coicoyán el saqueo a los más pobres

COICOYÁN O EL SAQUEO A LOS MAS POBRES

En el municipio más pobre de Oaxaca, no hay recurso que alcance. Víctima del saqueo de generaciones de presidentes municipales y sus asesores, del olvido federal y la estafa de funcionarios estatales, y rehén de comerciantes, su gente –deseosa de trabajar—emigra

Por Marcela Turati

En Coicoyán de las Flores, el municipio más pobre de Oaxaca, el saqueo del dinero público se convirtió en uno de los usos y costumbres de los presidentes municipales.
A punto de ser linchado, Adelaido Tenorio Villavicencio, el último de la dinastía de ediles, tuvo que pedir prestado a un usurero, vender su parcela y sus herramientas de carpintero para pagar 75 mil pesos de la deuda de más de 2 millones que dejó sin saber cómo.
Este mixteco con estudios de quinto de primaria, el grado donde apenas se afianzan las multiplicaciones, dice que aprendió de administración sobre la marcha y no entiende cómo tuvo ese faltante si el encargado de obras públicas, su secretaria Olivia y el contador eran gentes letradas, de la ciudad de Juxtlahuaca, que le consiguió el diputado priista Ricardo Vera López.
–¿No había riesgo de que le robaran?– se le pregunta en una brecha de terracería donde se le encuentra ayudando a pavimentar.
“La verdad sí no sé porque ellos andaban checando precios de los materiales, de los puentes, varillas, sacaban precio de la tienda, pedían materiales y decían tanto es la cuenta que vamos a pagar de material”, dice el campesino, entre nervioso y desconfiado. “Pero yo sí checaba”.
El nervio se le quedó atorado desde aquel día de 2005 cuando una turba agraviada lo rodeó y, a empujones, lo encerró en la cárcel en tanto decidía su suerte. Las ganas de lincharlo habían llegado de todos los rincones del municipio, habían cruzado los cerros a pie o en camioneta y se habían acumulado en la cabecera municipal.
Salieron en cuanto les llegó la noticia de que era el momento de quitarle los 2 millones de pesos que en 2004 había mandado la Federación y que no aparecían por ningún sitio.
Los campesinos de las 13 comunidades que integran Coicoyán estaban hartos: Paulino Melo, el anterior edil había huido con 4 millones de pesos. Y éste, el sustituto, “perdió” otros dos.
Estaban cansados de que los presidentes –del grupo de “Los Principales”, pero identificados con el PRI– se esfumaran los recursos del Ramo 33. Hartos administrar la pobreza sumando los poquitos que reciben cada año para completar el tendido de hilos con electricidad, el encementado de la cancha de basquetbol, el entubado del agua del arroyo, el techado de los cuartos maltrechos que llaman escuela, la compra de la ambulancia.
La ONU registra a este como el segundo municipio más pobre de México, con niveles de vida similares a los territorios palestinos ocupados. Las cifras oficiales indican que el segundo municipio más pobre del País recibe 8 millones de pesos al año.
A los coicoyenses les extraña la cifra: muy apenas los ven convertidos en obras.
“Yo creo que el gobierno siempre apoya, aunque sea poco pero nunca se olvida. La pena es que no se sabe en qué se va ese apoyo porque aquí no rinde cuentas, no hace corte de caja, cuando llega su año los presidentes se van y nadie pide que informen lo que es la cuenta porque nadie tiene estudio elevado de la política”, comenta resignado don Celso Flores, representante de bienes comunales.
Él tiene estudios avanzados de tercer año de primaria; tres cuartas partes de sus paisanos son analfabetas.
–¿Si le tocara administrar ese dinero, en qué lo gastaría?—se le pregunta.
“Desearíamos muchas cosas, pero no sé decirle, ni lo imaginamos ¿para qué hacer gastar a la mente en balde si no lo vamos a tener”, dice resignado este hombre que se encarga de vigilar “las colindancias” en el monte.
Roberto Basurto, nombrado administrador temporal del municipio desde que el Gobernador declaró la desaparición de poderes, se sorprende de lo que encontró cuando pisó esta tierra: no había obras; vaya, una calle pavimentada.
“En muchos municipios las cabeceras ya resolvieron sus necesidades, pero aquí las agencias están mal y la cabecera también. Debe haber algún lugar donde haya ido ese dinero porque, de que había recurso, había recurso”, dice.
