En La Montaña de Guerrero, las parteras acuñaron una tarifa en pago a sus servicios: si nace varón, cobran 800 pesos; si es mujer, 300 pesos, en consolación a la familia.
El dato es un reflejo de lo que vale la vida de las mujeres en la zona más pobre del país, en el México que tiene niveles de pobreza equivalente a países africanos y registros brutales de violencia que no raras veces terminan en feminicidios.
SE VENDE MUJER PARA MATRIMONIO
POR Marcela Turati
En La Montaña de Guerrero, las parteras acuñaron una tarifa en pago a sus servicios: si nace varón, cobran 800 pesos; si es mujer, 300 pesos, en consolación a la familia.
El dato es un reflejo de lo que vale la vida de las mujeres en la zona más pobre del país, en el México que tiene niveles de pobreza equivalente a países africanos y registros brutales de violencia que no raras veces terminan en feminicidios.
Para encontrar esposa, en un municipio como Metlatónoc, se negocia la dote con el padre de ella. El acuerdo se puede establecer desde que la niña tiene 11 años.
Un trato razonable por una mujer puede ser de 25 litros de aguardiente, 15 rejas de refresco, 17 paquetes de cigarros, un rebozo, algunos accesorios, más de mil tortillas y una res para compartir a todos los habitantes de la comunidad, y entre 15 mil y 50 mil pesos.
Con esta tradición que se ha deformado con el tiempo, los mexicanos más pobres de México, los eternos excluidos del trabajo, la salud, la alimentación y la educación, también se quedan sin derecho al amor.
Los varones sin dinero están condenados a permanecer solos de por vida y las mujeres a pasar su vida junto a alguien a quien no eligieron, aunque las maltrate.
Una víctima de este rito es Fidel Guerrero Campos, un guerrerense que no conoció mujer alguna porque su mamá no tuvo dinero para pagarle a una compañera. El veinteañero murió hace unos días en un accidente automovilístico en California, a donde había migrado meses antes en busca de vida propia.
“Ojalá lo hubiéramos casado a m’ijo, yo creo que se desesperó y por eso se fue, pero dónde vamos a tener para matar una res, pagar ocho mil pesos y luego fiesta para casar de iglesia”, dice la dolida madre, María Guadalupe Campos, mientras enseña las dos fotografías que su Fidel le había enviado desde Estados Unidos.
El hijo, muy a la moda con su gorro de estambre en la cabeza, posa en una lujosa cocina con piso de mosaico brillante, estufa blanca con varios quemadores y un sinfín de gavetas. Con rostro de confundido, aparece en su última fotografía.
“Son muy ricas las señoras que tienen hijas, si yo tuviera hijas fuera rica”, dice desesperada por la tristeza y porque ella heredó la deuda que contrajo con los polleros que cruzaron a su hijo en la frontera.
El abuelo de Fidel –bigote tipo Venustiano Carranza, ojos negrísimos, pelo cano hecho greña– añora los tiempos en los que colocar a los varones era más fácil.
La esposa de Moisés, su primogénito, le costó 50 pesos, 5 chivos, 4 guajolotes y un bagazo de panela; la de Pablo, 500 pesos, cuatro chivos y cinco guajolotes; la de Espiridión, mil pesos, 5 chivos y un guajolote; y la de Armando le salió gratis.
“No me pidió nada mi compadre, nomás me dijo: ‘Si quiere la muchacha, que se case, nomás me la registra’”, relata el anciano. Por su hijo más pequeño dio cuatro guajolotes y mató pollos, pero del puro gusto.
LA VIDA (DE LA MUJER ) NO VALE NADA
Desde el año 2003, el Centro de Derechos Humanos de La Montaña “Tlachinollan”, ubicado en Tlapa, ha recibido una decena de denuncias de montañeses que piden asesoría porque tienen alguna complicación relacionada a la costumbre de la dote.
En la bitácora de casos atendidos por el Centro, aparecen anotaciones como las siguientes: “Fidel Comonfort Guerrero, de San Isidro Labrador, Atlamancingo del Monte, denuncia que su hijo quiere casarse con buena muchacha pero el papá quiere que le den dinero a cambio (11 marzo 2003)” o “Reyna García Gervasio, mixteca de Cochoapa, denuncia que su esposo se quedó con el servicio de dote de sus hijas y no le da a su hijo (22 septiembre 2005)”.
