VIAJE POR EL RIO LERMA

LA AGONIA DEL RÍO LERMA
Por Marcela Turati

Es un río que nace agonizante y termina oliendo a cadáver.
El Lerma nace de una laguna mexiquense empantanada que desgració un Presidente y, al inicio, se mueve impulsado por el drenaje de pueblos y ciudades vecinas de su cauce que lo inauguraron como el excusado favorito del Pacífico; pasa luego por la ciudad industrial que le da su nombre, donde apesta a amoniaco, y cosecha y arrastra botellas de plástico, cadáveres animales, lodos industriales y llantas. En Guanajuato lo detiene de tajo la presa Solís, parada que aprovechan los campesinos para robar impunemente sus aguas y los lirios para reproducirse al grado de que fue preciso erradicarlos con gusanos brasileños que, de paso, asfixiaron a toneladas de peces cuyos cadáveres flotaban por montones en las orillas.
A la vista de las autoridades, es bienvenido con residuos de una hidroeléctrica, una refinería y una fábrica de pesticidas en Salamanca, y de tanto químico con aroma a toneladas de ajos y huevos podridos, a veces el agua se enciende en llamas que tienen que ser sofocadas por el cuerpo de bomberos. Cruza por las fincas michoacanas escoltado por natas de excremento de cerdo y uno que otro cadáver porcino. Desemboca en Chapala, el lago jalisciense estrangulado por invasores que talan, construyen o plantan en sus riberas, y por la avaricia de no soltar agua de las presas río atrás. En El Salto de Juanacatlán, pueblo vecino, se convierte en río Santiago, donde el agua de tan tóxica suelta espuma blanca que enferma al contacto, atrae moscos gigantescos que parecen africanos y despide un pestilente sulfuro que –aseguran ahí– provoca cáncer.
No siempre fue así. Hace 50 años era sustento de pescadores, alegría de bañistas y un lujo tenerlo cerca. Hoy, convertido en drenaje, es la muestra fecal de la incapacidad del país para desarrollarse económicamente y, al mismo tiempo, cuidar los recursos naturales.
Viajar por su cauce es recorrer 708 kilómetros de malas políticas, conflictos entre gobernantes autistas, esfuerzos aislados por limpiarlo, indolencia colectiva, anhelo común de verlo sano, corrupción generalizada y contaminación hormiga que –concentrada– lo convierte en grave problema de salud pública.
Cruza por 205 municipios, 11 presas, 5 estados (México, Querétaro, Guanajuato, Michoacán y Jalisco), 3 mil 500 industrias, y la vida de 1 de cada 10 mexicanos, pues 18 millones viven a sus orillas. Atraviesa, también, millones de historias.
Está, por ejemplo, la de la sirena que quedó atrapada en un ducto que succiona agua, día y noche, hacia el DF. O la de los dos trabajadores municipales que a primera hora de la mañana suben a una destartalada canoa para arrancar el lirio que pudría el agua. O la del pueblo donde a los niños se les caen los dientes por haber tomado biberón con agua de arsénico. O la de los funcionarios de Jalisco y Guanajuato que iban a protagonizar una guerra por el agua. O la del hombre que por el color de las manchas flotantes descubre de qué fábrica proviene el vertido clandestino. O la de la escuela primaria que ve bajar del aire una espuma voladora que mancha la piel de los alumnos, y los deja enfermos y marchitos. O la de los manatíes arrojados en un lago con la misión de erradicar plagas, pero que fueron asesinados por los aterrados pescadores que los creyeron monstruos marinos.
Aunque el Lerma es agua, en ningún punto es bebible o utilizable para una ducha. Se usa sólo para humedecer cultivos, alimentar animales y llevar lejos orines, cacas y restos industriales. Sólo el 6 por ciento de las aguas usadas reciben tratamiento antes de ser regresadas al cauce. Estudios de la Comisión Legislativa de la Cuenca Lerma-Chapala indican que en algunos puntos no es apta ni para dar de beber a la tierra.
Su contaminación lo ha hecho famoso. Su rescate puede ser, también, la prueba de que México es viable. Eso se verá a lo largo del trayecto.

PRIMERA PARADA.LA SIRENA ENTUBADA
1. Por ahora, en el kilómetro “0″, en Almoloya del Río, Estado de México, al pie de la Laguna Chignahuapan, un funcionario con peinado de Elvis Presley y bigote fino de galán de película antigua explica que el agua limpia corre entubada rumbo al DF y la sucia hacia el pacífico, por el Lerma. El río que ya no nace. O, al menos, no aquí, como antaño.
“Se acabó cuando acabó el manantial. El río es un canal de aguas negras tan contaminado que ya no sirve de río. Se lo acabaron”, dice el anónimo empleado de la Comisión de Aguas de la ciudad de México, quien de inmediato corrige: “Bueno, nos lo acabamos”.