ADMINISTRANDO LA POBREZA
Clavadas en las calles que estrenan pavimento, por las calles de Coicoyán se ven mantas con mensajes como estos: “Hierbe o clora tu agua para beber y desparasítate”, “usando condones evitas infecciones del ‘sida’”, “la obesidad se previene con ejercicio”, “vacuna a tus hijos para que crezca fuerte”.
Un hombre que tiene el estómago zurcido, al igual que su vieja chamarra, va caminando por las calles mientras dice: “¿No me da dos pesos? Me voy a morir. Me voy a comprar un alka-seltzer, tengo dolor en mi panza, toy enfermo, quiero un refresco, una tortilla”.
Coicoyán está en la cordillera de la sierra mixteca, en la periferia del Estado. Por su lejanía, es terreno fértil para la narcosiembra.
En las montañas se ven pueblos esparcidos como si Dios hubiera jugado matatena, que no se sabe cómo llegaron a la cima del cerro o al fondo del acantilado. Un río marca la división entre los mixtecos más pobres de Oaxaca y los de Guerrero.
“El principal problema de Coicoyán es el acceso y eso afecta en todo: si tienen una enfermedad chiquita se hace enorme porque tienen que ir al doctor a Juxtlahuaca (a 3 horas), si no se mueren de la enfermedad sí de los azotones del camino; el servicio de luz es irregular; todos cuesta mucho porque transportarlo es caro”, dice el tesorero municipal impuesto, Carlos Ceballos, oriundo de Huajuapan.
Algunos de los cerros están tan empinados que uno no se explica cómo aparecieron milpas enanas en esas pendientes verticales. Cómo hicieron para sembrar sin caer.
Los mixtecos de aquí son muy trabajadores, tejen todo el día, hacen sombreros de palma, un jugoso negocio que les deja un peso por cada pieza, sin descontar el material invertido.
Aunque todos están clasificados como pobres, por decisiones de algún funcionario sentado tras algún escritorio de alguna oficina de la ciudad sólo ciertas familias reciben el programa Oportunidades, de Sedesol.
“Oportunidades se valora, pero más que venir a recoger lo que se da como limosna, ¿por qué no mejor nos dan trabajo?”, razona Guillermina Ramírez, promotora de ese programa, mientras mira a su gente –actas de nacimiento en mano– apiñarse a las mesas de reclutamiento.
Sólo el 20 por ciento de los niños de aquí no están desnutridos. Ese dato no fue impedimento para que en alguna otra oficina decidieran retirarles los desayunos escolares.
Jaime López Rodríguez, director de la primaria “Antonio Caso”, de la comunidad Lázaro Cárdenas, explica el tamaño de la torpeza: “Los niños no vienen almorzados, si no desayunan se duermen en clase, no le echan ganas, llegan desanimados. Antes les daban su atolito, sus frijolitos, les distraían el hambre, pero ya no ha habido ese programa, se perdió. Y de los 104 niños que hay de tercero a sexto sólo 50 reciben Oportunidades. Unos a veces vienen descalzos, no tienen ni para sus lápices ni para sus cuadernos”.
El cura Jorge Oseo López dice que –“afortunadamente”– la gente de aquí migra y se sostiene con lo que gana fuera. En la temporada de pizca, la mayoría sale a los campos tomateros de Sinaloa, a donde viajan de fiado y sólo los más ricos pueden darse el lujo de exponer su vida en los desiertos de Estados Unidos.
De la capital de la pobreza oaxaqueña la gente se va y los recursos nomás no lucen. Ni hablar. Con la descentralización de recursos, se descentralizó también la corrupción.
“La costumbre que se tiene es que quien quiere ser presidente pide a sus familiares y amigos que voten por él, cuando llega se compra cosas para él, pone a sus hi
jos o busca asesores de fuera –ingenieros, arquitectos, contadores, secretarias— que a veces vienen preparados para robarles, los engañan, les hacen proyectos muy caros o les proponen que digan que costó más y se dividen ganancias. Los pueden manejar porque ni saben”, explica Alejandro Ramírez, ex agente municipal de la comunidad Lázaro Cárdenas.
“El presidente que renunció y desapareció terminó debiéndonos 300 mil pesos, le presentamos demanda ante la Auditoría Mayor de la Cámara de Diputados local y nunca nos hicieron caso, nos dijeron que sí los había entregado pero que el que estaba antes se los llevó”, explica.
