Hace dos años y medio regresé a México de mi viaje por Sudamérica, en el que recorrí las redacciones de varios países y charlé con muchos colegas (corresponsales, fijos, freelances, cronistas, itinerantes, jefes, famosos, desconocidos, ilusionados, desencantados, líderes o apáticos) sobre los “secretos” de una buena pieza periodística y cómo desde el periodismo podríamos transformar la realidad. A mi vuelta traía muchas inquietudes y la mente llena de ideas.
Meses después, en marzo de 2006 varias colegas y yo que durante años hemos cubierto las mismas conferencias (asuntos de pobreza, derechos humanos, migración, ecología) coincidimos en un restaurante cerca de La Alameda. En la charla comenzamos a quejarnos de lo de siempre: “nuestros diarios están plagados de notas políticas (hoy pasaron la estafeta a las policiacas)… los temas sociales no son prioridad… es frustrante… los editores no entienden nuestra información… qué está fallando”.
Recuerdo que yo comencé a platicarles sobre las iniciativas de periodistas que conocí durante mi viaje. De esa comida, sin saberlo nacería la Red de Periodistas Sociales, aunque su nombre formal es la “Red de Periodistas de a Pie”.
Hoy, la Red la conformamos 87 periodistas en la ciudad de México que trabajamos en periódicos, revistas y algunas radiodifusoras; la abrumadora mayoría somos mujeres y cubrimos los asuntos que denominamos “sociales”, aunque pensamos que el periodismo social es cuestión del enfoque que da el reportero para abordar cualquier tipo de noticia.
Tenemos en común que somos reporteras y reporteros de calle y que nuestras notas pocas veces logran ser los titulares de los medios de comunicación (las ejecuciones y declaraciones de los políticos acaparan esos espacios mientras que asuntos como la pobreza ya no son considerados anomalías).
La información que hemos optado por cubrir –-que habla del ciudadano común y de la realidad del país– es poco comprendida en muchas redacciones y repele a algunos lectores; nosotros la consideramos indispensable y urgente para la construcción de la democracia y nos sentimos preocupados de que esté fuera de la agenda política.
Desde hace dos años estamos sacando tiempo de nuestros días de descanso y lo dedicamos a pensar cómo cambiar esta situación y a diseñar estrategias para ganar espacios en los medios de comunicación para la información que cubrimos. Lo mismo nos juntamos los domingos en la mañana en restaurantes ubicados junto a parques (habría que ver a las que son mamás echando ojo a sus hijos y planeando próximos talleres) o entre semana después del trabajo diario, hasta pasadas la media noche, en cualquier casa, bar o café. Donde se pueda, como se pueda.
Aunque somos de distintos medios (y seguimos siendo competencia) tenemos una misma carta de navegación: buscar dimensión social en cualquier tipo de suceso noticioso; enfocar la información desde la perspectiva de los derechos humanos y tratarla a profundidad; sabernos corresponsables de la construcción de ciudadanía y confíar en que la realidad puede ser cambiada a través de la denuncia y la propuesta de soluciones. Si alguien saca un buen reportaje, si en su medio le dan un buen espacio, es satisfactorio para todos.
Nuestro método para ganar espacios es capacitarnos para mejorar nuestro quehacer periodístico y reunirnos para reflexionar sobre cómo hacer una cobertura de calidad de los temas de interés público.
Con ese afán hemos organizado distintas actividades; por ejemplo tuvimos un desayuno para fundamentar la esperanza en los alcances de nuestra profesión con el maestro colombiano Javier Darío Restrepo y otro con María Teresa Ronderos para profesionalizar nuestra cobertura; una charla sobre derechos humanos en épocas de militarización con una experta de la ONU; un taller de narrativa con Juan Villoro; un diplomado de políticas sociales con Clara Jusidman y su equipo; así como distintos talleres sobre temas tan específicos como los “trucos” de los que se valen los funcionarios para esconder los resultados de los programas sociales, la cobertura responsable de temas de infancia o cómo sacarle provecho a la ley de transparencia y acceso a la información pública.
La Red es un sueño colectivo sostenido del entusiasmo de quienes la integramos y es también la forma que encontramos para aportar, desde nuestra profesión, un granito de arena para hacer de ésta una sociedad más justa.
Hace dos años y medio regresé de mi viaje por Sudamérica, en el que recorrí las redacciones de varios países y charlé con muchos colegas (corresponsales, fijos, freelances, cronistas, itinerantes, jefes, famosos, desconocidos, ilusionados, desencantados, líderes o apáticos) sobre los “secretos” de una buena pieza periodística y cómo desde el periodismo podríamos transformar la realidad. Traía muchas inquietudes y la mente llena de ideas.