Desde su oficina, este hombre con llavero de bola de billar y cadenas de oro, tiene como paisaje de fondo un canal de aguas negras que acorrala al pueblo con sus propios desechos y que con las lluvias se desborda y convierte a Almoloya en un enorme excusado; un basurero y la laguna de orillas lamosas y enyerbadas de lirio, punto de reunión entre garzas y patos migratorios llegados desde Canadá con borregos comunes y tractores.
De la potabilizadora sale un ducto que se pierde entre los amarillos y secos pastizales. Se dice que en su interior podría estar atrapada una sirena “güera, trenzona y bonita”, y su carismático sireno. Desde el entubamiento del agua nunca más fueron vistos por estos lugares.
Al alba o al atardecer, a la sirena le daba por bañarse en los manantiales y aguas termales que daban fama a Almoloya del Río de sucursal del paraíso y de cuna del río Lerma. No por nada fue balneario de varios Presidentes: Venustiano Carranza, por ejemplo, dejó un ahuehuete sembrado en un islote.
Coqueta, la mujer-pescado invitaba a los lugareños a tomarse un baño entre peces y yerba zacate. El sireno, en cambio, encantaba “con su belleza y su carisma” a las féminas de la región y las invitaba a dar un recorrido en su chalupa cuando las sorprendía sumergidas lavando ropa. Algunas enloquecieron de amor.
Un día, los dos desaparecieron. Coincidió, dicen, con las perforaciones de los 100 pozos, los dinamitazos y el entubamiento de la laguna y sus nueve manantiales; en el intento por extraer 250 millones de metros cúbicos de agua para el insaciable Valle de México. A la velocidad con que el ducto voraz chupó el agua, desgració estos parajes y torció los destinos: convirtió a los pescadores en maquiladores de pantalones, a los artistas del petate en migrantes, a los sirenos en desaparecidos y las aguas prístinas en podrideros estancados. El presidente Miguel Alemán es recordado, por ello, con mala memoria.
Al ver la estafa del progreso, los almoloyenses se pusieron bravos. Protestaron. Amenazaron. Exigieron indemnización. Se conformaron al recibir en sus casas agua entubada y gratuita (al día de hoy no pagan nada), unos lavaderos y una escuela que ya se cayó.
Sin manantiales, el río es parido a duras penas. Es un apéndice pantanoso de la laguna que, entre llantas y maleza, se va angostando hasta que se encarrila en una zanja. Al inicio permanece inmóvil. Se mueve con ayuda de arroyos, lluvias, deshielo del Ajusco y el Nevado de Toluca, orines y desperdicios de las fábricas cercanas. Obviamente, el turismo no volvió a asomarse por aquí. Ni siquiera el día en que el municpio trajo a dos hipopótamos como atractivo.
“Tuvimos que donarlos a un rancho porque ya no fue recomendable tenerlos: se salían y se subían caminando hasta el centro”, explica la secretaria Lidia Avila, al mostrar la foto de los paquidermos tomando el sol en lo que parece una isla pantanosa y resulta ser pasto común mexiquense.
“De una mañana a otra se acabó el agua. Es como si hoy en la noche bombean y mañana que despierta y no hay. Fue como en el año 45. En el 53 empecé mi carrera de costura”, narra Eligio Escobedo desde su taller casero improvisado. Su padrasto fue uno de los que, desde entonces, echaron de menos a la sirena. Sus vecinas –Brígida Acosta, de 68 años, y su mamá, Candelaria Ariscorreta– también.
“E
ra trenzona, vestía de negro bien bonito: sus zapatos eran como huaraches, y hasta que bajaba al agua se transformaba en pescado. La muchacha anduvo enamorando a un señor Diego de por acá, le dijo: ‘no te vayas, te necesito’, pero lo espantó. Dentro del agua, su casa era de tabique rojo y ahí se metía con su marido el sireno, alto, güero y guapo con patillas muy bonitas. Se casaron de bonito en la iglesia. Fuimos a la misa y los seguimos pero se nos perdieron”, dice la anciana Candelaria, quien afirma ser más vieja que la Revolución Mexicana.
Desde uno de los islotes surgidos con la bombeada del lago, Francisco Juárez Nazario –88 años, piernas chuecas, botas de plástico, sombrero duro como tortilla tatemada– explica: “Un día yo joven fui a ver qué se movía en el agua ¡y era la sirena, mitad con cuerpo y mitad pescado!, la vi, se estaba bañando, echando jicarazos. En ese tiempo había agua blanca en la laguna. Pero ya nunca la vi cuando se desecó. Aquí nacía el río Lerma, ahora esta lagunita mantiene Chapala. Antes todo era laguna grande, esta agua que ve es de oxidación que viene del pueblo”.
