SEMBLANTE Y MUERTE DE LA COMANDANTA RAMONA
Por Marcela Turati
Suitic, México.- Ayer, en el centro de Salud de San Andrés Larráinzar todo el día estuvo estacionada la ambulancia. A tres kilómetros de ahí, en el pueblito de Suitic, una combi rentada con apuros recogió a una tzotzil agonizante, hija de don Manuel Díaz.
No alcanzó a llevarla al hospital de San Cristóbal de Las Casas, a 45 minutos de distancia. Camino a la ciudad falleció por diarrea, vómito con sangre y calentura.
Su diminuto cuerpo de mujer del campo, que no sobrepasaba el metro y medio de altura, estuvo tendido varias horas adentro de la casa rodeada de milpa seca y en la cima del cerro. Entre las paredes de concreto y el techo de lámina, fue velado sobre unas tablas y envuelto en sábanas hasta la hora en que llegó el ataúd de madera, como dicta la costumbre.
A cada rincón de México llegó la noticia de la muerte de esta indígena de 47 años que de niña no tuvo estudios, que desde “tiernita” trabajó de sirvienta, que aprendió lo que eran sus derechos adoctrinada por unas monjas, que el 1 de enero de 1994 se levantó en armas junto con otros indígenas del sureste de México y que entre las filas del EZLN llegó a ser conocida como la Comandanta Ramona.
“El mundo perdió a una de esas mujeres que paren los mundos. México perdió a una de esas luchadoras que le hace falta. A nosotros nos arrancaron un pedazo de corazón”, anunció así, el Subcomandante Marcos, la muerte de su compañera de filas.
Ramona, para la prensa; Josefina, para los allegados, María, para los familiares; es uno de los símbolos de lo que es el zapatismo de carne y hueso.
“Había estado bien, nomás con poquita calentura antier. Ayer por la mañana hasta se levantó hasta la puerta y empezó así, bien rápido”, relató una de sus sobrinas mientras, niño a la espalda, andaba por el lodoso camino del cerro empinado que conduce a casa del viejo Manuel, el dolido padre; anciano de 91 años, casi sordo que quedó solo en casa.
Discretos, varios indígenas encapuchados estaban apostados en la ruta de acceso al velorio e impedían el paso a los desconocidos. Temprano por la mañana sólo algunas religiosas de la diócesis de San Cristóbal y activistas de organizaciones no gubernamentales habían entrado a dar el pésame.
Ramona era una indígena como muchas: criaba borregos y pollos; usaba el telar; bordaba imágenes sobre telas que después vendía. Nunca tuvo hijos.
Dentro de la organización armada se dedicaba, principalmente, a hablar con las mujeres zapatistas y a mantener viva la fe en el movimiento del que estaba convencida.
En 1996 le fue trasplantado un riñón en el Centro Médico Siglo XXI, hospital gubernamental en la ciudad de México. “La Comandanta Ramona le arrancó 10 años a la muerte (…), tenía un trasplante de riñón”, explicó Marcos al dar la noticia en Tonalá.
El alegre bordado que Ramona hizo durante su convalecencia fue convertido en póster; era su representación de lo que es la sociedad civil: de muchos colores.
No se le conocieron acciones militares en las tomas de cabeceras municipales que hizo el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, al aparecer el 1 de enero de hace 12 años. Su aparición pública fue en los diálogos entre el grupo alzado y el gobierno federal, que se llevaron a cabo en San Andrés Larráinzar.
La última vez que se le vio en público fue en la comunidad zapatista La Garrucha, a donde llegó a bordo de una ambulancia para asistir a los encuentros preparatorios de “La otra campaña”, que inició Marcos al iniciar 2006 y por la cuál recorrerá todo México. Ahí estuvo, encapuchada, con su falda negra y su blusa blanca bordadas en telar con motivos indígenas, sus trenzas largas y sus huaraches.
“Era 100 por ciento luchadora, pues. La verdad, es una gente buena, una buena persona”, opinó el presidente municipal autónomo de San Andrés Larráinzar, Andrés Sántiz, responsable de lo que sucede en la comarca. Su gobierno, afín al zapatismo, es paralelo al de la presidencia municipal instalada enfrente y reconocida por el gobierno mexicano.
“Si quiere saber por qué era una luchadora vete directo al “Caracol” de Oventic (la sede de la junta de gobierno de los zapatistas de esa región). Nosotros no hay información. No decimos si murió hoy o mañana. No hay información”, dijo siguiendo la orden de la comandancia zapatita de guardar silencio ante la prensa.
Como un día antes había informado el Subcomandante, el Caracol de Oventic fue cerrado para que los zapatistas, en privador, pudieran “doler” la muerte de su compañera. No hubo acceso a la prensa.
Dicen los cercanos, que Ramona había estado bien las últimas semanas. Un día antes estuvo bordando y hasta bromeaba. Por la noche tuvo calentura. A la mañana siguiente podía caminar, aunque el malestar seguía. Luego empezó la vomitadera. Sus familiares demoraron mucho en conseguir un auto que los trasladara al hospital.
Fieles a su convicción de no aceptar nada del “mal gobierno”, rasgo que los distingue como indígenas zapatistas, no acudieron a la clínica de salud más cercana, a 5 minutos de la casa.
“Estuvimos toda la mañana ahí y nunca nos pidieron ayuda”, informó el médico Francisco Roblero. “Ayer aquí hubo ambulancia todo el día”, dijo la enfermera Leticia del Carpio.
Con apuros, los familiares consiguieron que les rentaran –a 140 pesos el viaje de ida y 140 de regreso– una combi de la cooperativa San Andrés Yajualó, para transportarla a San Cristóbal.
Ramona murió a 15 kilómetros de iniciado el camino, antes de llegar a la comunidad San Juan Chamula. Ya pasaba el medio día.
“Si la hubieran traído se hubiera podido salvar porque le hubiéramos puesto suero y mandado a San Cristóbal para que le pusieran plasma. Pero, así son los zapatistas. Casi no vienen y los que llegan a venir ya los traen graves o vienen muertos”, dijo el doctor Oscar Muñoz, médico en turno de los fines de semana.
Su muerte aún no consta en actas oficiales, como quizás tampoco se tenga registro de su nacimiento. Su cuerpo será entregado a la tierra el domingo.