“El problema en estas comunidades, sobre todo mixtecas, y sobre todo en los municipios de Cochoapa y Metlatónoc, ha sido este sistema de trueque que se ha ido desvirtuando, antes era la dote, y se le pagaba en aguardiente, carne de marrano, pan, chocolate, pero ese trueque se fue modificando y simplificando, ahora se cambian por cerveza, refresco, animales, y con el aumento de la migración valoraron que tenía que ser pago en efectivo, pero se ha generalizado y desvirtuado”, explica Abel Barrera, el director de “Tlachinollan”.
“En un contexto de mayor pobreza pierde la mujer, ya no hay un ritual: si tengo 30, 40 mil pesos, puedo comprar a la mujer. Y los que han migrado, los maestros o los transportistas se pueden dar el lujo de comprar dos o tres. En este contexto de empobrecimiento se hace fácil vender a la hija”, dice.
La abogada Neil Arias, de la misma organización, dice que el año pasado recibieron tres casos de mujeres que querían divorciarse y sus maridos no se lo permitían si no les reponían el dinero que pagaron como dote.
“Como no pueden regresarles el dinero que ellos pagaron, eso justifica que sean víctimas de violencia”, explica.
La abogada les explicó a estas mujeres que la dote es una costumbre, y que no están obligadas a regresarla porque durante su matrimonio trabajaron, se dedicaron al campo, a los hijos, al esposo, en una jornada triple. En dos casos, ellas trabajaron hasta por un año para comprarles a sus esposos su libertad.
CÓMO VOY A HABLAR SI NO ENTIENDO PIZCA DE ESPAÑOL
El negocio del matrimonio en la Mixteca Baja es un juego de azar en el que, muchas veces, las mujeres pierden. Y no tienen quién las defienda.
La Procuraduría de Justicia poco ayuda a las mujeres de La Montaña de Guerrero que quieren huir de un maltratador, denunciar una violación sexual o golpizas. Los ministerios públicos pocas veces cuentan con traductores, no tienen doctoras mujeres, los exámenes físicos y psicológicos se hacen hasta Chilpancingo, y corren a cuenta de la denunciante.
Pagar un viaje de cinco horas de camino, para comprobar someterse a un examen psicológico, es un albur en el México de la miseria.
“La costumbre allí es que no hay noviazgo, los padres ven con quién se va a casar la hija y a los 11 años ya están estableciendo los acuerdos porque dicen que sólo así aseguran que la mujer es virgen y honorable”, prosigue Barrera.
“La mujer queda desprotegida. Cuando se casa el marido la puede golpear o encarcelar si no quiere hacer el quehacer doméstico o si anda en la calle. Si ella no está de acuerdo con casarse, el papá puede golpearla, y si no, la autoridad la castiga y obliga. Es un sistema patriarcal muy jodido donde la mujer no tiene voz: se hace madre y esposa con quien nunca pensó y oyó, tiene que sobrepasar el maltrato, y las autoridades no están preparadas para responder a las demandas de las mujeres”, dice.
Abundan los ejemplos. En el pueblo fantasma de Las Pilas, a 40 minutos de Tlapa, la indígena Ignacia Bonilla carga 20 años de golpizas al lado del alcohólico que le tocó por marido, y de quien no pudo separarse.
¿Por qué no lo dejó o no lo denunció?, pregunto a Ignacia mientras trenza la palma de la que saldrá un sombrero que venderá a dos pesos.
Ella responde: “Noooo, pos tiene que aguantar, ¿dónde va a ir? Si hombre sale bien, sale bien, si no, no sale bien, pega bien feo, grita bien feo y toma mucho, tiene que aguantar porque ya lo agarró. Pior si tiene familia, hijos. La que entiende uno cuanto de español sí va (y denuncia), la que no entiende cómo va a hacer. No puede”.
*PUBLICADO EN EL DIARIO EXCELSIOR
me cautivó lo de que también se quedan sin “derecho al amor”… Saludos
sdasdasdasd