Él, como sus contemporáneos, duda de la suerte que corrieron los sirenos. Si mudaron de residencia, como especula Candelaria. Si fueron succionados por una tubería. Si murieron intoxicados por tanto drenaje camino al mar. Eso, quizás, se descubrirá más adelante. Pero ahora, el siguiente punto del recorrido es la ciudad industrial Lerma, donde el espejo de agua no existe.
Sólo guiados por el concentrado olor a químicos que revuelve el estómago y pica las fosas nasales como untada de chile, el río se detecta bajo los puentes de la carretera México-Toluca. Está debajo de una capa gruesa como lona que lo mismo carga llantas, envases de plástico, lirio seco, troncos que a un perro descompuesto.
Se sigue hasta Querétaro, donde los queretanos lo reciben con descargas industriales. Recoge “fosfatos, grasas, aceites, cadmio, cromo, níquel, plomo, nitrógeno, mercurio, coliformes fecales”, según un estudio legislativo. Eso significa que en ese punto el agua no es apta ni para riego agrícola.

2. PARADA: LA GUERRA DEL AGUA
Un letrero anuncia: “Bienvenido a Guanajuato, cuna de la Independencia”. La primera parada del río en tierra de Fox es la Presa Solís, la mayor de toda la cuenca hidrológica. Este gigante puede albergar hasta un millón 250 mil metros cúbicos de líquidos; es aprovechada por 18 mil productores y 102 mil hectáreas de cultivos. Dos campesinos que le sacan ventaja son los hermanos Nicanor y Manuel Ramírez, del rancho san Cayetano, quienes miran bajo un árbol al río encajonado.
“Nosotros conocimos el piso de esta presa, eran puras llanadas, todo parejito. Había un arroyo, árboles, gente. Hoy el agua está enferma y ensuciada con esos drenajes que están llegando de Toluca”, dice Nicanor, el mayor. 1949, fue el año de la inauguración de esta presa; en tiempos de Alemán.
Un manto de lirio acuático cubre la superficie acuática y evidencia la contaminación y el estancamiento de un río que, sin atención, puede convertirse en criadero de larvas del paludismo. En Solís han tratado de todo para erradicarla: máquinas para moler la planta, extracción a mano limpia, rocío de insecticida. Hasta la importación de gusanos extranjeros.
–Ora que estaba cerrado el lirio se maleó el agua, ni podíamos pescar –explica Nicanor.
–Echaron unos gusanitos de Brasil. Eran 3 kilos de gusanito comprados a 17 mil pesos, que agujeran la ráiz y la planta se hunde hasta el fondo. Pero el gusano enfermó el agua, la echó a perder. Había muchísimo carperío muerto, pura cosa triste y olía a podrido. Quedó corrompida como agua de florero. Ya casi volvió a estar buena el agua… y el lirio ya está comenzando a resucitar –completa Manuel.
Esta presa no sólo dota de sustento a 500 familias que, como la Ramírez, tiene autorización de pesca. También protagoniza de sus propias historias. Como cuando se desbordó en el 2003 y de tanta agua arrastró peces asfixiados hasta La Piedad, Michoacán, llevando consigo un cóctel infeccioso que sacó ronchas a Eva Guadalupe, entonces de 4 años; dejó sin cultivo a productores de Chapala, como el restaurantero Carlos Fernández, quien invadía ilegalmente los bordes que pensaba ya secos; obligó a la familia Martínez Martínez, de Salamanca, a vivir seis meses en un albergue para damnificados. Ellos lo narrarán en persona kilómetros adelante.
¿La causa de la inundación? Según Nicanor, la siguiente: “los remacheros no dejaron salir nada, todo lo almacenaron, no quieren nunca dejar el agua porque es puro dinero porque el gobierno la vende. Pero como cayeron muchas lluvias el agua se salió y ocasionó muchas pérdidas en maíz y sorgo. Dos años fue esa perdedera, no aprovechamos nada. Todo se acabó”.
Desde su construcción, la Solís es motivo de guerra entre Guanajuato y Jalisco. Aunque se han firmado acuerdos de buena vecindad, éstos cada tanto se violan. En el mismo 2003, campesinos del Bajío bloquearon las cortinas metálicas para impedir el envío de agua al Lago de Chapala, a 432 kilómetros de distancia; algunos –según documentó la prensa– hasta inundaron sus tierras con tal de acaparar los recursos, y diputados locales condenaron el pacto de entrega de agua. En respuesta el gobierno de Jalisco amenazó con no soltar agua del río Verde que abastece a la ciudad de León y se rumoró que un comando iba a volar las cortinas de la presa si no dejaban pasar el agua. Los expertos de Guanajuato, entonces, exigieron entonces a sus homólogos tapatíos cuidar los bosques para que el lago no se evaporara, y éstos, a su vez, demandaron no desperdiciar la mitad del agua de riego como ocurre en Guanajuato. En eso estaban –una abogada ponía ante un tribunal internacional la queja por el maltrato al Lerma cada que se topa una presa– cuando sucedió la inundación que se llevó todo, hasta el maíz y el sorgo de Manuel y Nicanor.
