El Salvador: CUando los hijos vuelven a casa después de la guerra
Por Marcela Turati
El ciudadano francés Emilien Maudet, de 24 años, estaba de vacaciones en El Salvador cuando le vino a la mente un recuerdo que lo dejó abatido.
“Comencé a tener una regresión, a vivir el pasado. Vi una luz como de una cámara de foto y que yo estaba chico tomando agua y comiendo tomates salvajes en el campo”, narra el joven moreno con rasgos indígenas, con un español al que le falta vocabulario.
Aunque desde los 10 años salió de El Salvador para vivir en Francia con una familia adoptiva, fue hasta los 24, y de vuelta a su tierra natal, cuando recordó cómo fue que se separó de sus padres.
“Cuando me detuve ellos siguieron, estaban en el monte huyendo con mis hermanitos Dimas y Toño. No se dieron cuenta que me quedé, después supe que fue porque mi papá pensaba que mi tío me llevaba de la mano”, dice el joven de cara alargada, pelo negro crespo y ojos tristes.
Lo que siguió al extravío sí la recuerda bien.
“Pasé una semana perdido en la naturaleza, durmiendo en la cueva de un cusuco. Tenía cinco años, estaba lloviendo bastante. No quería demostrarme porque tenía miedo que me maten los militares. Salí porque me estaba muriendo de hambre. Cuando los militares me encontraron me puse a llorar de miedo que me fueran a matar porque eran contrarios a mis papás. Un soldado me dijo que no tuviera miedo, me dio comida, cama, ropa, me curó, como un papá. Estuve un mes con ellos viviendo”.
De ahí en delante su infancia estuvo marcada por las separaciones. Cuando se había encariñado lo pasaron a otro cuartel, luego a un hospital, después a otro, terminó en un orferinato donde lo golpeaban. En 1985 una pareja francesa lo adoptó y tuvo que volver a adaptarse, pero lejos de su país.
“Mi mamá se llamaba Bernardette, me dijo que no me quitaba de mi país, que no me robaba, que sólo iba a seguir la educación que me habían dado mis padres, que nunca les iba a faltar al respeto por la educación que me iba a dar”, dice lento, deteniéndose en cada palabra.
Cuando tenía 24 años Bernardette lo alentó para que regresara a reencontrarse con su país. En ese viaje tuvo el repetitivo sueño del flashazo al que le seguía una escena en la que se encontraba con su papá y su mamá. Regresó a Francia triste y con los recuerdos removidos.
Pero a veces los milagros ocurren. No a diario, pero ocurren. En El Salvador suceden desde hace 12 años, y Emilien fue uno de los favorecidos.
En 1998, en otra visita a su país de origen, contó a una señora su historia y esta a su vez la relató a una asociación llamada Pro-Búsqueda, dedicada a buscar a niños desaparecidos durante la guerra reciente.
Ellos contactaron al joven y tomaron su testimonio plagado de datos inexactos que había almacenado en su cabeza de niño confundido. Pensaba que se llamaba Emiliano Martínez Martínez, y resultó que su verdadero apellido era Valladares Martínez. Erró su lugar de procedencia. Sólo sabía el dato que cualquier chiquito conoce con exactitud: “Mi papá se llamaba Domingo y mi mamá María”. Esa era la clave.
De regreso en Francia recibió una carta que le sacó lágrimas de emoción: habían dado con María.
“En el 99 vine a conocer a mi mamá. Cuando la vi fue alegría y también tristeza de ver a mi familia en la pobreza, porque antes teníamos tierras pero ahora mi mamá vende en el mercado y a mi papá lo mataron los guerrilleros.
“Cuando nos vimos ella me dijo que sabía que yo vivía, que siempre le pedía a Dios que me guardara. Yo le dije que siempre soñaba de un día encontrarlos.
Se siente bien bonito tener familia, uno ya no se siente solo, se recupera de las malos momentos, se siente fuerte”. Lo dice con una sonrisa, Emilio, como ahora se presenta.
USTED ES JOSE, NO ES MIKE
En una pared de un edificio de San Salvador hay una galería de fotos de jóvenes que se perdieron cuando niños y fueron localizados ya adultos. En esta se encuentra un tal Emilien Maudet o Emilio Valladares Martínez, abrazado a María.
En otro espacio está el joven estadounidense Michael Paradise o José Melvin Rivera (su nombre salvadoreño) y su madre biológica; la italiana Marta Isabel Jacopino o Villatorio, si se le llama por su apellido salvadoreño, y sus padres; la belga Magaly Thomas o María Marlén Oliva; la francesa Delmy Thorain o Delmy Cristina Moranda Fajardo; el estadounidense Mike Kennedy o José Fredi Avelar.
