Las bocas que alimentar son muchas y el maíz escasea. Ha llegado el momento. Todos en casa lo saben. El varón que queda en la familia enrrolla sus triques, cruza ilegalmente la frontera de la que le han hablado tanto sus primos, busca un cuartito en la ciudad y comparte la renta hacinado con otros de su mismo pueblo.
Es hora de trabajar para mandar remesas a casa y mantener a los que quedaron atrás. De hoy en delante ayunará de comida casera y caminará 12 horas exactas por la calle. Cargará una caja que le dobla la espalda cargada de chicles y golosinas o de ungüentos para los zapatos. Mutilará sus recuerdos para no llorar por soledad.
Sufrirá lo que sufre cualquier paisano que cruza a Estados Unidos, aunque estos migrantes aquí descritos son niños, son indígenas, son guatemaltecos, son indocumentados y viven en México. Trabajan sobre el asfalto de Tapachula desde los siete años y hasta las 11 de la noche, extrañando a mamá, moqueando en los rincones porque no está cerca, imaginando qué estarán haciendo sus hermanos, tiritando del frío que llevan en el alma hasta que aprenden a templarlo y a equilibrar el espinazo para sostener correctamente la caja de dulces que ofrecen a otros niños y que no pueden comerse ellos.
Las bocas que alimentar son muchas y el maíz escasea. Ha llegado el momento. Todos en casa lo saben. El varón que queda en la familia enrrolla sus triques, cruza ilegalmente la frontera de la que le han hablado tanto sus primos, busca un cuartito en la ciudad y comparte la renta hacinado con otros de su mismo pueblo.
Es hora de trabajar para mandar remesas a casa y mantener a los que quedaron atrás. De hoy en delante ayunará de comida casera y caminará 12 horas exactas por la calle. Cargará una caja que le dobla la espalda cargada de chicles y golosinas o de ungüentos para los zapatos. Mutilará sus recuerdos para no llorar por soledad.
Sufrirá lo que sufre cualquier paisano que cruza a Estados Unidos, aunque estos migrantes aquí descritos son niños, son indígenas, son guatemaltecos, son indocumentados y viven en México. Trabajan sobre el asfalto de Tapachula desde los siete años y hasta las 11 de la noche, extrañando a mamá, moqueando en los rincones porque no está cerca, imaginando qué estarán haciendo sus hermanos, tiritando del frío que llevan en el alma hasta que aprenden a templarlo y a equilibrar el espinazo para sostener correctamente la caja de dulces que ofrecen a otros niños y que no pueden comerse ellos.
Las bocas que alimentar son muchas y el maíz escasea. Ha llegado el momento. Todos en casa lo saben. El varón que queda en la familia enrrolla sus triques, cruza ilegalmente la frontera de la que le han hablado tanto sus primos, busca un cuartito en la ciudad y comparte la renta hacinado con otros de su mismo pueblo.
Es hora de trabajar para mandar remesas a casa y mantener a los que quedaron atrás. De hoy en delante ayunará de comida casera y caminará 12 horas exactas por la calle. Cargará una caja que le dobla la espalda cargada de chicles y golosinas o de ungüentos para los zapatos. Mutilará sus recuerdos para no llorar por soledad.
Sufrirá lo que sufre cualquier paisano que cruza a Estados Unidos, aunque estos migrantes aquí descritos son niños, son indígenas, son guatemaltecos, son indocumentados y viven en México. Trabajan sobre el asfalto de Tapachula desde los siete años y hasta las 11 de la noche, extrañando a mamá, moqueando en los rincones porque no está cerca, imaginando qué estarán haciendo sus hermanos, tiritando del frío que llevan en el alma hasta que aprenden a templarlo y a equilibrar el espinazo para sostener correctamente la caja de dulces que ofrecen a otros niños y que no pueden comerse ellos.