Pero eso quedó en el pasado. Ahora los dos reumáticos jefes de familia miran apacibles la improvisada bomba hecha con motor de tractor que jala agua a través de un tubo agujerado de plástico e inunda diariamente, de 8 de la mañana a 11 de la noche, su cultivo de forraje para el ganado. En Guanajuato esos artefactos caseros, de tan comunes, ya tienen nombre: “charqueras”. (83 por ciento del agua de la cuenca se usa para la agricultura, dirá un investigador más adelante, y se fuga por la vieja tecnología empleada, se contamina con pesticidas, su extracción no es controlada por el gobierno y se desperdicia por la mala costumbre campesina de inundar el terreno para que “amarre” la cosecha, como ahora mismo lo hacen los Ramírez.)
–Fui a Celaya a pedir permiso para sacar agua con un ingeniero José Rodríguez y me dijo que no me lo daría porque sino todos se agolpan pero me dijo: “Agarra el agua y riega”. Y así hice– justifica Manuel.
–Lo que hacemos es en beneficio de la Nación –completa el otro.
–Ya siendo para nosotros es en beneficio de la Nación porque somos una arenita de la nación.
Mientras esos amables hombres benefician a la Patria con su “charqueo”, en la comunidad de Terreros de la Concepción, en el norteño municipio de San Luis de La Paz, la sequía expulsa a la gente.
El desértico pueblo está al norte de Guanajuato, en los límites con San Luis Potosí, es considerado integrante de la cuenca Lerma-Chapala porque bajo su suelo, en lo profundo, corre un acuífero que lleva agua de lluvia captada hace miles de años.
Por el contenido del agua prehistórica, Terreros y las comunidades vecinas, son pueblos de niños sin dientes: el arsénico y el flúor del agua de los pozos se los está arrebatando. Ninguna empresa fue culpable, simplemente el agua sana se acabó con el derroche del riego que hacía de este lugar famoso por los chiles que engendraba. Los popotes de los pozos chuparon el agua joven, y ahora arañan y sacan lo que queda hasta el fondo, algo así como el sarro que reviste
las cavidades profundas. El agua, entonces, sale mezclada con metales venenosos propios de la tierra.
Una víctima del despilfarro es la quinceañera Cristina García. Su nacimiento coincidió con el estreno del pozo. Sus primeras mamilas llevaban agua maligna. Desde niña, la boca comenzó a apestarle. Tuvo muelas color café podrido que se le despostillaban a la hora de la comida, y lucían sin esmalte y carcomidas. Luego fueron la manchas en las encías. Hasta que, de plano, los dientes comenzaron a caérsele. Hoy, a la edad de echar novio, esta adolescente vive escondida. Le acompleja el desfiguro.
“La mayoría de los nacidos del 90 para acá tienen estragos en su dentadura”, explica el ranchero Francisco García, ex delegado municipal de la comunidad, quien asegura, de paso, que desde que dejó de tomar el agua infecta se le controló la diabetes.
Otro niño de la generación del pozo es Alfonso González, de 11. “Cada día que como Sabritas se me descarapelan o si como manzana se me caen. No me duele, nomás se caen. Desde lo siete años me di cuenta de que me dolían, como que ardìa cuando mascaba chicles, chocolates o churros. Mi mamá me decìa que me lavara los dientes y así se me quitaba. Y me los lavaba muy seguido pero se me iban cachos de muela cuando mascaba algo”, dice sentado en una llanta sobre la duna en la que juega.
En 2002, cuando se descubrió “la infección”, los terrerenses dejaron de tomar agua del pozo y gastaron sus ahorros en comprar agua de garrafón. Meses después recibieron una planta tratadora que hasta el día de hoy es desairada. Desconfían que no limpie bien el metal. El municipio, desde entonces, les envía pipas que cada mes. Y los meses que no llega, la gente vuelve a tomar agua del pozo.
“Ahí está la planta en servicio pero la gente no la usa, espera mejor la pipa. De aquí poquitas personas se confían de esa agua. Y es que primero nos dijeron que no había filtro que eliminara esos metales del agua porque eran muy finos, y de repente, así nomás, nos dijeron que sí había forma y la gente quiere que nos prueben que no es lo mismo. No sirve de nada que nos la cambien de sabor”, dice María de los Angeles, abuela de Cristina.