Su sucesor, Genaro Alvarado, el agente municipal más preparado de los 13 que mandan en las comunidades, explica que los funcionarios de gobierno hacen firmar la comprobación de obras ficticias, a sus homólogos, la mayoría analfabetas, muchos sólo hablantes de mixteco.
–¿Usted sí lee lo que firma? –se le preguntó a José Bautista Solano, el agente de La Trinidad.
“Yo no, pero el señor que llegó sí lo leyó para mí un papel que dice que ya lo entregó todo el cemento, y le firmé, yo no sé leer cómo dijo eso, pero todavía falta firmar que llegó nada completo”, responde. El nunca pasó por la escuela.
LOS RECURSOS DESAPARECIDOS
En los discursos oficiales, Coicoyán aparece como prioridad. Pero en este lugar las obras se esfuman antes de llegar y aparecen como comprobadas.
Sólo el año pasado, la delegación de la Sedesol y el Instituto de Vivienda de Oaxaca habían palomeado a este municipio como “libre de pisos de tierra”, gracias al programa Piso Firme, a pesar de que no había llegado la grava y la arena, y en la espera de los materiales se echó a perder el cemento.
Lo mismo pasó con el programa de estufas ecológicas Lorena que, según dijo el presidente Vicente Fox cuando vino de visita la ONU, reduciría el 75 por ciento del humo que los indígenas respiran dentro de sus casas a la hora de prender sus fogatas para cocinar. Tampoco se concluyó la carretera que los conectaría con la ciudad.
La única escuela que tendría el programa Enciclomedia, de la SEP, no pudo estrenarlo: “faltó un cable y no está bien instalada la máquina, no sabemos nada y no tenemos con quién dirigirnos”, explica la directora de la escuela de Santiago Tilapa, Paulina López.
Y los habitantes del caserío Llano Encino Amarillo hasta se habían cooperado e invertido 25 mil pesos para reconstruir el salón donde iba instalarse el equipo, pero nunca llegó.
La era tecnológica entró al municipio través de siete computadoras donadas a las que –según Obdulia, la encargada de cuidarlas— por días enteros nadie usa y quienes lo hacen se divierten jugando solitario.
¿ACABÓ LA RAPIÑA?
Fue a partir de 2005 que comenzó a transparentarse el destino del presupuesto y a repartirse también entre las agencias. “Antes nos daban obras sólo cuando empezamos a reclamar, a movilizarnos, a marchar”, explica el ex agente Alejandro Ramírez.
Bajo la nueva administración, los ocho millones repartidos entre cabecera y agencias comienzan a notarse.
En Llano Encino Amarillo les alcanzó para pagar el sueldo de un maestro de música, la mitad de la tienda Conasupo y dos aulas (no se completó para construir la dirección y comprar una camioneta, y quedó pendiente conectar luz a varias casas).
En Tierra Colorada, además de las aulas, se compró una patrulla y finiquitó la deuda que tenían con un electricista; en Lázaro Cárdenas se llevó la luz a más casas; en Coyul ampliaron la calle principal y abrieron callecitas; en La Trinidad levantaron la mitad de un puente y El Jicaral ahorró para la mitad de una retroexcavadora. Por mencionar unos ejemplos.
“Hay infinidad de necesidades que no alcanza, cada agencia necesita un aula, pagar deudas, refrescos para el tequio o construir un baño. Pero no conozco ningún municipio que haga lo que hacemos nosotros: reunir a los 13 agentes municipales para priorizar obras, informar cuánto llegó y cuánto les toca según la población que tienen, y entregarlo en efectivo cada dos meses”, presume el tesorero impuesto.
Al parecer, por ahora, la rapiña se ha detenido.
Aparentemente se calmó la furia manifestada aquel día de 2005, en el que las ganas de linchar bajaron de todos los rincones del municipio, habían cruzado los cerros a pie o en camioneta y se habían acumulado en la cabecera municipal. Aquel día en el que a la secretaria Olivia –la recomendada por el diputado Vera–, la turba la sacó a empujones de la presidencia y le prohibió volver a pisar el municipio (hoy trabaja en el gobierno de Oaxaca en Juxtlahuaca).
No se repitió el día en el que la muchedumbre encerró a Adelaido en la cárcel, hasta que de la ciudad acudieron varios negociadores a liberarlo, el mismo en el que los agraviados tomaron el municipio y descubrieron que los archivos de la computadora ya habían sido borrados. Sin papel alguno que certificara los desvíos.
Por ahora, cuando se acuerdan de ese día, los agentes municipales se ríen.



Leave a Reply