EL PUEBLO DE LOS NIÑOS CHIMUELOS

EL PUELO DE NIÑOS CHIMUELOS
Por Marcela Turati/FOTOS: Erik Meza
Guanajuato.- Terreros de la Concepción es un pueblo de niños sin dientes. El agua que beben se los carcomió.
Ninguna empresa es culpable. Simplemente el agua sana se acabó a causa del derroche que hacía famosa a esta árida tierra por los chiles que engendraba. Cuando los popotes de los pozos chuparon la última gota de agua joven, comenzaron a succionar el escaso líquido que quedaba hasta el fondo, el agua almacenada desde hace miles de años, el agua con sarro formado por metales venenosos propios de la tierra. Fue entonces cuando las dentaduras infantiles comenzaron a pudrirse.
Un ejemplo vivo es la quinceañera Cristina García, cuyo nacimiento coincidió con el festejado estreno del pozo. Sus primeras mamilas contenían agua maligna.
Desde niña la boca comenzó a apestarle. Tuvo muelas color café podrido que se le despostillaban a la hora de la comida, y lucían sin esmalte y carcomidas. Luego le aparecieron manchas en las encías. Hasta que, de plano, los dientes comenzaron a caérsele. Ella fue la más “infectada” de su generación.
Hoy, a la edad de echar novio, esta adolescente vive escondida. Le acompleja el desfiguro.
Una comisión de vecinos se organiza para convencerla de que muestre las ruinas de su dentadura para exponer la gravedad del problema pero la adolescente grita desde su casa que no quiere salir, da un portazo y se esconde en su cuarto. No quiere más fotos ni entrevistas. Desde el terregal del patio su abuela la regaña a gritos por desobediente y el ex delegado del pueblo la amenaza por poner en ridículo el nombre del pueblo, pero ella no hace caso. Con el ruido de un portazo responde lo obvio: no quiere nunca más servir de ejemplo de los estragos del agua del pozo. Ir a la escuela y servir de constante ejemplo ante sus compañeros de clase es suficiente.
“Como ya tiene sus 15 años es muy difícil convencerla. Ella como la mayoría de los nacidos del 90 para acá tienen estragos en su dentadura”, explica como excusándose el ranchero Francisco García, ex delegado de la comunidad ante el municipio, quien aprovechando la ocasión asegura que desde que dejó de tomar el agua infecta se le controló la diabetes.
“Yo tengo dos muchachas grandes, de cuando no había pozo, y tienen sus dentaduras completas. Y los otros cuatro que tomaron agua del pozo la tiene completamente manchada y estropeada”, dice Zenaida Posada, la mujer que atiende la tiendita comunitaria. “Como que se les quema todo el esmalte y les queda carcomido. No tienen remedio, ni el empastado, sólo ponerles dientes nuevos”.
Otro niño de la generación del pozo es Alfonso González, de 11. De recién nacido, María Guadalupe, su mamá, le daba leche en polvo mezclada con el agua contaminada. Cuando descubrieron el problema intentó comprar dos garrafones comerciales por semana para abastecerse de líquido, pero el dinero no le alcanzaba para darse ese lujo.
“Los dientes se me descarapelan cada día que como Sabritas; si como manzana se me caen, no me duele, nomás se caen. Desde lo siete años me di cuenta de que me dolían, como que ardía cuando mascaba chicles, chocolates o churros. Mi mamá me decía que me lavara los dientes y que así se me quitaría el dolor, y me los lavaba muy seguido pero se me iban cachos de muela cuando mascaba algo”, dice el infante que está sentado en una llanta sobre la duna en la que juegan los niños de este pueblo.
Terreros y las comunidades vecinas son pueblos de niños sin dientes por el arsénico y el flúor del agua contenidos en el agua del subsuelo. Según el inspector de la SEP, Artemio Hernández Rodríguez, con 20 años de trabajo en la zona, cinco comunidades con nombres que no corresponden a su situación de sequía y contaminación, padecen el mismo problema: Praga, Terreros de la Concepción, Lomas de San Juan, La estancia de las Flores y La Esperanza. Sus pozos abastecen a 18 comunidades.
ANTES Y DESPUES DEL POZO
Terreros está a 22 kilómetros de San Luis de la Paz, cabecera municipal al norte de Guanajuato en los límites con San Luis Potosí. Es considerado integrante de la cuenca Lerma-Chapala porque bajo su suelo, en lo profundo, corre un acuífero que lleva agua de lluvia captada hace miles de años. Es también uno de tantos pueblos sin hombres de la región, expulsor de mano de obra a Estados Unidos.