“En su aspecto, los niño tienen los dientes muy feos. Esa es la manifestación del arsénico, pero lo más grave es en su interior. El arsénico provoca enfermedades graves, malformaciones, leucemias, cánceres.
“Terreros no es la peor. Otras comunidades como Mineral de Pozos además de arsénico, tienen plomo en el agua”, advierte Jaime Muñoz De la Tejera, ex regidor del ayuntamiento y ex presidente de “Toltequidad”, organización en quiebra desde que denunció el caso.
“Ya estamos en los límites. Acá se está acabando el agua y ese pozo empezó a sustraer los sedimentos. Es como una taza de café con todos los asientos que quedan. Hasta abajo hay arsénicos y metales pesados El problema de sobreexplotación es muy fuerte. Se supone que aquí hay una veda y desde entonces a la fecha han abierto más de mil 500 pozos. No sabemos cómo la CNA da los permisos”, agrega su hermano Ismael, responsable de la Sedesol Estatal de la atención de la zona.
El investigador del centro de Geociencias de la UNAM, Marcos Adrián Ortega Guerrero, estudioso del caso, tampoco se explica cómo después de la declaratoria oficial de veda se hubieran entregado concesiones de pozos que sacan agua enterrada de 5 mil a 35 mil años atrás. En sus estudios detectó cerca de 8 mil casos de flúorosis dental, la enfermedad que causa la destrucción del hueso más duro del cuerpo humano: la encía. Y aunque alrededor no se ve agua sino un paisaje desértico al que rompen la monotonía algunos nopales, el agua que corre por debajo, de alguna manera tiene que ver con el Lerma.
El río va llegando a la sureña ciudad de Salamanca. Se limpió en el camino hasta que lo recibe una corriente negra del río Laja, con el que se topa.

3. PARADA: DONDE EL RÍO ES VENENO
El señor Clemente Tornero Soto siempre pensó que el día que ardieran los ríos sería el fin del mundo, pero le tocó presenciar esa escena apocalíptica y aún vive para contarla. “En Salamanca el río Lerma se enciende de tanta contaminación que lleva. La última vez que se quemó, hace dos años, ardió cinco kilómetros hasta Pueblo Nuevo. Varias veces los bomberos han tenido que apagarlo”, dice en la cafetería de un hotel.
La contaminación del Lerma nomás ha traído desgracias a este ex político, ecologista y empresario: en 1994, lo obligó a cerrar el balneario que tenía en el kilómetro 11.5 en la carretera Salamanca-León porque el agua salía espumosa y salina. En 1998 clausuró su molino de trigo (”Harinera Industrial del Bajío”) porque detectó que el agua con la que inyectaba el proceso estaba contaminada. Ese mismo año cerró su empacadora “El Ciprés” en respuesta a un dilema ético: “¿vamos a lavar los nopales con agua envenenada con plomo?”
“En 1998 cuando era regidor clausuramos en la ciudad pozos que estaban pegados a la empresa Tekchm (antes Fertimex), fabricante de pesticidas prohibidos en otros países. Estaban tan contaminados que cuando los niños de las colonias san Juan de la Presa y san Juan de los Cántaros transpiraban esa agua les hacía escamas la piel y se les caía la piel en el recorrido faringe-laringe-estómago-vientre. Y ahora tenemos mucho cáncer. La Secretaría de Salud inmediatamente dice que no es cierto, que el agua no está contaminada. Siempre lo niegan, son hipócritas, mentirosos”, rumia enojado. En el cuarto donde se hospeda, su papá agoniza de cáncer; antes, enterró a su madre de la misma enfermedad y culpa de su tragedia a la contaminación ambiental que beben, respiran, huelen, pisan en la ciudad industrial donde viven.
En Salamanca el río se convierte en una alfombra de lirio. El líquido se ve sólo donde los tubos escupen presumiblemente tóxicos (en este ciudad está asentada una hidroeléctrica, una refinería, curtidoras de pieles, fábricas de pesticidas, por mencionar algunas industrias).
A la vera del Lerma hace picnic la familia Martínez Martínez –madre, tres hijas, ocho nietos– que invierte sus ánimos en espantarse al agresivo mosco cúlex, que estos días se ha convertido en plaga y enemigo público número uno de los salmantinos. En el 2003, esta familia vivió seis meses en un albergue, cuando se desató la presa Solís y les robó sus pertenencias y sumió su casa bajo agua.
