COCHOAPA. CUANDO LOS MAS POBRES SE INDEPENDIZARON

COCHOAPA: CUANDO LOS MÁS POBRES SE INDEPENDIZARON
Por Marcela Turati (Segunda parte)

Paulino Díaz Díaz está en un pequeño cuarto azul, malventilado, con sillas maltrechas y un escritorio que deja poco espacio para visitas. En la pared que tiene tras de sí está colgada una bandera tricolor hecha en casa y un escudo nacional de plástico frágil, como de vaso desechable. La oficina hace las veces de Palacio de Gobierno de Cochoapa El Grande, el municipio guerrerense recién creado y que desde su estreno debutó como el más pobre del país.
Del top ten de la pobreza desbancó ni más ni menos que a Metlatónoc, el municipio de La Montaña guerrerense que durante años fue sinónimo de la miseria mexicana, motivo de infinitas promesas gubernamentales, de visitas de lacrimosos funcionarios, candidatos presidenciales en busca de votos o rijosos líderes populares que proclamaban la revolución.
No alcanzó tan deshonrosa clasificación por mérito propio. Hasta abril de 2005, Cochoapa El Grande era una comunidad más de Metlatónoc, olvidada del presupuesto municipal.
Fue gracias a un grupo de tercos cochoapeños, de 25 años de trámites, de idas y venidas de oficios, de marchas hacia la capital, de una controversia constitucional y un largo plantón, que logró, por fin, su independencia.
Así, el territorio más pobre, periférico y abandonado de Metlatónoc se ganó su lugar como municipio y es gobernado desde la oficina donde ahora está sentado el mixteco Paulino Díaz Díaz, flamante secretario general del Ayuntamiento.
Este hombre simpático, de cabellos en punta y baja estatura, hace la presentación en sociedad del nuevo municipio con las siguientes palabras: “Aquí hay mayoría de gentes analfabetas; muchas comunidades no tienen agua, luz ni camino; aquí no hay teléfono ni tenemos imagen de televisión ni radio; predomina la pobreza por la falta de empleo, no hay nada y la mayoría emigra a los diferentes estados, al corte de jitomate, o a Estados Unidos; en las montañas que vemos ya no hay pinos y no hay un lugar fértil para producir; tenemos bastante agua pero no hay forma de purificarla por falta de dinero y somos muy trabajadores, hacemos sombreros de palma que no tienen mercado: lo vendemos a un peso”.
Paulino es uno de los 67 empleados de la Presidencia Municipal. Es de los pocos que sabe usar la tecnología con la que este ayuntamiento cuenta: dos computadoras, dos impresoras, dos máquinas de escribir manuales y dos fotocopiadoras.
Este funcionario municipal no sabe cuántos habitantes tiene Cochoapa El Grande. Calcula que sólo en la cabecera deberán ser unos 5 mil. Según el Consejo Nacional de Población (Conapo) en todo el municipio hay cerca de 15 mil.
Eso sí, Paulino dice que todos son pobres. No por nada, en la dieta de los cochoapeños hay ardillas, armadillos, tejones, chapulines, chumiles, palomas, pájaros e iguanas. Lo que da el monte. No por nada sus índices de pobreza son equiparados a países africanos como Somalia, Etiopía o Ruanda, según el Conapo.
“Más arriba la gente no tiene nada que comer o se comen la raíz del platanar, lo mezclan con nixtamal, lo hacen macita y se lo comen. O asan el platanar o el mamey cuando están verdes. Y andan pelados, no tienen zapatos, muchos no tienen ropa”, comenta Paulino esperando a que lo escuchen. Ya se ha cansado de enviar fotos a la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), al gobierno estatal, a la Presidencia de la República y la ONU para que ayuden a sus paisanos.
EL GANDHI DE COCHOAPA
La historia de la independencia es conocida. Se la deben a ‘Don Maxi’, un anciano que es algo así como ‘El Gandhi’ de Cochoapa.
La monja Silvia Rodríguez, de quien los cochoapeños desconfiaban recién llegada a la misión por ser una mujer sin marido, la relata a grandes rasgos: “Hace 60 años, Cochoapa era el pueblo-madre de la región pero algunos de sus habitantes vendieron terrenos de Metlatónoc a gente de fuera, y ellos hicieron negocio y pasaron para allá la cabecera. Muchos quedaron descontentos y empezaron a gestionar que se las regresaran, principalmente don Maxi.
“Al único niño que sabía leer y escribir y hablaba español lo pusieron a escribir cartas. Con el tiempo, muchos fueron dejándolos solos, decían que don Maxi estaba loco, y él insistía en que iba a ser municipio. Se la pasaban caminando a Tlapa y de ahí hasta Chilpancingo, pero la lucha tomó fuerza cuando metieron una controversia constitucional y, en 2003, cuando hicieron una movilización con muchísima gente de las comunidades que caminó hasta Chilpancingo, duraron semanas allá y se rolaban afuera del Congreso, alrededor de un fogoncito, tranquilos, pacíficos, pero pidiendo su municipio. Y lo lograron”.