Un día de marzo del 2006, estábamos en una comida en un restaurante italiano varias colegas y yo, que de tanto vernos durante años cubriendo las mismas conferencias (asuntos de pobreza, derechos humanos, migración, ecología) ya nos considerábamos amigas. En la charla comenzamos a quejarnos de lo de siempre: “nuestros diarios están plagados de notas políticas (hoy pasaron la estafeta a las policiacas), los temas sociales no son prioridad… es frustrante… los editores no entienden nuestra información… qué está fallando”.
Recuerdo que yo comencé a platicarles sobre las iniciativas de periodistas que encontré en mi viaje. De esa comida, sin saberlo nacería la Red de Periodistas Sociales, cuyo nombre formal es la “Red de Periodistas de a Pie”.
La Red la conformamos 87 periodistas en la ciudad de México que trabajamos en periódicos, revistas y algunas radiodifusoras; la abrumadora mayoría somos mujeres y cubrimos los asuntos que denominamos “sociales”, aunque pensamos que el periodismo social es cuestión del enfoque que da el reportero para abordar cualquier tipo de noticia.
Tenemos en común que somos reporteras y reporteros de calle y que nuestras notas pocas veces logran ser los titulares de los medios de comunicación (las ejecuciones y declaraciones de los políticos acaparan esos espacios mientras que asuntos como la pobreza ya no son considerados anomalías).
La información que hemos optado por cubrir –-que habla del ciudadano común y de la realidad del país– es poco comprendida en muchas redacciones y repele a algunos lectores; nosotros la consideramos indispensable y urgente para la construcción de la democracia y nos sentimos preocupados de que esté fuera de la agenda política.
Desde hace dos años estamos sacando tiempo de nuestros días de descanso y lo dedicamos a pensar cómo cambiar esta situación y a diseñar estrategias para ganar espacios en los medios de comunicación para la información que cubrimos. Lo mismo nos juntamos los domingos en la mañana en restaurantes ubicados junto a parques (habría que ver a las que son mamás echando ojo a sus hijos y planeando próximos talleres) o entre semana después del trabajo diario, hasta pasadas la media noche, en cualquier casa, bar o café. Donde se pueda, como se pueda.
Aunque somos de distintos medios (y seguimos siendo competencia) tenemos una misma carta de navegación: buscar dimensión social en cualquier tipo de suceso noticioso; enfocar la información desde la perspectiva de los derechos humanos y tratarla a profundidad; sabernos corresponsables de la construcción de ciudadanía y confíar en que la realidad puede ser cambiada a través de la denuncia y la propuesta de soluciones. Si alguien saca un buen reportaje, si en su medio le dan un buen espacio, es satisfactorio para todos.
Nuestro método para ganar espacios es capacitarnos para mejorar nuestro quehacer periodístico y reunirnos para reflexionar sobre cómo hacer una cobertura de calidad de los temas de interés público.
Con ese afán hemos organizado distintas actividades; por ejemplo tuvimos un desayuno para fundamentar la esperanza en los alcances de nuestra profesión con el maestro colombiano Javier Darío Restrepo y otro con María Teresa Ronderos para profesionalizar nuestra cobertura; una charla sobre derechos humanos en épocas de militarización con una experta de la ONU; un taller de narrativa con Juan Villoro; un diplomado de políticas sociales con Clara Jusidman y su equipo; así como distintos talleres sobre temas tan específicos como los “trucos” de los que se valen los funcionarios para esconder los resultados de los programas sociales, la cobertura responsable de temas de infancia o cómo sacarle provecho a la ley de transparencia y acceso a la información pública.
La Red es un sueño colectivo sostenido del entusiasmo de quienes la integramos y es también la forma que encontramos para aportar, desde nuestra profesión, un granito de arena para hacer de ésta una sociedad más justa.
Fue hace unos cuatro meses cuando me enteré de la existencia de la red. De hecho fue lo que llamó mi atención para lanzar la invitación al encuentro en Sonora.
Ahora que conozco a algunas integrantes en persona tengo esa sensación del aliento y ánimo colectivo, y me gusta.
Aunque sigo pensando que podría acercarse más a los estados porque realmente hace mucha falta.
También inspira a hacer cosas similares en otras zonas.
También, sin duda, inspira a seguir luchando y creer que en casos como el mío -que me encuentro desempleada en una ciudad desconocida -hay razones para seguir por el mismo camino.
Felicidades y en verdad son fuente de inspiración para otros reporteros que venimos de lejos, de 30 horas de distancia y de un mundo totalmente distinto en un mismo país.