“El río huele a puro drenaje todo el día y en veces echan perros muertos y dejan una oliscada que sube hasta la casa. Hace poco se quemó, lo andaban apagando unos bomberos por allá y yo pensaba cómo se va a quemar el río si tiene agua, y luego pensé ‘pues cómo no, si tiene diesel’”, razona María Martínez, la de 29 años, madre de dos de los ocho chiquillos que corren alrededor, en estos terrenos donde fueron reubicados por el municipio. Aunque en días calurosos como hoy, teniendo el río al lado (apestoso “como a azufre, a amoniaco, como a guayaba, como si ahorcara, a huevo”, según dice Guadalupe, la hermana de María) y en el que ni siquiera pueden mojarse la cabeza para refrescarse, preferirían regresar a vivir junto a las vías del tren. Los Martínez gastan el dinero que les sobra en insecticidas, un lujo que pocas veces pueden darse para evitar el enjambre de zancudos. A la chiquita de seis meses que colocaron junto al picadillo de soya y el agua de lechuga se le notan ahora mismo las ronchas grandes y rojas que intentan prevenir con insecticida.
Ahora mismo, a unos metros del día de campo, el gerente del Consejo Técnico de Aguas (Cotas), Juan Manuel Mejía, explica que es una buena señal la llegada del mosco, pues antes, en el río, ni vida había. Detecta ahora mismo una mancha negra flotante compuesta de material no identificado que, especula, podría provenir de Celaya y, específicamente, de una fábrica de alimentos para ganado que, elucubra, viajó por el río Laja. Descarta que sea de la refinería pues asegura que la paraestatal ya cumple la norma
tividad ambiental, como varias personas repetirán en el camino. Aunque, más adelante, encontraremos un ducto descarga al río y un letrero que indica que es propiedad de Pemex.
Salamanca está tan contaminada que engendró personajes como el ingeniero ambiental Joel Berlín, experto en la lectura de las manchas acuáticas.
“Si es color arco-irirs son solventes de talleres o alguna pipa que descargó directo al río. Si es café son aceites que también se le pueden haber ido a Pemex. Si son negras son plastas de combustóleo que normalmente son de la CFE. Si todo el río es negro viene de la zona industrial Cortázar-Villagrán. Si es verde es porque contiene Nitrofenol. Si es roja, se le salió a Univex”, explica este hombre que fue director ambiental del municipio y quien participó en el sofocamiento de los épicos incendios del agua, que datan, según dice, de 1998.
Los recientes los adjudica a vagos piromaniacos que queman las orillas.
Dice que le tocó detectar casos de leucemia que, sospecha, fueron causados por descargas de aminas, aceites cancerígenos usados para proteger tuberías, en la comunidad de Mancera. La extraña descarga fulminó al ganado sediento que bebió del río y enfermó a dos niños. Se queja de que la CNA nunca atendió su denuncia. Sin embargo, es un optimista. Asegura que la contaminación salmantina ha mejorado y que en unos años podría convertirse en en ejemplo de ciudad-verde.
La contaminación, río abajo, cruzando Michoacán, será diferente. En el pueblo de Cuatro Milpas nadan libremente las cacas de cerdos que mezclados con agua parecen papilla. La estela de mierda que lleva el río es lo único que molesta a los arranca-plagas, Vitalino Trujillo y Ernesto Moreno quienes todos los días, salvo los domingos, suben a una vieja canoa para arrancar manualmente “la infección del lirio” y evitar el mosquerío. Y, lo han logrado. En los 80 un médico bautizó La Piedad como la Capital Nacional de la Cisticercosis y las crónicas relataban que por el río nadaban libremente puercos desollados o pedacerías; que ríos de sangre escurrían hasta el río. Pero de esa realidad poco queda.
“De todo, lo único que nos faltaba fue encontrar es un difunto, pero de ahí en fuera encontramos perros, gatos, cerdos, botellas de plástico, basura y drenaje y esa nata de heces de puercos que se viene cuando hay aigresito. Pero en estos años el río, ya están arreglando el drenaje. Ha mejorado porque le hemos metido ganas de a diario”, explica el jefe de los saneadores, Alfonso Cázares Piceno, un joven flaco y macizo con pinta de futbolista.
“Ya está cambiando, ya no dejamos echar cosas al río: ahora si vemos un perro muerto lo andamos enterrando para que no se quede en el agua”, agrega Ernesto mientras desmata los alrededores del río.
Uno de los cerebros de esta operación es el doctor Javier Saldaña Venegas. Cansado de ver niños con hepatitis, cisticercos en la cabeza, enfermos del estómago, con dolor de cabeza o de alergias en nariz, ojos y piel, además de dos a tres casos nuevos de cáncer al año (”de niños que desde que estaban en su cunita por años respiraron a diario insecticida para espantar los moscos (…) un día vi a una familia entera con cisticercos: papá, mamá, hijos”, recuerda). Convocó a un grupo de ciudadanos para crear la organización “Salvemos al Lerma”. Hoy, ha logrado que los desechos municipales no se tiren al río sino que tengan su propio canal; que dos empleados municipales se dediquen a erradicar la plaga acuática y, con ello, espantar a los moscos; que se compren camiones desasolvadores para evitar el desborde del drenaje, construir un sendero ecológico para que la gente vea cómo sería el río recuperado, entre otros milagros.
