran a golpes por su “descortesia” con los extrranjeros.
En Peló las mujeres y los ninios te siguen para recoger la lata q intuyen vas a tirar y se la pelean como se disputan la basura. Otros inventan unas historias terribles para q les des dinero pero te aburren cuando las escuchas muchas veces. Unos más te piden y te piden y cuando no les ayudas te hacen un drama y se pone al borde de la lágrima o te insultan o amenazan, dependiendo de su humor. De pronto esa tensa relación turista-mendigo se vuelve inmanejable. Uno no sabe qué se supone qué hacer.
Mi primera solución fue comprarle leche a unos ninios pero desistí cuando vi que comenzaron a pelearse entre ellos, a amenazarse y a pedirme q no les comprara a los demás que llegaban pq no la merecían. Al final, terminé huyendo de las hordas de ambulantes que quieren ponerte en la munieca un listón de recuerdo del Senhor do Bom Fim y terminan cobrándotelo.
Hice “amistad” con un tipo de 35 anios q pesaba 50 kilos y vivia en la calle. Ya había comido su ración diaria de comida, sí, un pan. Vi su sorpresa pq junto a mí se convirtió en persona ante los demás y, por primera vez, los ambulantes le ofrecían cosas para comprar. Nos vimos dos días, al tercero desapareció. Acompanie a cenar a un artesano con rastas q me convidó de una sopa grasosa y horrible, hecha de la sobra de otras sopas que costaba 1.50 (medio dólar) e incluía un pan.
Pelourinho agarró otro significado cuando me di cuenta que el barrio se llamaba así porq era el nombre del árbol donde amarraban a los esclavos y los torturaban hasta la muerte. De pronto descubrí q la energía concentrada ahí carga con ese peso. Que es un lugar que duele a los brasileiros pero que los atrae como turistas. Que en el centro del barrio lleno de iglesias hay una en particular ( la del Rosario de los Pretos) q construyeron esclavos para ellos mismos con su dinero y trabajo, pues no los dejaban escuchar misa. Que tras las pintorescas fachadas llenas de artesanías se esconden vecindades en las que malviven apretujadas varias familias…
Quería irme, pero no podía. Estaba como hipnotizada en ese excitante barrio que celebró alegre y bulliciosamente la semana santa. Consternada por la miseria (no me entendían los europeos la consternación viniendo de una mexicana). Pero no podía irme, al menos no hasta encontrar algo q me reconciliara con el lugar, q me diera algo de esperanza a la sin salida…. q en la siguiente carta les contaré qué fue. Voy atrasada en relatos. Ya sali de Bahia, estuve en Fortaleza y ahora estoy en Amazonia. Luego escribo más. Les mando por lo pronto un abrazote. Cuidense. Saludos!!
CARTA 6. EL OTRO BRASIL
Hola a todos, espero q estén muy bien en todos los sentidos. Les envío esta, mi antepenúltima carta de Brasil, pues ya casi estoy de salida de este país en vista de q se me acabó mi visa. Yo sigo bien aunq confieso q ya me duelen los huesos de tanto viaje y ya necesito una buena cama. Será la semana entrante cuando ya estaré en Argetina. Mientras tanto, les cuento de varios encuentros importantes que tuve por acá. Saludos.
*
1.
Mientras bailaba en una plaza de Salvador, rodeada de gente en fiesta y muchos indigentes q recogen las latas tiradas mientras bailan, un tipo se acercó y me preguntó si era espanhola o mexicana. Me extranhó q mencionara México, pues muchas de las personas q he encontrado no saben ni dónde queda México y cuando me oyen hablar sólo me preguntan si soy argentina, espanhola o americana, no se les ocurre otro país para mencionar. Comenzamos a platicar y resultó que él, un hombre que duerme en la ca
lle, conocía México..
Le pregunté q cómo es q conocía México y me dijo que cuando formó parte del Movimiento de los Sin Tierra (MST) fue enviado a Chiapas para manifestar su solidaridad a los zapatistas. “Ah”.