La religiosa, quien muchas veces fue su mecanógrafa y redactora, dice que admira a los cochoapeños porque se la pasan gestionando para que les hagan caso. Tras cuatro años de intercambiar cartas lograron, por fin, que les construyeran una secundaria, pero fue insuficiente para tantos alumnos.
En este lugar, con 76 por ciento de analfabetismo, 100 niños se quedaron afuera de la primaria (por poco iban a ser 230, pero se estiraron los grupos) y lo mismo pasó en la secundaria. Todo por falta de maestros.
Una de las eternas gestoras es Angélica Flores Lorenzo, empleada de la misión y quien tiene 20 alumnos en su clase de computación. Muestra un oficio que envió al Gobernador Zeferino Torreblanca, en el que señala: “En 1979 vino una avioneta que fumigó con líquido barrancas y ríos donde acabó con la vida de rana gorda, rana flaca y rana pinta, cangrejos, palillos, ombligón, camarón y pescadillo, además de verdolagas, quelites y otros”.
Al final, solicita que se haga un estudio para detectar el envenenamiento del agua en la zona para poder restablecer todos los animales acuáticos comestibles.
EN LOS NIVELES AFRICANOS
Santiago Rafael Bravo, el alcalde perredista de este municipio mixteco con niveles de vida de África Subsahariana, no se encuentra este día soleado en el que el aire parece salido de un congelador abierto.
Aunque es presidente municipal, su sueldo no tiene nada que ver con el de sus homólogos radicados en los estados donde la obesidad y la diabetes son epidemias, pues él gana 12 mil pesos al mes.
En nómina tiene un secretario general, un síndico y a su respectivo asesor y a su chofer, un director y un subdirector de obras públicas, un oficial mayor, un contador y sus auxiliares, un procurador, un coordinador de desarrollo rural, seis regidores y sus suplentes, un tesorero, nueve secretarios, un director de seguridad pública, dos comandantes de policía y dos subcomandantes, 20 policías preventivos uniformados y dos vestidos de civiles y cuatro choferes de patrullas.
Además, en el organigrama está la presidenta honoraria del DIF, la directora real de ese organismo, un promotor, dos secretarios y un chofer.
A partir del 4 de abril del 2005, de ser un pueblo más que contaba con un comisario como autoridad y veía pasar los sobrantes que en la cabecera municipal decidieran invertirle, Cochoapa pasó ser cabecera, a manejar 27 millones de pesos, a contar con 67 empleados, dos camionetas y tres patrullas y administrar 111 comunidades.
¿En qué gastó Cochoapa su primer presupuesto? ¿A dónde fueron a parar los 27 millones de pesos del Ramo 33 enviados por la Federación el año pasado?
Según los papeles que Díaz tiene sobre el escritorio, se invirtieron en construir 7 aulas, una cancha, varias agencias municipales y el ‘partenón’ de cemento que unos albañiles levantan en el terreno contiguo.
En ese edificio doblepiso y múltiples cuartos han invertido seis millones.
Ese palacio en obra negra, con detalles moriscos, fungirá como Presidencia Municipal y superará en dimensiones y acabados la del vecino Metlatónoc.
La revancha les da gusto a muchos de aquí.
El presupuesto que llegue este año seguro se usará para re
novar la flota de pick ups último modelo que sirven de patrullas, pues –-según Paulino– duran sólo un año por lo accidentado del terreno subibaja montañoso.
El pueblo-cabecera está rodeado de una cadena montañosa de manchones de bosque ralo en el que ya no quedan pinos, sólo algunos encinos y ocoteros. En los pedazos rapados de bosque hay intentos de milpas enanas o malogradas.
Su construcción más alta es la imponente iglesia localizada junto a la presidencia y a la cancha, que parece ser el único piso público de cemento, ya que ninguna de sus calles están pavimentadas.
Pese a que es el municipio campeón en miseria, en alguna oficina del Distrito Federal consideraron que no todos sus habitantes merecían recibir el subsidio del Programa Oportunidades. “¿Para qué queremos dinero? Mejor que nos den trabajo”, razona una mujer que vive en la única casa donde preparan comida a los forasteros.
Las únicas instituciones visibles son la Clínica de Salud, el templo, el curato, la casa de las monjas con su secundaria y prepa abierta, las escuelas primaria y secundaria de la SEP, el albergue de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indios y la camioneta de un funcionario de esa dependencia que vino a dar una charla sobre drogadicción que, como la desnutrición, es casi una epidemia en este lugar.
“En estas comunidades el maestro se va en mayo y regresa en septiembre, octubre, cuando deberían irse el 15 de julio y el 15 de agosto reanudar. Hay unas maestras que vienen a ganar su plaza y cuando se las dan nunca vuelven. Así son los médicos, vienen las brigadas una vez al mes”, comenta Paulino mientras da un recorrido por las callejuelas lodosas, que tiene a las orillas montones de basura.
“Cuando vino Fox dijo que todas las viviendas van a tener Piso Firme, hasta el último rincón, y el cemento ni siquiera llegó completo a la cabecera, y las que pudieron ponerlo no completaron”, prosigue.