“En dos o tres años, La Piedad podría ser la primera ciudad que maneja al 100 por ciento sus aguas negras. Lo estamos logrando y erradicando al mosco que por 30 años buscaban las autoridades acabar. Y lo único que hicimos fue quitar el lirio manual y con ganchos. Pero se puede, pensamos que si cada municipio hace lo mismo y limpia la parte de río que le corresponde, salvaríamos al Lerma”, dice el director del Hospital General Benito Juárez y presidente del Colegio de pediatras de Michoacán
El milagro ecológico, sin embargo, todavía es imperceptible para Eva Guadalupe Tejeda, niña de seis años, de Pénjamo, al otro lado del río. Para entrar a su casa pasa por un pasillo de cerdos y moscas, pues a alguien se le ocurrió ponerlos en la entrada de su casa. Respira el olor a drenaje que pretendía llegar al río y se estancó afuera de su casa (por desgracia tiene el río cerca). Pero hoy no huele tan mal como cuando se atascaron toneladas de peces muertos de cuando se desbordó la presa Solís. Su mamá, sus tías, su abuela, sus hermanas se quejan y rememoran los viejos tiempos, hace apenas 10 años, cuando todavía lavaban en el río y rara vez tenían que espantar con la mano alguna inmundicia que les llevaba la corriente. Ahora, el río es de caca.
“A mí me salieron granos por meterme a echar clavados cuando el río se vino acá y estaba crecido. Me echaron una pomada y me dejó en el pie cicatrices de grano”, dice la niña de zapatos rosas de tacón a su medida, que apenas le dejan caminar, mientras ofrece un recorrido por las orillas. Salta zanjas para esquivar los caminos de desperdicios caseros que desembocan al río y los lodos de caca líquidas de las granjas. Camina hacia la casa de los niños con hepatitis desde que tomaron agua ribereña y a la del que le salieron hongos en la cabeza y a la que le salieron mezquinos en la piel, pero por lo visto ninguno está en casa.
Pasado este punto, el río va luciendo más saludable y cristalino. Es escaso y no logra llenar el lago de Pátzcuaro como antes. Pasa los límites geográficos, y entra en el lago de Chapala, a una hora de Guadalajara. Es será la siguiente parada.

4. PARADA: FUENTEOVEJUNA AMBIENTAL
El lago luce como un plácido mar. Muy a lo lejos se alcanza a ver la otra orilla. El restaurantero Carlos Fernando Díaz señala la parcela de garbanzo que su vecino y enemigo Cleofas Zaragoza volvió a cultivar en los terrenos lacustres, una vez recuperado del desbordamiento de la presa Solís de hace tres años. Se queja de que la CNA otorgó 400 títulos para sembrar a la vera del lago. Confiesa que él también cultivó. Incluso, los últimos su restaurante ha ido ganando terreno al lago: donde antes saltaban “las olas del río” construyó una explanada de cemento para más con mesas y, lago adentro, unárea de juegos para niños seguida por los restos de su milpa inundada. En el nombre lleva el cuerpo del delito “Restaurante Riveras de Chapala”. Se apresura en aclarar que paga impuestos, que el terreno se lo concesionó la CNA y que él sí ha respetado el libre paso al lago porque sabe que es zona federal.
“Yo puse una queja por las nuevas construcciones en la parte más baja de la laguna que están rellenando, y Benjamín Aviña, jefe del departamento de inspección, me contestó: “¿Te están perjudicando a tí? No ¿verdad?, pues déjalos”, denuncia.
En su menú ya no ofrece pescados blancos, emblema de la laguna, porque “ya no hay”.
Aunque se recuperó la laguna, en un año perdió 40 centímetros; evaporados. En 2003 se llenó lo que en toda la década no se había visto, y el excedente duró sólo ese año. Los reportes señalan que Chapala da 240 millones de metros cúbicos de agua a Guadalajara, 90 millones para las poblaciones ribereñas y el riego y mil 440 millones se le evaporan. El dato de la evaporación hace rabiar a los ecologistas guanajuatenses quienes luchan por no enviar agua hasta que Jalisco la cuide. El lirio es otro problema. Si en Solís usaron gusanos brasileños, aquí se trajeron manatíes que tuvieron un triste destino.