Bailamos un poco y luego nos sentamos en la plaza a conversar. Yo tenía muchas preguntas q hacerle a este sin-tierra, ex integrante de ese movimiento social tan importante para América Latina del que había escuchado mucho y del q había visto muchas fotos de campesinos ocupando haciendas o enfrentándose a la policía.
El hombre se llamaba Duilson, según el papel q me mostró y q estaba casi deshecho por el tiempo y por las lluvias. Era una constancia de alguna dependencia de gobierno en la q decía q él se llamaba así. Era su única identidad.
Su otra posesión, además de la camiseta, los pants (pantalonera) y chanclas de hule q llevaba puestos, era un vaso de plástico q usaba cuando pedía agua, pues, según me explicó, cuando les das el vaso no se pueden rehusar a llenarlo; si no traes no te dan.
(me conmueve mucho ese gesto de los más pobres, cargan siempre con un documento y cuando se presentan siempre te lo ensenhan, como si no fueras a creerles o como si así reafirmaran su existencia o como si le dieran mucha formalidad a la presentación, no sé a q se debe)
Duilson era simpático. Era poco moreno, pelo chino, barba, menor a mi estatura, tenía 35 anhos y pesaba 55 kilos!! Estaba muy flaco. Al principio me costaba mucho platicar con él porque olía muy fuerte a basura mezclada con sudor, pero intenté no tomar eso en cuenta.
Sentados alrededor de una mesa en la plaza me contó que no tuvo papá, su mamá nunca se ocupó de él ni de su hermano, q es de un estado lejano, q un día se vio sin tierra, estudios, herencia, trabajo o futuro y…
(–Por q dejaste tu casa?
–Por hambre. El hambre duele mucho. No aguantaba. Duele muy feo –respondió).
…decidió engrosar las filas del movimiento de los sin-tierra e invadir con ellos una hacienda. Y se quedó ahí un anho, “resistiendo”.
Todo lo q decia me lo actuaba, como dando por hecho q yo no entendía nada de portugués o como reforzando lo q decía. Parecía un cómico trágico, por sus gestos seme figurabaun payaso q actúan una tragedia, actuaba todo, hasta el hambre o la discriminación q sufría por su “color de piel”.
Me dijo q estudiaba filosofía, luego entendí q toma unos cursos q da una ONG en la q imprimen ganas a los indigentes a superarse, de no dejarse desintegrar por el anonimato y luchar por ser alguien.
–Qué pasó con la invasión, ¿por qué no tienes tierra?
–Aguanté un año, pero cuando nos dieron la Hacienda (que el gobierno la expropió y se las dió) no alcanzó tierra para mí pues yo no estaba casado ni tenía familia.No era candidato a tener tierra. Luego me emplié cortando caña –y hacía movimientos como si tuviera frente a sí un manojo de cañas y un machete– pero lo q me pagaban apenas me alcanzaba para comer entoncesme vine a la ciudad y aquí estoy, durmiendo en la calle.
– ¿Y cómo es una invasión,por qué dices q casi nadie aguanta?
–Es muy difícil. Vivir un año en el suelo, bajo un plástico, una lona, mojándote cuando llueve, con frío en la noche, no todos resisten. ¿Usted nunca ha acampado?¿No ha dormido bajo un plástico?
–No,la verdad –le dije.
–¿Noooooooo? –y me miraba sorprendido.
(El era para mí el rostro de los sin-tierra, ese movimiento q critican tanto los medios de comunicación por estar formado por familias q no muestran los más mínimos modales y no respetan la propiedad privada. Que, de buenas a primeras, cualquier madrugada, “invaden” una Hacienda ociosa o una tierra q era del Estado y q se apropió ilegalmente un hacendero, levantan sus casas de plástico y comienzan a cultivarla. Y ahí se quedan hasta q el gobierno les reconozca su derecho a tener tierra y la expropie o hasta q entre la policía y los mate, encarcele o desaloje.
Ya q a ellos no les tocó tierra, pues simplemente se la toman. Se hacen justicia a la fuerza. Es eso o morir de hambre en el campo o irse a vivir a una favela o morar en la calle.)