Es la oficina de la Asociación Pro-Búsqueda de Niñas y Niños Desaparecidos que desde 1994 se dedica a buscar los extraviados de la guerra que duró de 1980 a 1992.
La pared da cuenta de los milagros inducidos: jóvenes que se creían solos en el mundo descubrieron que tenían papás, hermanos, abuelos que siempre lo esperaron; chicos con recurrentes pesadillas que descubrieron que esos sueños eran pedazos de una dolorosa realidad enterrada en su memoria; padres que encontraron a sus hijos después de 8, 10, 12 años de separación y sentimientos de culpa.
En el cuarto de la entrada espera Marta, una mujer sin dientes, de pelos blancos largos, rapada del cráneo y sin dientes. Lleva un mandil sobre la falda negra. No sabe hablar bien. De todo lo que dice lo único que se le entiende es que su hijo fue encontrado en Estados Unidos y no ha podido verlo. Ella está aquí para recibir terapia psicológica.
Pro-Búsqueda es dirigida por el sacerdote jesuita Jon Cortina, y no cuenta con ayuda gubernamental. En sus 10 años de existencia ha recibido 703 solicitudes de búsqueda de niños perdidos.
Ya logró que 154 jóvenes se reencontraran con sus familias; en otros 77 casos descubrió el paradero de los extraviados pero aún no ha podido unir a las familias y confirmó que 36 más murieron. Todavía tienen pendientes 436 sin resolver.
Las cifras las aporta Sandra Lovo, la coordinadora general de la asociación, una joven de 33 años que desde hace seis se acercó a la organizacion con esperanza de encontrar a su hermanito desaparecido en Guatemala durante la captura de su mamá. Aún no tiene suerte.
“Los niños (encontrados) crecieron en diferentes circunstancias: algunos en orfanatorios, otros viviendo con familias que los adoptaron directamente o fueron recogidos por familias de militares o allegados al ejército o por familias que no estaban vinculados a la guerra”, explica.
Alrededor del 60 por ciento de los localizados estaban en El Salvador.
Explica que unos desaparecieron durante los grandes operativos militares donde fueron robados; otros sobrevivieron a masacres; unos se extraviaron durante la huida de su familia; los hijos de guerrilleros cuando los trasladaban a casas de seguridad separados de sus papás y algunos pocos fueron reclutados para la guerra.
“A algunos se los arrancaron a las madres de sus brazos a punta de fusil; otros niños, en el fragor de un operativo militar y una operación de ‘tierra arrasada’ quedaban perdidos y se los llevaba el Ejército; hay niños que fueron encontrados debajo de los cadáveres de sus familiares muertos”, explica el padre Cortina.
Maida Ramos fue una de las madres que no extravió a su bebé, sino que los militares se lo arrancaron de los brazos y se lo llevaron. Ella tenía 16 años, Nelson Aníbal seis meses.
“Era en 82, estaba la guerra. Con mucha gente íbamos huyendo de los bombardeos y el Ejército, yo con él en los brazos, cuando me agarró un soldado y me lo quitó. Yo lloraba y lloraba cuando vi que un helicóptero se echó varios viajes con niños, se llevaron como 55. Ellos asistieron a una señora que dio a luz ahí y contentos de que salió varón se lo llevaron.
“Me dijeron que no llorara que esos niños iban a servir al gobierno porque si nos los dejaban iban a servir de guerrilleros”, narra la mujer de 39 años, sentada en una frágil silla de plástico, en el portal de su casa de
l poblado Los Ranchos, en Chalatenango, de la que entran y salen sus hijos de 16, 13, 8, y 5 años, que nacieron después.
A León Duvón, de Guarjila -pueblo contiguo al de Maida- le cuesta explicar cómo se perdió Andrea, la de siete años, la que apenas se recuperaba de la operación que tuvo después de que una bomba le arrancó el brazo y la dejó ‘cutilla’ (manca).
“Teníamos cuatro días de gira, éramos bastante gente, los heliquépteros aventando tropas donde ibamos a pasar. El (río) Sumpal estaba hondo, yo llevaba a la Carmen y a la cutilla en el hombro, como la bichita no tenía mano ya la iba a llevar el río, ya no iba aguantando.