“(Se introdujeron) manatíes traídos del sureste del país, en la idea de que comieran lirio a sus anchas, pero causaron pavor entre los pescadores, que los veían como monstruos y terminaron muertos a remazos”, documentó Se
marnat. “Se quedaron enredados en la red de los pescadores y como no querían perder las redes, el gobierno les dio permiso de matarlos y cuando les abrieron el estómago descubrieron que eran un engaño: comían peces y no lirio”, es la explicación del lanchero José Guadalupe Baraja en su lancha de toldo rojo bautizada “Lupita” con la que ha ayudado, en común acuerdo con lancheros y pescadores, para limpiar el Lago para atraer peces y turismo. El paseo que ofrece hoy, una vez que el motor sorteó la zona de los lirios que flotan juntos como pedazos de icebergs por el agua, incluye observar las actividades de un pescador –Javier Aguiano– para ver cómo batalla a la hora de sacar los peces con raíz de lirio y lodo, en la red que se embasura y abulta como cobija, y dónde están los ductos que chupan agua a Guadalajara, razón principal, según él, para explicar la “evaporación” del agua.
El problema es tan largo como los kilómetros contaminados. Sólo de Chapala se han organizado % reuniones para intentar poner solución. Una abogada, Raquel Gutiérrez puso una demanda internacional contra las presas que afectan el Lerma, como se materializa en Chapala por la poca agua que llega. Las reuniones, acuerdos y firmas entre el Presidente, funcionarios federales, gobernadores estatales, legisladores, a la vista parecen haber dado el mismo resultado que echar una pastilla de cloro al río.
Gómez Reyna, en un papel improvisado de filósofo de la cuenca, lanza preguntas que alguien tendrá que responder para que el Lerma sea viable como río y México como país: ¿De qué sirve limpiar el 20 por ciento de las aguas con plantas de tratamiento si lo revuelves con el 80 por ciento sucio porque la tiras a la misma agua? ¿Qué se puede hacer si hay menos de 10 inspectores para vigilar la cuenca, uno para casa 100 kilómetros? ¿Por que cuando el agua la usan en el DF la tiran por el Pánuco y no la regresan? ¿Cómo vamos a planear el uso del agua si es secreto el padrón de usuarios en la cuenca? ¿Por qué cada gobierno ve el problema aislado y no se ve integral? ¿Por qué no hay una comisión de especialistas que vigilen la cuenca y no sólo políticos metidos? “Aunque se haga algo para limpiarla en algunos lugares es como dar un mejoralito para un cáncer. Esto tiene que ser un proyecto nacional, a gran escala que no tiene que ser manejado con centralismo y con fines políticos, sino tiene que ser por un grupo multidisciplinario de expertos”, diagnostica.

Aunque el recorrido debía acabar en Chapala, según la extraña división que le dió la CNA a la cuenca, este reportaje no estaría completo sin un vistazo por el río Santiago, el que nace de Chapala y completa el camino del Lerma hasta hacerse uno con el océano Pacífico. Sin embargo, es imposible. Ni siquiera pararse encima del puente que une La Piedad y Juanacatlán, Jalisco, donde se inaugura el nuevo río porque el olor a gas- huevo podrido-tóxico-ajo-chile-azufre-amoniaco-muerto que despide gases, así como las enjambres de moscos que de tan grandes y feroces que con tanto químico podría pensarse que son mutantes.
La última parada es la escuela primaria “Mártires del Río Blanco”; fiel metáfora de la lente muerta que viven los alumnos de esa escuela, día a día. Ubicados al pie de la cloaca que era conocida como “el Niágara mexicano”, donde el río salta y genera una espuma blanca que se acumula y crece, como enorme muñeco de nieve, y cuando hay viento vuela y cae en el patio escolar y roza a alguno que, generalmente cae enfermo. El niño Luis Enrique dice que a él le da dolores de cabeza y estómago y manchas en la cara desde que entró a la escuela. Diana Miroslava que le mancha la piel y le duele garganta y cabeza y si se moja le da Abraham Delgadillo dice que les gusta jugar con la espuma aunque sabe que saca ronchas y enferma a muchos. No a él. Lo dice junto a su mamá, Laura Miranda Gil, delgada, con el cráneo rapado cubierto por una pañoleta, ella debajo de cobijas. Padece cáncer. Está de más decirlo que culpa de ello al río.
“¿Nos tenemos todos que ir de aquí?”, pregunta su hermana molesta. No tendrá respuesta. No se ve por ningún lado. El Lerma termina aquí y engendra otra historia similar que correrá rumbo al pacífico. En los 708 kilómetros recorridos todos se quejan del que está atrás les contaminó el agua o se las detuvo, sin embargo, pocos pensaron en lo que envían a los que están adelante.
México sigue necesitando agua y para abastecer de líquido potable la solución que se ha encontrado es construir más presas, desviar más ríos, desecar lagos y construir pozos más profundos. Y el río que nace agonizante llega muerto. La causa: ecocidio colectivo.



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