Mientras platicábamos y tomábamos agua, fuimos varias veces interrumpidos por ambulantes, quesq el q vende varas de quesos, q el cacahuatero, q lléves su recuerdito del senhor-do-bom-fim… y cada vez q nos ofrecían algo, Duilson se impresionaba pues a él nunca le ofrecían nada para comprar. Y estando conmigo había dejado de ser invisible, había vuelto a ser persona.
Me platicaba de las discriminaciones q sufre por su “color de piel” (que yo veía delmismo color de la mía), q desde q vivió con los sin tierra abrió los ojos a lo q es la discriminación y la injusticia (”tengo 35 años y pesos 55 kilos, eso es injusticia”), q intenta explicarle esos conceptos a sus colegas indigentes con quienes quiere hacer una revolución q tenga como primer paso tomar por asalto la catedral y q de ahí se extienda a todo el país…
Como no había comido pq el comedor a donde va lo cerraron pq unos indigentes se pelearon, compré dos varas de queso. Lo q me conmovió fue q en cuanto las tomó las quiso compartir con el mismo quesero q nos la había vendido y conmigo.
Al día siguiente nos vimos, y estuvimos un par de horas pasenado por Pelourinho y platicando. Después se fue pq ya le cerraban el comedor donde compra su comida a un real (yo gastaba en hospedaje 25 diarios). Quedamos de vernos al otro día pero ya nunca volvió. Desapareció. No supe si era por lo q me decía q la policía lo miraba feo por estar junto a mí o pq simplemente cambió de barrio o pq le pasó algo. Lo busqué mucho con la mirada los siguientes días pero ya no apareció.
*
2
Otro encuentro q tuve fue con Cesar della Rocca (creo q así se llama), un italiano q fue director de UNICEF y q un día, hace varios años, caminando por Bahía, encontró a un niño de la calle. Platicaron, y de la plática el italiano quedó muy impresionado. El niño no tenía sueños, le daba lo mismo robar, matar o morir, todo intento de sueño era boicoteado por el propio niño q se preguntaba: ¿para qué, si al cabo me voy a morir?.
El italiano decidió hacer algo para cambiar eso, para hacer q los niños vuelvan a desear. Y de ahí surgió el enorme proyecto llamado Projeto Axé, q se ha copiado en muchas partes del mundo como una vía exitosa para recuperar a los niños de la calle. Y q parte de lo q bautizaron como la pedagogía del deseo.
La idea del italiano era hacer un proyercto diferente, no como los otros “proyectos pobres para pobres”. Nada de dar sobras a los pobres, sino tratarlos como lo q son, ciudadanos de primera categoría. Entonces comenzó a capacitar voluntarios para q ser “educadores callejeros” y trabajando en las esquinas con los niños de la calle comenzaran a destrabarlos ese obstáculo q tienen de volver a soñar. Una vez q el niño quiere experimentar una nueva vida, acude a los talleres del proyecto, donde les enseñan ballet o deportes o alta costura o diseño de muebles o música, pero todo enseñado por prestigiosos maestros. Porq no hay q dar sobras al pobre por ser pobre, si se le educa se le educa bien.
Y los niños, además de q trabajan unas horas, ganan dinero y se educan, llegan a tener sueños. A bailar en escenarios europeos, a hacer obras de arte, a confeccionar ropa de moda q venden en varias tiendas. Y además de aprender eso aprenden a ser ciudadanos, aprenden lo valioso q son y la necesidad de articularse para exigirle al gobierno q atienda su problemática, aprenden sus derechos y son enseñados a hacerlos valer. ¿Revolucionario, no?
*
3.
Brasil es una mezcla de fiesta y tragedia. De belleza y miseria. Es el país donde menos ricos concentran más riqueza. Es la octava economía del mundo, así q, como bien dicen, más que país pobre es un país injusto. Y tanta desigualdad, tanta concentración de tierras y de riquezas ha generado una violencia espantosa.
Hace unas semanas
, unos policías de Río llegaron a un barrio y mataron indiscriminadamente a 30, ninios, mujeres, jóvenes, nomás para mandarle un mensaje a su jefe q amenazó con investigar si habían torturado y decapitado a un tipo. En Río se vive una guerra civil q ha dejado más muertos q la guerra de Vietnam o revoluciones africanas.
