Cuidado, niños trabajando

‘Kidzandia’ es un parque de diversiones donde los niños juegan a ser grandes. Ahí mis sobrinos jugaron a abrir una cuenta de banco en HSBC, se convirtieron en empleados de Marinela y uniformados con sus batas azules prepararon gansitos, disciplinados pintaron casas con pinturas Comex, nerviosos transportaron dinero vestidos como empleados del Servicio Panamericano y hasta arreglaron cables sueltos de Telmex… En esa ciudad infantil dominada por las marcas un empleado vestido de payaso le arrebató a mi sobrino de cuatro años los fajos de billetes falsos que transportaba a una bóveda, y le robó de golpe la seguridad de andar en la calle, le mostró lo que es la delincuencia, lo hizo llorar y le quitó la inocencia.

Hoy llegué a Tapachula, Chiapas, y vi a cientos de niños y niñas guatemaltecos trabajando de verdad. No pagaron 175 pesos para entrar a ‘Kidzandia’ para vivir la experiencia de ser adultos porque ellos, desde que llegaron a México, se quedaron sin infancia. Son ejércitos de infantes que caminan por las calles y venden chiclets Canel’s o cigarros Marlboro, o quienes en las fincas cercanas pizcan café gourmet y dejan empeñada su infancia en la tienda de raya del patrón, o quienes en el basurero municipal pepenan latas de Coca-Cola y desperdicios a los que ya no se les ven las marcas. Lo hacen de día y de noche. Ahora mismo, bajo el aguacero que inunda las calles, pasada la media noche, se alcanzan a ver sus siluetas de “canguritos”, con su cajita colgada al pecho mientras esperan bajo la lluvia a que alguien se acerque a comparles algo. Lo que sea.

 

 



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