“La fuerza armada iba disparando, los enfermos ahí murieron bastante, las personas caían, los caballos, fue masacre. Donde pasamos de un cerro a otro empezaron a tirar tropa por aigre y tierra. Todos corrían, ella no pudo. Cuando se quedó, se quedó. Ni como regresar si las tropas andaban siguiendo, yo trataba de disimular porque cuatro (hijos) más teníamos y una de tres días”, dice el ranchero sin alzar los ojos, mientras lija un hueso de animal.
Del otro lado de la carretera, también en este rancho, está la casa de Berta Castro, o Tita, como la llaman. Ella antes de explicar cómo fue que se separó de su primogénito, explica lo que fue la guerra para que se entienda lo que va a platicar.
“El día que se perdió estaban cerca, iban avanzando los militares que habían masacrado gente. Llevábamos muchos días caminando, a mí me tocaba cargar con los dos niños, la de 16 meses y el de 5 años. Mi papá andaba conmigo, me dijo: Mirá, hay que dejar al niño y después volvemos. Era por defenderlo, por miedo de que fuera matado y me sentí obligada a dejarlo.
“Serían las nueve de la noche, iba a haber una gran tormenta. Toqué en una casa y pedí que lo cuidaran, dijeron que sí y nos fuimos. A los ocho años pude regresar de Honduras a buscarlo, no se pudo mas antes, si estaba militarizado todo, si apenas veían gente la mataban”, explica como si necesitara justificarse. “Cuando volví me dijeron que se lo dieron a los militares”.
‘NO ME VA A PERDONAR’
Para su labor, Pro-Búsqueda cuenta con dos áreas: investigación, donde se reciben las denuncias (cada año de 20 a 30 nuevas) y se rastrea el paradero de la víctima, y el área de psicología, donde se ayuda a los involucrados a enfrentarse a la nueva realidad.
Lucio Carrillo es uno de los investigadores del centro y también es un reencontrado, pues por medio del centro se reunió con sus tres hermanas mayores, las únicas que sobrevivieron de una familia compuesta por 11 hermanos, papá y mamá.
Él explica: “Cada denuncia la metemos a la base de datos y analizamos dónde desaparecieron, cómo, qué año, qué casos coinciden; buscamos fichas de adopciones de los juzgados, periódicos de entonces, soldados activos en esa época y los entrevistamos, algunos dan información y otros no por miedo de lo que han hecho.
“Revisamos padrón electoral, directorio telefónico, internet, hacemos sondeos en la zona, buscamos informantes, vamos al lugar donde desaparecieron”.
Lucio, como el resto del equipo, aprendió las técnicas de investigación al fogueo del trabajo.
Dice que cada caso puede tardar desde un día hasta varios años en resolverse. Y algunos ocultan secretos dolorosos. Como el de una muchacha que, recuerda, llegó del extranjero a pedir que encontraran a su mamá. Cuando localizaron a la señora y le dijeron quién la buscaba “se puso como loca, a llorar y dijo que su hija no la iba a perdonar por lo que hizo, pues ella la había regalado”.
En otros casos ha quedado al descubierto el tráfico de niños, pues abogados corruptos aprovecharon el conflicto para sacar actas de defunción falsas de los padres de los supuestos huérfanos y los ofrecieron en adopción.
“Hay más de 400 casos sin resolver y probablemente no podamos por nosotros mismos por la limitante que tenemos de acceso a la información”, dice Lovo, quien señala que es difícil, por ejemplo, dar con el paradero de niños que fueron recogidos por militares y crecieron con ellos.
“Luchamos porque por decreto de ley se cree una Comisión Nacional de Búsqueda de Niños Desaparecidos porque eso nos permitiría resolver más casos; la ley respaldaría nuestra bùsqueda y no estaríamos atenidos a la buena voluntad de los involucrados para que nos enseñen sus archivos, sino que estarían obligados a hacerlo. Pero de parte del gobierno del partido ARENA ha habido falta de voluntad”.
NO ERAN PESADILLAS LO QUE SOÑABA
En la galería de fotos de los reencuentros, la mayoría de los jóvenes abrazan a sus familiares. Pero algunos se quedan al margen, de pie, como si estuvieran incómodos junto a sus progenitores.
La vida es más compleja que los cuentos de hadas y estas historias no terminan en final feliz al momento del encuentro familiar. Lo que pasa después puede ser más doloroso.
“Los jóvenes no sienten lo mismo que sus familias biológicas. Desde pequeños despositaron su cariño en otra familia y aunque no quieren herir a los padres biológicos que los estuvieron buscando, tampoco sienten lo mismo por ellos”, dice Gianina Hásbun, psicóloga que trabajó en la asociación e hizo un estudio sobre los resultados obtenidos.