En todas las ciudades turísticas hay muchos robos.
Y la violencia no es sólo ahí. También en el campo. Llegué justo el día del asesinato de la misionera gringa Dorothy Stang, una viejita de sonrisa dulce q parecia inofensiva. Murió leyéndoles a sus asesinos las Bienaventuranzas, pues cuando ellos le mostraron sus armas ella sacó su Biblia. Fue una muerta más del conflicto de tierras. Ella defendía un pedazo de selva estatal q unos terratenientes se habian apoderado y defendía a familias de campesinos q ahí estaba asentados y q estaban haciendo un proyecto de conservación y uso de la selva.
Un consorcio de madereros la mandó matar (hay hasta lista de precios por activista asesinado, dependiendo si es campesino, cura, lider sindical, abogado…). Luego siguieron otras muertes rurales.
Parece q la situación q describía Jorge Amado en los anios 60 y 70 continúa. Es como si hubieran salido de sus libros los terratenientes q resolvían todo conflicto con pistoleros. La cosa está q arde. Por un lado, las multinacionales quieren pedazos de selva ya talados para plantar soya pues los chinos quieren mucha soya, por otro los ganaderos llegan y talan para convertir selva en pasto y dar de comer a su extenso ganado. Por otro los madereros ilegales. Para empeorarla, están los traficantes de tierras, q falsifican títulos de propiedad de terrrenos estatales arbolados y los venden como si fueran de ellos y a varias personas. A esto se le suman los campesinos del Movimientos de los Sin Tierra y de otros movimeintos q llegan a invadir tierras ociosas o tierras del gobierno invadidas por hacenderos. Y los indígenas q son propietarios de las tierras por ley pero no tienen cómo protegerlas de las invasiones. Y la iglesia apoyando a los pobres, los jueces a los ricos, y el gobierno q no hace nada. Y como no se ponen de acuerdo hay muchas matanzas en el campo.
El hambre es otra cosa palpable.
Ayer q viajaba por Pará entendí lo q había leido en un libro. Q de tanta desnutrición q hay en algunas zonas ya se creó una sub-raza, q es formada por hombres q parecen pigmeos. Y sí, ayer q venía en el autobús vi personajes q parecían salidos de las fotografias de Sebastiao Salgado,pero en miniatura. Labradores morenos, pelo chino, barbudos, llenos de tierra, como si estuvieran embarrados de carbón, ropa rota, sombrero de fieltro roto, flaquitos, sin músculo y muy chaparritos. Los vi con sus familias de 5, 6, 7 hijos pequenios, con todas sus pertenencias, mudándose a donde haya trabajo, sin comer nada en las paradas q hacía el omnibus, viendo a los demás comer.
Y bueno, ellos son el otro rostro del Brasil del carnaval, de las playas paradisiacas, de la samba, de las mujeres más bellas del mundo, de los mejores futbolistas.
CARTA 7. NAVEGANDO EN LA AMAZONIA BRASILEIRA
Hola, de nuevo, sigo con Brasil. Besos:
Tenía ante a mí a un hombre cuarentón que temblaba con esos temblores de niño con un susto incontrolable. No controlaba sus manos, intentaba calmar la temblorina jugando con la manga de su camisa de manta. Veía siempre hacia abajo y escondía su cara tras el copete largo que llevaba por tanto tiempo sin cortarse el pelo café grisáceo. Hablaba y la voz se le quebraba. Todos en el cuarto guardábamos silencio.
Tenía ante mí al rostro del trabajo esclavo que todavía se usa en Brasil. El hombre se llamaba Mabio Fernandes, pero el nombre no importa. Sería el primer “hombre-esclavo” que encontraría en mi camino, y no el último.
En Amazonia me dí cuenta de que el trabajo esclavo todavía existe. Funciona así: contratistas van a las zonas más pobres buscando trabajadores, a quienes se llevan a alguna hacienda a otro estado. Los tienen trabajando meses o años, sin sueldo. Si piden salario les sacan las cuentas acumuladas por la comida que consumieron y les dicen que están en deuda. Los trabajadores no pueden escapar o lo hacen a riesgo de ser descubiertos por los pistoleros que cuidan la hacienda.