Los reflectores cambiaron varios kilómetros su posición para enfocar a Cochoapa. En diciembre, el gobernador sesionó aquí con todo su gabinete. Comenzaron también a llegar los primeros periodistas.
La hermana Silvia tiene miedo de que Cochoapa se convierta en moda y que pronto lleguen funcionarios a tratar de imponer nuevos modelos de desarrollo, sin tomar en cuenta lo que desean sus habitantes.
“A ver si es cierto que les interesa”, dice.
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RECUADROS: “Siempre se quedan niños sin escuela”
“Aquí muchos niños se mueren, los que logran llegar a los 5 años, ya la hicieron”, dice la religiosa Silvia Rodríguez Aguilar, al relatar cómo se vive en el municpio más pobre del país, donde habita desde hace seis años. “Vivimos como en el siglo pasado”.
Dice que la gente no logra vivir muchos años, muere por catarros complicados, diarreas o partos.
Su congregación, Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul, da clases de secundaria y preparatoria abierta a los alumnos rezagados (aquellos que de tanto migrar no aprendieron bien a leer o a escribir), y ello le ha valido muchos enfrentamientos con autoridades gubernamentales y maestros sindicalizados de la región.
Se queja de la mala educación que reciben en el sistema oficial.
“Hay niños que salen de sexto que parecen de cuarto. Encontré un niño de sexto, Juanito, a quien su maestro le dijo que las divisiones no sirven y supe de otro maestro que ayudó a uno de sus alumnos a comprar el certificado de prepa”.
“Siempre se quedan niños sin escuela” dice, y platica que en octubre 230 niños de más pagaron su inscripción a la primaria, pero no fueron recibidos; gracias a los reclamos de sus padres, la escuela recibió a 130 pero dejó a 100 sin clases.
En la secundaria, los maestros también son insuficientes.
Lo que más le molesta es que el mayor porcentaje de analfabetismo en Méxco se da en Guerrero, y se incrementa en La Montaña.
“Aquí la gente siempre tiene hambre, no tienen fruta o verdura, es carísima. Los niños andan todos manchados de la piel, eso es desnutrición. No entra el camión de Conasupo pero sí el de la Pepsi, la cervezas, la Maruchan”, denuncia.
Dice, indignada que hace 3 años comenzaron a llegar camionetas que llevan gente a Estados Unidos. “Para eso sí les ponen todo fácil, para que se vayan”.
A los cohoapeños les admira su fortaleza, su buen humor, su entereza ante la desgracia. “La gente aquí sabe vivir, es muy feliz, muy alegre, ríe de todo, el problema es imponerles desde afuera lo que dicen que les hace falta”.

“SE NECESITAN POLÍTICAS CODISEÑADAS POR INDIGENAS”
Felipe Embris Bernal, director del Centro Coordinador para el Desarrollo Indígena de Tlapa, dice que el divisionismo entre la gente por cuestiones políticas, sociales, religiosas, y el narcotráfico, influyeron para que Metlatónoc se partiera en dos, y naciera el municipio de Cochoapa El Grande.
“En La Montaña el PRD está fraccionado en PRD, PT, Convergencia, influyó el divisionismo social y territorial, las divisiones religiosas y a eso hay que agregarle los problemas del narco, que de alguna manera ha reforzado la economía de las comunidades”, dice a Excélsior.
Achaca al divisionismo en el sindicato de maestros, a la mala educación que reciben los niños.
“Hay 3 ó 4 corrientes del magisterio, y eso afecta directamente a los niños por el ausentismo”.
En la zona también hay mucho alcoholismo y por esa razón Embris está en Cochoapa, de ese tema trata su próxima reunión.
El funcionario que conoce la región desde la década de los 70 recuerda que entonces los montes estaban poblados por pinos y ocotes, y señala que se ha venido una explotación feroz por parte de paraestatales y compañías privadas locales, y de Durango y Michoacán.
“Aquí no hubo desarrollo social ni económico. A partir de la década de los 90 empezaron las movilizaciones sociales y se empieza a dar atención a los sectores sociales”, dice.
El funconario del antiguo Instituto Nacional Indigenista (INI), hoy CDI, dice que el proceso de desarrollo siempre se da de los centros a la periferia, y por eso se explica que se hayan concentrado los recursos en la cabecera municipal de Metlatónoc, que tenía alrededor de 5 mil habitantes.
No acepta que a Cochoapa El Grande o Metlatónoc se les considere como los municipios más pobres.
“Yo siempre he estado en contra de clasificar a los más pobres, no acepto esa teoría que la dicen los que tienen dinero, los que viven bien, los estudiosos de la sociedad, porque ningún pueblo es pobre siempre y cuando sepa trabajar y ser respetuoso de sus recursos, y los pueblos indígenas son respetuosos. Aquí hay gran riqueza en cuanto a bosque”, dice.
Para poder acelerar el desarrollo de las comunidades indígenas de la región, recomienda dos cosas: que los pueblos indígenas participen en la elaboración de las políticas públicas que les afectan y no sean diseñadas a nivel central y que se reforzaran los órganos de fiscalización local.



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