Por aquí no se ven plantas donde resguardarse del sol, pura nopalera y arena que de pronto se levanta en tormentas y forma remolinos. Los ranchitos están separados unos de otros por bardas de cactus en ésta que fue una próspera zona chilera hasta que el nivel del agua bajó, bajó y bajó, y se tuvieron que perforar pozos cada vez más profundos que siempre resultaban insuficientes.
Entonces se comenzó a raspar el sarro de la tierra. La borra. El agua mezclada con arsénico, flúor y algunas veces plomo. A la par, los hombre comenzaron a emigrar pues la electricidad necesaria para extraer el agua de riego era incosteable.
“Sí nos dieron nuestro pozo, pero no es potable, trae la infección”, lamenta don Francisco, el único adulto entre mujeres en este pueblo de migrantes.
La epidemia “infecciosa” comenzó a manifestarse así: primero eran las manchas en la encías; después aparecían en las muelas que, conforme se descarapelaban, se tornaban cafés. Los síntomas pasaban luego a los dientes de enfrente hasta que terminaban por ceder y caían de a uno por uno. Los niños que este año festejan sus 15 años, fueron los más afectados.
“A los niños se les manchan los dientes, y a uno de grande le da otras enfermedades. Yo estoy creyendo que el dolor de huesos que tenemos algunas es por eso”, dice doña Margarita, una de las habitantes de la comunidad que se acerca a exponer el problema.
“En su aspecto, los niño tienen los dientes muy feos. Esa es la manifestación del arsénico y de la exposición a metales pesados, pero lo más grave ocurre en el interior de su organismo. El arsénico provoca enfermedades graves, malformaciones, leucemias, cánceres. Pero Terreros no es la peor, otras (comunidades) como Mineral de Pozos que además de arsénico, el agua lleva plomo”, advierte Jaime Muñoz De la Tejera, ex regidor del Ayuntamiento y ex presidente de “Toltequidad”, organización ciudadana que está en quiebra desde que denunció el caso.
“Acá el problema de la sobreexplotaciçon del agua es muy grave y ese pozo empezó a sustraer los sedimentos, es como una taza de café con todos los asientos que quedan. Hasta abajo hay arsénicos y metales pesados”, agrega Ismael Muñoz de la Tejera, hermano de Jaime y responsable de la atención de la zona noreste del Estado para la Secretaría de Desarrollo Social de Guanajuato.
En 2002, cuando se descubrió “la infección”, los terrerenses dejaron de tomar el agua maldita y gastaron sus ahorros en comprar garrafones comerciales. Meses después recibieron una planta tratadora que hasta el día de hoy es desairada por la mayoría desconfiada de que no limpie bien el metal y le quite la toxicidad al agua. Para los hermanos Muñoz De la Tejera, esto es imposible.
“Ahí está la planta en servicio pero la gente no la usa, espera mejor la pipa. De aquí poquitas personas se confían de esa agua. Y es que primero nos dijeron que no había filtro que eliminara esos metales del agua porque eran muy finos, y de repente, así nomás, nos dijeron que sí había forma y la gente quiere que nos prueben que no es lo mismo. No sirve de nada que nos la cambien de sabor”, dice María de los Angeles, abuela de Cristina, la quinceañera con la dentadura estropeada.
“En tiempo de lluvia acaparamos el agua que cae porque le tenemos más confianza”, agrega.
El municipio, desde entonces, les envía pipas que cada mes. Y cuando no llega, la gente vuelve a tomar agua del pozo porque es la que se recibe en todas las casas. Y, como dice doña Margarita Martínez Posada, cuando no hay de otra abren la llave y la vuelven a usar. Y el problema se convierte e
n un círculo sin fin.
Ismael Muñoz denuncia que aunque en la región se decretó una veda se han abierto más de mil 500 pozos. “No sabemos cómo la Comisión Nacional del Agua da los permisos”, dice, y luego señala que el gobierno debería de proveer de protesis dentales para los niños.
El investigador del centro de Geociencias de la UNAM, Marcos Adrián Ortega Guerrero, estudioso del caso, tampoco se explica cómo después de la declaratoria oficial de veda se hubieran entregado concesiones de pozos que sacan agua enterrada –según sus cálculos– de 5 mil a 35 mil años atrás. En sus estudios detectó cerca de 8 mil casos de flúorosis dental, la enfermedad que causa la destrucción del hueso más duro del cuerpo humano: la encía. La muestra de que el agua tumbó los dientes de los niños.



One Response to “EL PUEBLO DE LOS NIÑOS CHIMUELOS”

  1. Anonymous says:

    Leer blogs sólo cobra sentido cuando te encuentras con uno como el de Marcela Turati. Ojalá que su autora no deje de nutrirlo a menudo.

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