“Además, el reencuentro lleva irremediablemente a la historia de la separación, al cómo se perdió el hijo y muchos padres sienten culpa porque no hicieron lo suficiente para buscarlo. Nuestro trabajo entonces era hacerlos recordar qué momento estaban viviendo para que no se juzgaran con parámetros actuales sino en situación de guerra”, recuerda.
Julia López, la actual coordinadora del área de psicología, dice que es duro enfrentarse a la realidad y pone un ejemplo real: un chico que en Estados Unidos se apellida Kennedy y 20 años después se entera que se apellida Olivas y que su papá vive en un pueblo llamado Chalatenanago.
“Nuestro trabajo es ayudarlos a encontrarse sus raíces, con su pasado”, explica.
Por eso, antes del reencuentro se reúne con los jóvenes encontrados para saber qué tan dañados quedaron por el conflicto armado, porque unos presenciaron el asesinato de sus papás, la masacre de todo su pueblo, fueron baleados o dañados por las bombas.
“Los recuerdos son duros y ellos se han anestesiado. Creen que los flashes que tienen son sueños, pero son jirones de la realidad. Dicen que no se acuerdan de nada, que de pronto estaban en Estados Unidos con sus papás adoptivos.
“Pero conocer sus raíces, a sus padres biológicos, pasa por algo muy doloroso que es revivir lo vivido. No es fácil, hay que prepararlos psicológicamente para el reencuento a ellos y a toda la familia.
“Los hermanos del joven encontrado están resentidos porque los papás sólo vivieron en función de la búsqueda del hijo; el joven tiene miedo y se siente jaloneado por la familia adoptiva que lo chantajea (‘yo te he criado, te di estudios’) y la biológica que quiere que se vaya a vivir con ellos; los padres adoptivos que creen que van a perder su hijo y los biológicos que tienen la fantasía de que va a encontrar a su hijo chico, de cinco años, igual que cuando se perdió y que quieren llevarle de regalo un peluche”.
Para los militares que recogieron a los niños después de las matanzas, es todavía más difícil afrontar la verdad pues podrían enfrentar un duro reclamo: ‘Tú mataste a mis padres, cómo es posible que tú me quieras’.
Cortina sostiene que aunque duele remover el pasado y encontrarse con las propias raíces, vale la pena.
Los jóvenes se aclaran dudas fundamentales de su identidad que no les permitían vivir, estabilizarse, como ¿cuántos años tengo, quién soy, de dónde vengo, a quién me parezco, estoy solo en el mundo?; los padres, a su vez, terminan con esa incertidumbre de preguntarse día a día dónde está el hijo perdido y si está bien.
CUANDO LA SANGRE L
LAMA
‘Cuando vino Andrea y nos vimos yo iba a pegar gritos llorando por acordarme de esos mementos cuando ella quedó, que fueron momentos de muerte… y encontrarla con vida gracias a Dios. Nos dimos el abrazo de alegría por volvernos a encontrarnos’, dice León Duvon, el padre de la niña herida por una bomba, la que se extravió a media huida. Cuando lo dice se le cierra la garganta.
Presume que su Andrea ahora está casada y tiene hijos. Es secretaria. Vive en San Salvador y cada que puede viaja a Guarjila para estar con su familia.
Tita, la vecina de los Duvon, al otro lado de la carretera, también se reunió con su Nelson Rutilio, a quien dejó en manos de desconocidos cuando él tenía cinco años, y que ellos a su vez entregaron al Ejército, y de ahí lo dieron a una familia.
Eso en diciembre pasado, después de que la gente de Pro-Búsqueda le sacó sangre para compararla con la de un joven que se parecía mucho a ella, que había sido recogido y que vivía en un rancho cercano. Le dejaron una foto del desconocido para ver si lo reconocía.
“Cuando vi el foto de mi hijo lo estuve mirando y dije, cabalito, así ha de ser mi hijo. Siente uno como calofrilllitos, como que la sangre se revuelve. Y cabal, él era, la sangre salió positiva, y es que una siente que es su hijo”.
Mientras platica corretea por el patio su nieto de seis años y su hijo de siete años, quien heredó el nombre de Nelson en memoria del perdido.
“El reencuentro fue muy bonito. Había mucha gente que lo conocieron chiquito y llegó un gran muchacho porque mi muchacho es bien alto y blanco”, presume. “Sentí alegría y tristeza de tanto tiempo de no verlo y tenía miedo de que me rechazara, como otros muchachos, pero gracias a Dios no”.