Leí la historia de un muchacho que desde los 8 años trabajaba en una hacienda donde lo vendió su mamá. Nunca le pagaron un solo real y el día que uno de sus compañeros reclamó le cortaron las manos, a otros los mataban y enterraban ahí mismo. Cuando escapoó y contó su historia causó revuelo.
Leí otra historia:la policía organizó redadas para liberar a los hombres-esclavo. En un día liberaron ¡¡¡mil 800!!! en un solo municipio.
Me topé a Mabio, el hombre-esclavo tembloroso, en la oficina de la Comisión Pastoral de la Tierra, la instancia de la gilesia que vela por los derechos de los campesinos. Esa mañana llegó él y al poco rato otro con la misma historia de maltratos –”no me dieron protección para los plaguicidas, tomábamos agua del río, no daban carne, la comida (arroz y frijol) era mala y cara”–. Después visitaría una casa donde se hospedaban unos 30 hombres que llevaban semanas o incluso meses esperando que la policía liberara al resto de sus compañeros y cobrara sus deudas al hacendero que los estafó.
El hombre tembloroso, como los otros, no tenía esposa, ni hijos. Vivió para trabajar, siempre encorvado hacia el azadón, saltando de un hacienda a otra. Y, si tenía dinero, hacía una pausa entre un trabajo y otro, hasta que el dinero volvía a escasear y a buscar de nuevo.
–¿Por qué esta vez sí denunciaste y a tus patrones anteriores no?
–Porque fue maltrato, lo peor fue la amenaza,me dijo que no iba a pagar los 400 y que si mandaba a los federales (la policía) iba a mandarme matar, lo otro fue maltrato de alimentación que no me daban pq nací pobre y como quedé pobre, en la calle, tomé un poco de coraje, perdí miedo.
Aunque los “peones” como él saben cada vez más de sus derechos, y comienzan a protestar, a denunciar, o se unen en movimientos tipo los-sin-tierra, lo más descorazonante es saber que muchos de ellos cuando son liberados volverán a emplearse en haciendas que los esclavizan.
Al verlos me ácordé la canción Funeral de un Labrador, de Chico Buarque (tomado de un poema famoso): “Este hoyo en el que estás, es de buen tamaño, ni largo ni fondo, es la parte que te corresponde de este latifundio, es la tierra que querías ver dividida, estarás más ancho de lo que estabas en el mundo…”
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Estaba en el estado de Pará, uno de los que forman la región llamada Amazonía. Es el estado donde más muertes por conflictos de tierra hay, el estado líder en trabajo esclavo y uno de los punteros en tala clandestina y destrucción de la selva.
De Bahía había saltado a Fortaleza y de Fortaleza a Pará, en el norte-norte de Brasil, donde desemboca el Río Amazonas que, navegado, en 5 días conduce a Manaus, la capital de Amazonía.
En Belém tomé una especie de barco-lancha para llegar a una comunidad indígena llamada Novo Lugar. Fueron dos días de viaje. Iba en una de esas plataformas donde van todos los pasajeros amontonados, con hamacas como asientos y hasta tres pisos de hamacas por metro. Llevaba un poco de comida, latas, galletas y algo de agua. No llevaba hamaca porqueme subí sin saber que la necesitaba.
En el barco iban varios polizontes: una tarántula a la que me quedaba viendo por horas, para cerciorarme de que seguía en su lugar (no tan cerca de mí) y hormigas enormes. A veces, la gente lleva cerdos, pero esta vez, por suerte, no me tocó compartir con animales el viaje.
Yo, como buena citadina, llevé mi comida personalizada, pura cosa fina que compré en un súper movida por el antojo. “Mis” sandwiches de crossaint, “mis” galletas cremosas de fresa, “mis” latas de atún preparado y condimentado, “mi” pan tostado integral-ligth, “mi” saborizante de agua, “mi” l
itro y medio de agua, “mi” lata de botanitas surtidas, “mis” zanahorias enanas, “mis” manzanas y “mi” pastrami para casos de hambre extrema.