Vientos:
Me agradan los propósitos de esa Red.
Esa tentación que tiene el ser humano de agremiarse, de asociarse, siempre nos lleva a buscar a nuestros iguales, con quienes sin duda tenemos objetivos comunes, pero si hacemos que ese objetivo sea colectivo, sin duda es más fácil lograr llegar a ese punto. Y en este caso, la Red podría llegar a ser un buen espacio donde coincidan esos intereses y pasiones.
Celebro la iniciativa (y tu blog, del que me toy volviendo adicto)
Salud
El periodismo no sólo requiere periodistas y un medio dónde hacerse realidad. También necesita, exige, lectores. Qué simple, pero no deja de ser cierto. Lo mismo aplica al periodismo social. Y cuando uno lee y escucha constantemente las críticas y reclamos de los “periodistas sociales” sobre la falta de espacio en los medios de comunicación, o que sus temas no están en la agenda de los medios, se esperaría que al menos ellos lean y comenten, critiquen los trabajos, apoyen a los colegas cuando se publican esos temas. Incluso, dicen en la “red de periodistas de a pié”: “Si alguien saca un buen reportaje, si en su medio le dan un buen espacio, es satisfactorio para todos”. Bueno, eso dicen.
El periodismo, sin importar su apellido (social, político, deportivo) exige calidad y compromiso de los propios periodistas antes que ningún otro. ¿Para qué compromiso? Para hacer un trabajo de calidad, que sirva a la gente a encontrar soluciones a sus problemas, entender lo que ocurre, a colaborar como sociedad, sin importar si para algunos es una misión, oficio o profesión. El periodista, dicen, ayuda a “construir democracia”. Entonces, el compromiso y responsabilidad de hacerlo bien no es menor. Los periodistas de la “red” se reúnen en bares, restaurantes, después de cumplir en sus trabajos, o en domingos. En tanto tiempo de dedicación a semejante “misión”, también es de esperarse que dediquen algún tiempo a leer lo que se publica, y leerlo bien, no sólo echarle un ojo a las primeras planas en el puesto de periódicos o revisar las páginas de internet. ¿O no?
Los periódicos, por ejemplo, no se componen sólo de la portada. Sus páginas de internet no siempre publican íntegramente que en el impreso. Los diarios tienen varias páginas. Su capacidad para “construir” democracia y motivar a ciudadanos con los temas que permiten al país salir adelante no se limita a esas portadas. También un buen reportaje, bien desplegado a toda una plana en interiores, puede gustar y generar opiniones favorables. Puede servir a la gente. Hacer propuestas de soluciones. ¿O no?
Cuando se nos dice que en la agenda de los medios y de los políticos, ahora también la “policiaca”, están relegados los temas sociales (pobreza, derechos humanos, migración, medio ambiente), uno quisiera ver alguna estadística que lo demuestre o lo refleje y no sólo en percepciones, o afirmaciones sin ninguna demostración sólida, verificable. Un monitoreo al menos. Verificar los datos es una premisa del periodista antes de entregar su nota. ¿O no?
Y si en algún medio logra “colarse” información social -incluso no una, sino varias planas, incluyendo la portada-, no sólo ha de ser motivo de satisfacción para toda esa comunidad- red-de periodistas-misioneros-sociales-relegados de las portadas-y minimizados por las agendas político-narco-policiacas de los periódicos, sino también merecerá (supongo) que le dediquen el mayor de los privilegios para un periodista: que lo lean.
Porque parte de las responsabilidades de los periodistas es el leer los periódicos y no sólo escribirlos. ¿O no? La capacitación del periodista es diaria, no sólo en talleres con los pontífices del gremio: Javier Darío Restrepo, María Teresa Ronderos, Juan Villoro, especialistas de la ONU, oenegés…¿Ellos leerán periódicos? La capacitación es también personal, no nada más grupal.
¿Cómo se puede criticar algo que no se conoce? ¿Cómo afirmar que los temas sociales no están en la agenda de un diario si no se lee el diario? ¿Cómo se puede celebrar que a alguien le publicaron su reportaje de temas sociales si ni se enteran sus colegas porque no leen los periódicos?
En fin. Que uno publica para los lectores, sea reportero o editor. Uno no debe tener en mente al colega, sino al lector. Porque es muy satisfactorio recibir un comentario de los lectores sobre lo que publicamos. Pero también lo es cuando hay un debate entre los colegas sobre lo que hacemos y cómo lo hacemos y cómo lo podemos mejorar. Por eso uno se esperaría que ese compromiso y preocupación por el periodismo social parta primero de un compromiso personal mínimo que se cumple con la profesión.
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