A Nelson Rutilio también le dio un vuelco la vida. De creer que su única familia era el hombre que lo crió, descubrió que tiene cinco hermanos carnales, mamá, cuatro sobrinos, tíos y abuela.
Pero los milagros no terminan aquí.
CUANDO LA SANGRE LLAMA
Un día de 1994, cuando tenía 12 años, Juan Carlos Serrano se paseaba por la puerta del orferinato donde se había criado y vio a mucha gente preguntando por familiares perdidos.
Le llamó la atención el suceso pero no le dio importancia pues todos sus recuerdos eran de ese lugar, donde agarró miedo al agua, porque as veces que lo ahogaban como castigo por portarse mal, donde un día lo quemaron en una cocina eléctrica y a veces le pegaban con un cable.
“De niño me dijeron que me habían encontrado abandonado en la guerra y como me había criado sin familia sentía que era normal no tener a nadie. A los siete años me dio curiosidad, cuando veía que a mis compañeros los visitaban familiares, yo pensaba: ‘¿Yo no tengo a nadie, ni un primo me queda?’”, dice el joven ya de 23 años.
De un día a otro, cuando le hicieron pruebas de sangre, descubrió que no sólo tenía un primo, sino también cuatro hermanos, que vivían en Los Ranchos, Chalatenango. Supo que su mamá vivía y se llamaba Maida. Que de seis meses había sido arrancado de sus brazos y llevado lejos en un helicóptero militar. Que ella nunca dejó de buscarlo, que denunció su robo en cuantos lugares pudo. Que su verdadero nombre era Nelson Aníbal Ramos. Y que habría una fiesta de reencuentro con su familia.
“(Cuando vino) él quedó paradito, yo también, hasta que una tía me dijo: ¿Qué no ve que ese es suyo, que se parece a su papá? Yo dudé, no es lo mismo verlo de seis meses que de 12 años. Luego lo abracé, le dije cómo lo había perdido y cómo costó encontrarlo, me preguntó por su papá, le dije que murió”, recuerda Maida.
“Quizás la costumbre de estar sin familiares me hizo no emocionarme”, explica él. “No sabía qué hacer, qué decir, si nunca estuve con estas personas, y que le digan a uno esta es tu mamá, estos tus hermanos, es bien raro”.
Su historia no terminó con la foto del abrazo posado entre desconocidos que pretenden simular cariño. Juan Carlos no regresó a vivir a casa. Primero, no se lo permitieron en el orfanatorio. Cuando era independiente él no quiso hacerlo. Tampoco aceptaba a su madre, su pobreza y su vida campesina.
“Llegó a momentos en que me rechazaba, llegó a decirme que lo había abandonado, que para él era preferible que lo hubiera abortado. Entonces le dije: ‘Si me necesita ya sabe donde encontrarme, yo voy a esperarlo con los brazos abiertos’. Y me fui. Él tenía 17 años. Pasaron 6 meses hasta que un día lo vi asomarse en casa y me dijo: ‘Aquí viene el perdido’. Ya venía cambiado”.
“En el fondo sí me llenó bastante espacio saber que tengo familia, un apoyo donde siento confianza, a dónde acudir en cualquier cosa. Uno siente que en cualquier situación está a familia, que si uno necesita se desplazan para ver qué hacer”, dice él.
Juan Carlos trabajó un tiempo en San Salvador, luego quiso migrar a Estados Unidos, pero lo expulsaron. Maida tuvo más suerte y estuvo cuatro años trabajando en una cafetería gringa. El día de esta entrevista tenía pocos días de haber regresado.
El reconoce que le cuesta adaptarse a su familia. No se atormenta por la mala suerte que tuvo, piensa que quizá fue mejor que un soldado lo apartara de su madre de chiquito porque así ella pudo desenvolverse mejor en las montañas y sobrevivir. “Estuvo mejor así y los dos estamos bien”.
Dice un dicho que la sangre llama a la sangre, y en el caso de Juan Carlos así fue. De ser un chico que creció sin saber lo que era la familia, un día sintió que su lugar estaba en su casa, al lado de sus cinco hermanos y de su prima, que quedaron solos cuando emigró su mamá.
“Sentí que aquí me necesitaban, sentí la necesidad de estar cerca de la familia. Cuando ella se fue sentí que tenía que llenar la butaca del hermano mayor, estar viendo por los pequeños, cuidar la casa, porque no está mi padrastro ni estaba mi mamá, y yo como mayor tenía ver cómo se va saliendo adelante”.
Y en eso estaba, cumpliendo su papel de hermano mayor.
“Mire si existen los milagros”, dice Maida con la piel enchinada de la emoción.