Compré cantidades para mí –para el viaje de ida y vuelta y mi estancia en la comunidad– y para alguna persona que, seguro, conocería en el viaje. Pero, obviamente, erré. No contaba con que cada que me movía, varias manos se levantaban ofreciéndome café, comida, galletas, café, golosinas. Me sentí mierda por mi actitud “Scrooge”, con mis latitas individuales, por la red de protección con la que viajo al encuentro con los más pobres, por el repelente que uso a la hora en que pica el mosco de la malaria o la crema antibactericida para casos extremos. Ofrecí a mis compañeros de viaje crossaints, galletas, botanitas, zanahorias; me hice famosa por lo rico de la comida que llevaba. Me guardé las latas para lo que me deparara el destino en la comunidad y me quedé también con el agua purificada que, cuando escaseó y pasé sed, me arrepentí de no haberme llevado más.
Navegué por ríos anchos como mares y de diferentes colores, rodeada de indígenas y mestizos ribereños. Pasamos por lugares increíbles: por islas sumergidas de las que solo salían copas de árboles gigantes; por pueblos que no tienen calles ni banquetas sólo casas sobre el agua y canoas a la puerta, para que al salir de tu casa te trasnportes a la del vecino y donde los puercos nadaban en los pantanos; por bosques cerrados que se reflejaban como espejo en el agua y formaba paisajes fantásticos.
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Novo Lugar era una comunidad indígena miserable sin tienda donde comprar algo de comida o medio de transporte a la redonda. La lancha-barco pasa dos veces a la semana, una de ida a Belem y otra de regreso.
Llegué movida por mi interés de ver el otro aspecto del problema de Amazonia: la invasión de tierras por grandes plantadores, el despojo creciente a los indígenas, el tráfico de tierras. Llegué con Ediche, mi regordeta anfitriona, una lideresa indígena quien vive con el miedo de que asesinen a Dadá, su hijo veinteañero, quien liderea del movimiento para pedir que las tierras sean declarada reserva indígena, y quien se salvó ya de los pistoleros contratados por los invasores. Como es común en la región.
Ediche fungía de mi guardaespaldas y traductora, aunque a veces no me entendía una palabra y nomás asentía como si hubiera entendido.
Con ella y otros de sus familiares me adentré a la selva. Cuando me caía, ella soltaba la carcajada: cuado había que saltar un tronco no dejaba de verme a ver si hacía algo gracioso, si corría huyendo de las hormigas gigantes soltaba la carcajada, si pisaba mal y toda mi pierna se hundía en fango casi soltaba lágrimas, muerta de la risa del espectáculo. Y yo… la quería matar.Estaba tan de malas que queria irme de la aldea.
Lo peor de todo (que hoy me da risa, pero entonces no) eran sus mentiras. Ella dificilmente me entendía pero yo sí entendía todo lo q ella decía. Entonces, cuando me presentaba a la comunidad inventaba unos rollos apantallantes: “Es que en su país no hay naturaleza, por eso viene a ver la de acá”, “no come nada de lo que nosotros comemos, nada más castañas”, “viene a ayudarnos en nuestra lucha”… y yo guardaba silencio o a veces intentaba intervenir, pero no servía de nada, porque ella ya se había autonombrado mi traductora.
La noche que estuve, en la comunidad hicieron bailes muy bonito y una oración para agaradecer mi presencia. Y como me ocurrió en otros lados (en una asamblea indígena y después en plena misa en una iglesia) me pidieron que les dirigiera unas palabras. Por la noche, alumbrados por una velitapues en ese paraje selvático a la orilla del río no hay luz, les enseñé a bailar, a hacer el triangulito, a hacer el un-dos, un-dos, pasitos básicos que se les dificultaban mucho y les parecían muy chistosos.
Dormí como piedra con la familia en la choza común, en una hamaca. Pasé sed los dos días que estuve ahí, porque solo cuando mi necesidad era mucha tomaba, como ellos, el agua café recién sacada del río.
