Se llama Marco Justino Ricardo Antonio y es un papá hondureño de 22 años. Hoy debería de estar en Estados Unidos mas no está allá. La semana pasada iba montado sobre el lomo del tren en el que viajan los migrantes más pobres de entre los pobres, los que tienen que completar tramos a pie y ayunan forzadamente todo el trayecto. A la altura de Palenque varios “maras” se subieron a la caja donde viajaba y, uno a uno, aventaron a los tripulantes originales.
Las ruedas del tren le arrancaron media pierna izquierda y sus sueños. A una joven le mutilaron las dos.
Se llama Marco Justino Ricardo Antonio y es un papá hondureño de 22 años. Hoy debería de estar en Estados Unidos mas no está allá. La semana pasada iba montado sobre el lomo del tren en el que viajan los migrantes más pobres de entre los pobres, los que tienen que completar tramos a pie y ayunan forzadamente todo el trayecto. A la altura de Palenque varios “maras” se subieron a la caja donde viajaba y, uno a uno, aventaron a los tripulantes originales.
Las ruedas del tren le arrancaron media pierna izquierda y sus sueños. A una joven le mutilaron las dos.
Quedó tendido en el campo, sobre un maizal bajo la noche. El cuerpo le hormigueaba, él se desangraba. Varios perros hicieron bulla al percibirlo como intruso, un campesino salió a ver quién era el que robaba su cosecha, lo descubrió y lo llevó al centro de salud. Estuvo cuatro días en el hospital pero pidió su alta por hambre. Le daban una rebanada de fruta en cada comida y no aguantó el hambre acumulada. Ya afuera, lo primero que hizo fue aventarse a un camión urbano para matarse. Dos veces falló. Ahora, sentado sobre una silla de ruedas, se acomoda la venda y me cuenta que en cuanto regrese a Honduras se suicidará. Repetirá la historia de su hermano mayor a quien el tren le despegó un brazo en San Luis Potosí, los médicos se rehusaron a cosérselo, sufrió la amputación y regresó a Honduras sólo para coger la pistola de su papá y pegarse un tiro.
Marco Justino tampoco quiere que lo vean derrotado.
Estamos en la Casa del Buen Pastor, el albergue “de doña Olga”, la Madre Teresa de Calcuta de los migrantes. En este lugar reciben a los migrantes mutilados por el tren o heridos en el trayecto. Aquí esperan a que se consiga el dinero para la prótesis de 5 o 12 mil pesos que les permitirá volver a casa sin el sentimiento de vergüenza.
La espera puede durar hasta un año.
Marco Justino es flaco. Es platicador. Es simpático. Aunque es un joven al que se le nota que ama la vida quiere ir a casa cuanto antes para abrir el cajón de su papá.