Al día siguiente dormí en otro pueblo, en la casa de una pareja de ancianos catequistas super amables (como siempre, ellos como la familia de Ediche conseguían carne especialmente para mí pese a mis súplicas de que no lo hicieran). El viejito era todo un personaje: se la pasaba dando sermones y diciendo que Dios lo bendició por bueno y maldijo a los malos por malo. Una tarde me platicó su versión del diluvio universal, lleno de detalles de los animales que iban a bordo, que, de tan larga y tan maligna comenzó a desesperarme y estuve a punto de entrar en un debate teológico con él para combatoir su teoría del dios vengador. Pero, mejor me fugué.
*
En uno de esos viajes por el río (Santarém-Novo Lugar-Santarém-Altamira) me robaron mi cámara nueva. Todavía me da coraje imaginarme a algún vivillo que seguramente llegó arrastrándose abajo de mi hamaca y de las hamacas vecinas, rompió los candados de la mochila que dormía debajo de mí y que previsoramente había encadenada al poste más cercano. Con el ladrón se fueron todas mis fotos –de viaje y de mis futuros reportajes– y mi paciencia de turista.
Me enojé muchísimo. Me dio harto coraje. Quería matar al dueño del barco. Cuando podía iba y palpaba por encima de las maletas de los pasajeros que dormían cerca a mí –intentando reconocer la forma de mi cámara– y no pocas veces tuve discusiones con algunos.
Uno de mis enemigos declarados, y para mí principal sospechoso, era un joven que dormí en la hamaca vecina y no había dejado de verme durante el viaje. Cuando se dio cuenta que sospechaba de él abrió su maleta ante mis ojos y me enseñó su ropa y su identificación de fiscal y pidió que le enseñara mis papeles migratorios (cosa que hice como que no oí porque me rabiaba más que yo pasara a convertirme en sospechosa).
Pasado nuestro enfrentamiento se fue un rincón de la borda y comenzó a tomar y a tomar cerveza. Antes de bajarse en el puerto de su destino se acostó en la hamaca contigua y me declaró su amor a primera vista, esa era la razón por la que no dejaba de verme. Me platicó que era fiscal y ganadero (pensé que por eso los jueces nunca condenan a los ganaderos que invaden tierras y sí a los campesinos). Casi lloró al confesar que le hirió que sospeché de él. Me pidió un beso antes de tocar puerto, propuesta que me hizo gracia. Y cuando bajó y se montó a su moto, todavía seguía teatralizando su amor (muy brasileño él), actuando el palpite de su corazón, lanzando miradas coquetas.
*
Esta última parte del viaje no fue del todo buena. Ya estaba agotada e irritada por tanto viaje. Quería salirme de la selva pero no sabía cómo sería la manera más segura (si vas por carretera asaltan, por avión cuesta casi un vuelo internacional, por barco son 7 días). Me costaba tomar cualquier decisión, quería que alguien empacara por mí, me comprara un boleto de avión, me llevara al aeropuerto y me condujera a mi asiento… cosa que obviamente no ocurrió.
Salí finalmente por tierra y en raid, gracias a que unos militares en un puesto de revisión donde me puse a pedir aventón, detuvieron a una pareja de politicos evangélicos que iban a donde yo. Luego volé a Sao Paulo y llegué a casa de mi amiga reporteros casi a las 2 de la mañana en estado lamentable, hablando sin parar de lo que había pasado en el viaje (sin agua, robada, con miedo a ser asaltada, sin cámara, con pulgas, conmovida por el trabajo esclavo), descargué mi irritación y tristeza, me recriminé mi forma de viajar y diagnostiqué mis fallas… y ella me escuchaba pacientemente como si estuviera en una terapia. Así fueron mis dos o tres días con ella.
Cuando me sentí fuerte compra mi pasaje a Buenos Aires. Ya no quería más viaje por tierra o barco, ya tenía la columna destrozada, así que volé hacia acá, desde donde ahora escribo.
Bueno, eso fue, a grandísimos rasgos, la última parte de mi viaje a Brasil que e
spero no les haya aburrido y agradezco que hayan compartido conmigo. Saludos a todos y gracias por leer.
Pero, esto no es una despedida porque (les cayó la maldición), sigue la parte Argentina y la que siga. Bueno, les mando un abrazo. CHau!
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